Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/05/26 16:41

La democracia, la oposición y el imperio de las mayorías

Lo malo de la expresión “resistencia civil” es que es un término inapropiado para designar la batalla política que libra el expresidente Uribe.

Jesús Pérez González-Rubio. Foto: Archivo Particular.

Se le hace resistencia a una dictadura como la de Pinochet en Chile o la de Videla en Argentina, violadoras sistemáticas de los Derechos Humanos; al apartheid en Sudáfrica que discriminaba a los negros y los privaba de sus derechos tanto políticos como fundamentales; a combatir en  Vietnam como lo hizo Mohamed Alí al negarse a prestar el servicio militar por no querer ir a una guerra que consideraba injusta e ilegítima.

El derecho de resistir a la opresión es una prerrogativa de los pueblos consagrada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “Para asegurar estos Derechos (igualdad, vida, libertad, búsqueda de la felicidad) el Gobierno ha sido instituido… y cuando bajo cualquier forma el Gobierno deviene destructor de estos Fines, el pueblo tiene Derecho a cambiarlo o abolirlo y a instituir un nuevo Gobierno que se fundamente  sobre  tales  principios”…  También  en  la  Declaración  de  los  Derechos  del  Hombre  y  del Ciudadano de 1.789: “El objeto de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Estos Derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad, y la resistencia a la opresión”.

Pero en Colombia no hay opresión ni tiranía ni despotismo ni autocracia ni dictadura a la que oponerse. El derecho de resistencia no puede, pues, ser utilizado para combatir los esfuerzos de reconciliación entre los colombianos ni los Acuerdos de Paz. La resistencia está condicionada en su legitimidad por el fin que persigue. La resistencia pasiva de Ghandi no es la misma de  De Gaulle por liberar a Francia de la invasión alemana. Ghandi logra la independencia de la India sin disparar un solo tiro al practicar lo que se conoce con el nombre de resistencia pasiva. Francia, por el contrario, debe librar una guerra sin cuartel contra los nazis. El General De Gaulle lo dijo el 18 de junio de 1.940: Una fuerza mecánica nos ha derrotado, una fuerza mecánica superior nos dará la victoria. Hemos perdido una batalla pero no la guerra.

Para el caso colombiano el concepto de resistencia civil no es apropiado.   Lo que el doctor Uribe quiere realmente es una oposición sistemática, total y sin dar ni pedir cuartel. Pues bien, esa oposición, aunque pacífica como él lo ha reiterado, y totalmente legitima, no gusta a los espíritus frente nacionalistas, que convierten al adversario en enemigo hasta el punto de que hablan de hacer la paz no sólo en La Habana sino también   en   Bogotá.   Quieren   que   todos   estén   de   acuerdo   en   todo   y   se   escandalizan   con   los cuestionamientos vigorosos propios de quienes se oponen al Gobierno, a éste y a los que vienen. Prefieren a todos en el poder y miran con extrañeza, desconfianza y horror al binomio gobierno-oposición, que es el que preside la vida política de todos los países civilizados y todas las democracias de occidente. Es la razón por la cual nos escandalizamos de una supuesta gran polarización cuyos extremos serían de un lado el presidente Santos y de otro el expresidente Uribe. Deberíamos curarnos de espantos. Es propio de las verdaderas democracias  que  se  libre  una  batalla  pacífica  pero  recia  entre  los  intereses,  principios  y  valores  que defienden unos partidos en el gobierno y los que defienden los partidos de la oposición. Los laboristas y los conservadores ingleses no se mandan flores. Tampoco en España donde al jefe del Psoe se le fue la lengua en un debate con el presidente del gobierno a quien le dijo que no era una persona “decente”. Evidentemente se trata de un caso de violencia verbal que no debió ocurrir. En Colombia este tipo de ataques desmedidos han causado muchas muertes, incluso en el Congreso. Fue el caso del representante Jiménez que falleció víctima de un tiro en el recinto de la Cámara, y del doctor Jorge Soto del Corral, herido mortalmente en el mismo episodio.

Sin llegar a esos extremos de barbarie, lo que sucede en los esquemas democráticos de Europa, de América, de Australia, etc, es que gobierno y oposición combaten con mano de hierro en guante de seda. No es para menos. Lo que está en juego es el gobierno y las mayorías en el Parlamento.  El que las obtiene gobierna y quien pierde recibe el mandato de irse a la oposición.

Sin embargo, no debe perderse de vista que la disputa por el poder no se centra en el sistema político ni la forma de Estado. Por ejemplo, no se trata en la lucha política de nuestro tiempo ni aquí ni en ninguna parte de occidente de decidir entre monarquía y república, aunque en España de alguna manera el tema está presente,  pero  sin  los  caracteres  del  pasado;  tampoco  entre  democracia  y  dictadura  o  regímenes autoritarios que desconocen los derechos humanos. El que en nuestras campañas no esté en entredicho ni la república como forma de Estado ni la democracia como sistema de gobierno, implica, como diría Álvaro Gómez, que estamos de acuerdo sobre lo fundamental. ¡Quién lo creyera! esto puede incluir a las Farc, pues en los Acuerdos no se trata de desconocer las normas constitucionales que consagran la república democrática que tenemos, con su propiedad privada, su pluralismo, su separación de iglesia y  Estado, su Estado Social y Constitucional de Derecho, etc.

Que el doctor Uribe se oponga pacíficamente todo lo que quiera al Proceso que nos llevará muy pronto a la Paz, es su derecho. Nosotros, los más decididos amigos de la Paz, a nuestro turno, tenemos el derecho y sentimos el deber moral de seguir una ruta diferente: apoyar ese Proceso. Es que, como dice Norberto Bobbio, “La paz es el fin mínimo de todo ordenamiento jurídico… (y) En el ámbito de un ordenamiento jurídico pueden perseguirse otros fines: Paz con libertad, paz con justicia, paz con bienestar, pero la paz es la condición necesaria para alcanzar todos los demás fines, y por tanto es la razón misma de la existencia del derecho. Si aceptamos la definición común de guerra como violencia organizada y de grupo, la antítesis con el derecho aparece con toda claridad: en efecto, el derecho en su acepción más amplia puede definirse como la paz organizada de un grupo”. (El problema de la guerra y las vías de la paz, Gedisa, P.97) (Negrillas, mías).

Son buenas razones las de Bobbio para que la inmensa mayoría de los colombianos apoyemos los Acuerdos de La Habana en los cuales, por cierto, aunque innecesario, todavía no se ha definido el mecanismo de refrendación  popular.  Y  el  menos  indicado  de  todos  es  el  “Plebiscito”  que  probablemente  declare inexequible la Corte Constitucional, pues el derecho a la paz, que es lo que se jugaría en él según lo ha dicho reiteradamente el Presidente Santos, en tanto que derecho constitucional fundamental, se sustrae al dominio de las mayorías las cuales evidentemente sí pueden decidir sobre cualquier otro tema.

*Constituyente 1.991

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