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Opinión

  • | 2016/07/05 19:00

    “Jimmy’s Hall”, Ken Loach, 2015

    El film, basado en hechos reales, narra la deportación a Estados Unidos en 1933 de James Gralton, el líder en el pueblo de Leitrim del Grupo Revolucionario de los Trabajadores, el antecesor político del Partido Comunista de Irlanda. Elementos más que suficientes para ver esta película.

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El veterano director inglés, Ken Loach, ampliamente conocido en el medio fílmico por sus películas sobre temas de índole socio-política, por lo general relacionados con determinados conflictos de origen popular y enfrentados a los diversos aparatos estatales, ha llevado a la pantalla grande muchos antagonismos y problemas de las clases obreras de su país desde su agudo punto de vista y de militante político, lo que ha permitido que se conozcan facetas sociales que casi nunca se representan en la pantalla grande y que, por la misma radicalidad de sus planteamientos, también le ha generado grandes opositores, especialmente durante el gobierno conservador de Margaret Thatcher, período durante el cual casi nada pudo rodar.

Cuando de la mano de directores como Ken Loach, que con sus películas escenifica la problemática social vigente y los diversos intereses económicos que hay en conflicto, el cine se sale de sus marcos habituales de fácil diversión y simple escapismo, para convertirse en su contrario, en su opuesto, que exige del espectador que observe de otra forma lo que ve en la pantalla grande, donde se ve reflejado necesariamente y por tanto, en lugar de entretención y evasión, se encuentra obligado a tomar partido, a salir de su pasividad para analizar y considerar su entorno social y político.

Es un cine que evidentemente no es comercial, casi que es su negación, pero que resulta muy importante por los postulados que entrega, en especial para el espectador interesado en apreciar otro tipo de cine y de temáticas, que no sean sólo violencia gratuita, persecuciones y escenas de cama. Además que con Ken Loach, básicamente, son temas vistos desde los desposeídos, de los sin derechos y sin igualdad de condiciones que se asocian para protestar y exigir sus mínimas reivindicaciones (Nota al margen y de reconocimiento para los pocos empresarios que se animan a distribuir en el país este tipo de películas y aunque corriendo riesgos financieros, de todas formas le presentan a un selecto público otras concepciones y características en materia fílmica).

Además que en cuanto cinematografía como tal con este director se asiste a un cine europeo muy distinto al que habitualmente el público tiene que ver. En ese sentido es algo refrescante, nuevo, con otro estilo que se aprecia rápidamente en la puesta en escena; en los planos y enfoques de la cámara; en el trabajo con los actores y la interpretación de sus papeles lejos de ser telenovela y sin la debida cuota lacrimógena; en la caracterización de los personajes sin estereotipos ni clichés; así mismo, en la representación de los conflictos y dramas tanto sociales como personales. Igualmente, en las relaciones amorosas, en este caso trágica, la de un amor imposible y su respectiva escenificación, en la que se puede notar la diferencia en su tratamiento, diálogos y actuación, en especial en una determinada secuencia en la segunda mitad del film, que es la más romántica y apasionada de la película, donde sin palabras pero también sin sexo o similares, los eternos enamorados se confiesan su amor.

Los hechos se reconstruyen en Irlanda de 1932, en un ambiente medio rural que le permite al director complacerse en los exteriores y paisajes de la zona, con grandes planos y panorámicas para generar el espacio cinematográfico en que se desenvuelven los acontecimientos; con un guión fragmentado en su orden cronológico, que sabe unir los dos tiempos de los hechos escenificados para poder establecer en el relato del presente el gran conflicto social y político, como también el drama humano de quienes sufren las condiciones impuestas arbitrariamente. Todo ello partiendo del viejo conflicto agrario de la tenencia de la tierra, la lucha entre terratenientes y arrendatarios, en últimas, enfrentamiento de intereses opuestos de clase social. El término y concepto de lucha de clases, cada vez más proscrito y vetado, es planteado directamente como argumento central del antagonismo social reinante, que su director escenifica y representa con toda su experiencia de ya tantos años y de muchos rodajes.

Otra de las temáticas que representa son de la misma índole: polémicas y muy realistas en su escenificación. Una de estas en referencia a la religión, álgido y candente tema en cuanto medio de control político. El clero y sus nexos con el poder representado a través de un párroco dogmático y represivo. Una radiografía del poder y el verdadero estado de las cosas, de tal forma que cualquier similitud con otras latitudes es mucho más que simple coincidencia y de inevitable comparación. En conclusión, se trata del experto director que sabe plantear sus temas de conflicto social y político, dentro de historias muy humanas, con personajes muy reales, e incluso como en esta ocasión, de carácter verídico para unir en un solo haz situaciones políticas y vidas humanas concretas, con sus virtudes y defectos, en un solo relato, por ello mismo más apasionante, por ello mismo más representativo de la lucha que impulsaron.

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