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Opinión

  • | 2017/02/10 09:13

    Día de periodista

    “No son los periodistas, son los dueños de los medios, estúpido”. Ahí se sintetiza la realidad del periodismo en Colombia y, por qué no, en otras latitudes.

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Por ahí comienza la autocensura: por el temor al desempleo. Eso hace que el periodista “se vigile así mismo”, como diría Coetzee. Los medios de comunicación hoy son factor de poder no por la grandeza informativa e investigativa de los periodistas, sino porque los dueños son el imperio.

Disponen de los contenidos y definen su política editorial en consecuencia con sus propios intereses. La desmesura de la globalización nos llevó a una nueva forma de gobernar, al “totalitarismo empresarial”, según Chomsky. Ese esquema hoy prevalece al interior de los medios de comunicación, que son empresas con ánimo de lucro. Le oí decir a un destacado periodista español que “el día en que los medios entraron a la bolsa, se suicidaron”. En Colombia el suicidio ocurrió el día en que los grupos económicos y la banca se adueñaron de ellos.

Pero los tentáculos de esa fuerza empresarial no paran ahí. Además de canales de televisión, controlan estaciones de radio adjudicadas a dedo por gobiernos pusilánimes a periodistas prestigiosos que hoy las tienen arrendadas a los mismos poderes empresariales como si las frecuencias fueran de su propiedad y no del Estado. La actualidad es apabullante, insensata con los principios democráticos.

Ahora estamos reeditando un viejo modelo mucho más peligroso, y es el de los periodistas-empresarios que manipulan los medios acompañados de fuertes propietarios y políticos con poder, mucho poder. Difícil dicotomía por resolver, porque se es periodista o se es empresario. Cuando la línea roja que necesariamente deslinda a los periodistas de los intereses económicos comienza a desvanecerse, se pone en entredicho su independencia.

Un ejemplo coyuntural de ello es el reciente proceso de adjudicación de un canal que, según algunos sectores políticos, ha violado todas las normas de contratación establecidas por la Ley (para bien de los prestigiosos periodistas-empresarios que han sido cuestionados antes de que las denuncias procedan habría que aclarar qué tan ciertas son y cuáles son las motivaciones políticas y personales que las informan).

En esas aguas se hace periodismo en Colombia, en un terreno movedizo donde se privilegia la posverdad, a veces disfrazada de “confidenciales”, otras de “reportería investigativa”, pero siempre con un propósito opaco. Se funda en “hechos alternativos” para lograr verdades a medias.

En octubre del año 1996, García Márquez ya esgrimía su voz de alarma sobre esta nueva forma de hacer periodismo y advertía que “el empleo desaforado de las comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes”.

En eso ha caído el periodismo, repito, porque así lo quieren los dueños de los medios, que son los mismos dueños del país. Puede sonar a populismo, pero es una verdad incuestionable.

Por supuesto estoy hablando desde la centralidad sin auscultar los medios regionales, pero creo, sinceramente, que la realidad es la misma, eso sí con un agravante y es que las amenazas contra periodistas abundan y, casi siempre, terminan en tragedia.

Lo invito a seguirme en @jairotevi

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