Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/05/31 12:46

Reforma electoral para la paz

Las siguientes son unas anécdotas que explican porque el Sistema Electoral en Colombia es perverso, inoperante y solo favorece la clientela y la maquinaria política a través de la compra de votos.

Jairo Gómez

Eran las once y treinta de la noche del 19 de abril de 1970 y mi padre, un hombre trabajador con inclinaciones políticas, por supuesto, estaba sentado en el comedor de su casa escuchando los escrutinios presidenciales que hasta ese momento le daban una leve ventaja al general Gustavo Rojas Pinilla, candidato de la ANAPO, sobre el “frentenacionalista”, Conservador Misael Pastrana Borrero. Intempestivamente se interrumpió la transmisión y con voz de autoridad el Presidente Liberal, Carlos Lleras Restrepo, del Frente Nacional, palabras más palabras menos, ordenó: “se suspende la transmisión de resultados hasta nueva orden”.

La reacción de mi padre, Emilio, anapista, fue airada, pero premonitoria: “¡juepuerca! Nos robaron las elecciones”. No se equivocó, al día siguiente en las emisoras y principales diarios del país apareció ganador el candidato del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero, por un margen muy estrecho.

Cinco años atrás, el 26 de agosto de 1965, el padre Camilo Torres, en un editorial en el periódico bajo su dirección, “El Frente Unido”, había anunciado el “Por qué no Voy a las Elecciones”, y en términos muy concretos resumió así su posición: “En Colombia, el que escruta elige”.   

Lo dicho por el cura Camilo, se corroboró, de nuevo, 46 años después. En las elecciones regionales del 2011, el 30 de octubre de ese año a las doce de la noche los electores del candidato al Concejo de Bogotá, Juan Carlos Flórez, se fueron a dormir desencantados pues se había perdido la curul. Más de 30 mil votos no le alcanzaron. Conocidos los resultados, al día siguiente, aconsejado por un curtido político de la capital, Juan Carlos optó por pelear esa curul. Al final del ejercicio, que duro casi un mes haciendo seguimiento al reconteo de votos, se recuperaron más de cinco mil sufragios que estaban favoreciendo a unos políticos clientelistas, marrulleros e inescrupulosos a quienes desvergonzados funcionarios del sistema electoral les estaban transfiriendo a sus urnas los votos que no eran suyos, y se logró el cupo esperado.

Hago estas referencias históricas para ilustrar el argumento de que el país  necesita, ¡urgente!, de una reforma Electoral. Y más aún, cuando estamos a las puertas de sellar con éxito un proceso de paz.

Advierte el jefe negociador de las FARC en La Habana, Iván Márquez, que para cambiar “las balas por los votos (…) urgen medidas efectivas de inclusión, modernización y transparencia electoral”. No está sugiriendo nada nuevo. Lo claro es que sobre estos temas se viene hablando por años, pero los políticos tradicionales (llámense caciques y barones electorales) no lo permiten: eso sería afectar sus feudos.

Dice la teoría política que cuando las intervenciones se orientan premeditadamente a adaptar el sistema institucional y político para hacer prevalecer la hegemonía de una clase o fracción determinada se vicia la democracia. Y eso es lo que ocurre con el sistema electoral colombiano.

Por ello, con el devenir de la paz y la nueva realidad política que se avecina, la reforma al sistema Electoral colombiano es una inaplazable necesidad. Definir un Estatuto para la Oposición y la reforma Política son cambios que no dan espera. Hacerlo, se traduciría en oxigenar las instituciones para construir una sociedad abierta que propicie el debate económico, social y cultural; y, sobre todo, purifique las maneras de hacer proselitismo político en el país.

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