Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/08/09 12:23

Pastrana y su fracasado proceso de paz

A Andrés Pastrana hay que abonarle su compromiso con la paz. La reunión del ex presidente en 1998 con 'Tirofijo' fue trascendental, pero se equivocó.

Jairo Gómez.

Al expresidente Andrés Pastrana hay que abonarle su compromiso con la paz durante su gobierno. Una vez electo primer mandatario de los colombianos en 1998, el 9 de julio de ese mismo año, tomó la audaz decisión de irse a entrevistar con el jefe máximo de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, en las montañas de Colombia en secreto.

Todo era euforia, y el país se encaminaba a una supuesta paz definitiva con la guerrilla más organizada ideológica y militarmente que ha tenido el país. En esa conversación Pastrana, con un puro entre sus dedos, le decía a “Tirofijo”: “Bueno Manuel, conmigo es diciendo y haciendo como ocurrió en la alcaldía (…) La primera obligación de mi gobierno es hacer la paz, así no haga nada más”.

En calidad de presidente Electo llegó al encuentro acompañado por Víctor G. Ricardo, a la postre Comisionado de paz de su gobierno. Todo ocurrió en un ambiente de camaradería. Saludos iban y venían.

Sorprendió que el nuevo mandatario llegase a ese encuentro sin ningún documento escrito en el que plasmara su propuesta previa de paz y por lo menos arrancara de los insurgentes un pacto serio; es decir que fuera el gobierno el que marcara el derrotero de una futura negociación, y no las FARC como evidentemente ocurrió en la reunión de marras.

“Vamos a buscar la paz sin cartas marcadas, sin agenda, (vamos hacer) una cosa abierta”, dijo Pastrana. Craso error. Por ello fracasó en su propósito. Pastrana, como muchos de la élite, siempre creyó que las guerrillas eran unos facinerosos sin vitalidad ideológica y organizativa, y calculó que, de palabra y con buenas intenciones, abriría el camino a la reconciliación.

Fueron las FARC, como consta en el vídeo, quienes llegaron con documento en mano y con la propuesta del despeje de cinco municipios. A esa audaz iniciativa de la guerrilla no hubo una respuesta convincente, y menos una manifestación de rechazo sobre el impacto que provocaría el retirar a la fuerza pública. Es más al nuevo presidente de los colombianos no se le pasó por la cabeza que esa región era crucial en la lucha contrainsurgente. Fue tal la improvisación con que el expresidente Pastrana “diseñó” su encuentro, que solo atinó a decir: “Pongamos 90 días a partir del siete de agosto. Se decreta el despeje de los cinco municipios a término definido y si hay condiciones nos sentamos a hablar”.

Después ocurrió todo lo que el país conoció en su momento: 42 mil kilómetros de despeje que la guerrilla manejó a su antojo sin rendirle cuentas a nadie, y convirtieron la región en una especie de zona franca que les sirvió para rearmarse y ocultar a todos los secuestrados, mientras hacían efectiva su liberación a cambio de cuantiosas sumas de dinero.

El entonces presidente electo no exigía a la guerrilla, le suplicaba un “gesto, algún detalle” para que la comunidad internacional viera con buenos ojos un proceso de paz en Colombia.

Para rematar, en esa comentada reunión, que invitó a ver en YouTube, se habló de “plata” para erradicar el narcotráfico como si se tratara de pan comido; de incluir en el Plan Nacional de Desarrollo, sin saber qué, los temas de la paz; incluso, entre risas, de cómo el presidente electo y sus acompañantes evadieron la seguridad del estado para llegar a las montañas; se habló de una discrecionalidad que no se cumplió; pero nunca, por ejemplo, se habló de las víctimas.

Así pudiéramos seguir enumerando los desaciertos de un encuentro que pretendía crear confianza entre las partes, y que terminó en el anecdotario de los procesos de paz que en Colombia fracasaron por una sencilla razón, porque nunca se diseñó de común acuerdo una agenda con límites en los temas y compromisos de las partes, como lo pone de presente el actual proceso que está a punto de zanjar el conflicto vía negociación.

Entiendo en el expresidente Pastrana la nostalgia del fracaso y que se oponga a las negociaciones de hoy, pero sería más gallardo que lo hiciera desde una tribuna sesuda y atiborrada de argumentos y no desde el tremendismo, como decir que el acuerdo futuro en Cuba es un “golpe de estado” a la institucionalidad colombiana.

Eso no está bien.

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