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Opinión

  • | 2017/08/10 07:37

    “Soy amigo de Platón, pero más aún de la verdad”

    El Centro Democrático tiene varios precandidatos: Las doctoras María del Rosario Guerra de la Espriella y Paloma Valencia Laserna; los doctores Carlos Holmes Trujillo, Rafael Nieto Loaiza e Iván Duque Márquez.

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Según la penúltima encuesta de Guarumo quien encabeza de lejos el pelotón es este último seguido del exministro Carlos Holmes Trujillo. Ambos son partidarios de una consulta popular para escoger el candidato de su partido. Ambos rechazan la posibilidad de una convención, susceptible de manipulación como parece fue el caso la vez pasada cuando terminó elegido como candidato el doctor Óscar Iván Zuluaga.

En las encuestas quien mejor registraba era el exvicepresidente Francisco Santos.
En la última convención, el expresidente Uribe señaló que los cinco precandidatos debían escoger, en su momento, dos de entre ellos para definir democráticamente cuál llevaría a las urnas las banderas del Centro Democrático en una futura consulta interpartidista, probablemente en marzo de 2018, en la cual participarían la exministra de Defensa Marta Lucía Ramírez, eventual candidata de un sector Conservador y el doctor Alejandro Ordóñez, quien se inscribirá mediante firmas.

Obviamente ganará esta consulta el candidato del Centro Democrático que llegará así reforzado a la primera vuelta.

El expresidente y jefe absoluto del Centro Democrático se comprometió con otro método de selección, no necesariamente incompatible con el anterior: si en las encuestas aparece que uno de los precandidatos tiene un respaldo abrumador, ese sería el elegido. Ese respaldo abrumador lo tiene hoy el doctor Iván Duque, uno de los más jóvenes entre todos, aunque mayor que Emmanuel Macrón, actual presidente de Francia con apenas 39 años.

Pero el doctor Duque ha actuado desde hace unos meses con cierto criterio independiente, como si el Centro Democrático fuera “un foro de hombres libres”, una asociación de hombres libres y no una organización en que solo cuenta o impera la autoridad del jefe. Fue así como tomó la decisión democrática y liberal pero audaz de votar en el Senado negativamente el proyecto de referendo discriminatorio contra viudas, viudos, divorciados, divorciadas, en una palabra contra los solteros y parejas gays, que impulsaba la senadora evangélica Viviane Morales, y que contó con el respaldo de los senadores del Centro Democrático, incluido el expresidente Uribe.

Posteriormente, en otro gesto que lo honra, igualmente democrático, liberal y de defensa de principios constitucionales fundamentales, pero quizás temerario, cuando el expresidente Uribe descalificó sin razón alguna al periodista Daniel Samper Ospina como “violador de niños”, escribió dos trinos impecables que probablemente no le gustaron al jefe supremo ni a su guardia pretoriana: “La libertad de prensa y la libertad de expresión deben tener como uno de sus límites el respeto a la honra”. “La difamación no puede hacer carrera como método de expresión. Colombia necesita debates de altura”.

Lo menos que se puede decir de ellos, escritos dos días después del deplorable trino del expresidente, es que no constituyen un gesto de solidaridad con el error de este. Valeroso Iván Duque que con estos trinos ha antepuesto sus principios a sus intereses electorales. Me recuerda la célebre frase de Aristóteles cuando le pusieron de presente las contradicciones fundamentales de su filosofía con las de su maestro, el filósofo Platón, al responder: “Soy amigo de Platón, pero más aún de la verdad”.

¿Le costará estas muestras de criterio propio, de apego a los principios, la candidatura presidencial del Centro Democrático? Hay signos preocupantes.
Uno de ellos es que ya no habrá criterios objetivos para la selección del candidato: no habrá consulta popular como tampoco escogimiento con base en quien se haya escapado en las encuestas.

Será “el que diga Uribe”. ¿Seleccionará Uribe a quien ha dado muestras de no tener sumisión absoluta? Solo el tiempo despejará esta incógnita.
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Añadido: Algunos líderes políticos parecen ignorar que el español es un idioma en que las palabras se pronuncian como se escriben. Este defecto se presenta especialmente con la palabra “escenario”, que algunos pronuncian como si se escribiera “excenario”, o “ekcenario”. No sé si es un problema de vocalización o de ortografía. 

*Constituyente 91

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