Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/06/13 09:35

El padre Chucho y el reconocimiento a Uribe por los derechos humanos

Concederle un reconocimiento al expresidente por los Derechos Humanos sería el equivalente a entregarle el Nobel de Paz a Hitler después de la II Guerra Mundial.

Joaquín Robles Zabala.

Hay que recordar una vez más que la historia se repite porque tenemos la inmensa capacidad para olvidarla. Olvidamos que para entender el comportamiento de la sociedad es necesario conocer su pasado. Olvidamos que la historia de Colombia, desde la Colonia hasta hoy, ha sido el relato de una cruenta guerra. Olvidamos que un país con un largo conflicto bélico jamás podrá alcanzar su desarrollo pleno. Promover la guerra desde el sillón de la sala para que los hijos de los campesinos, artesanos o amas de casa se maten a balazos es la fabulación de los infames. Por eso, no me asombra que un curita carnavalero como el Padre Chucho, que predica la fábula de amar al prójimo como a ti mismo y le canta alabanzas al Altísimo y a su club de fans, haya firmado la petición del Centro Democrática de continuar una guerra que ha cobrado la vida de millones de colombianos a lo largo de más de medio siglo.

Y no me extraña porque la Iglesia Católica jamás ha sido una institución de hombres sacros, sino una viña donde encontramos de todo: homosexuales, pederastas, asesinos seriados, ladrones, estafadores de la fe y violadores de los Derechos Humanos. Esto, que quede claro, no me lo estoy inventando, pues solo basta con echar una mirada a la historia de ese adefesio que fue la Santa Inquisición, un organismo creado en Francia en el siglo XII, pero que tuvo su mayor apogeo en los reinos de Aragón y Castilla de una España teocrática, para saber que su propósito no fue solo la persecución de los herejes sino también el despojo, bajo la modalidad de legalidad, de las fortunas de las grandes familias en un momento en que las arcas de la Iglesia estaban vacías. Su creación, más allá de lo que diga el Vaticano y sus hombres purpurados, fue producto de una necesidad económica, que, como lo dejó ver el historiador Mijail Zaborov, se constituyó en el verdadero móvil de una cruzada que derramó toda la sangre que quiso en todos los lugares donde puso su sandalia evangelizadora.

De manera que extrañarse de que el curita carnavalero que le gusta aparecer en televisión cantando “canciones celestiales”, inspiradas en el amor de Dios, haya estampado su firma en una de las hojitas que reparte el Centro Democrático por todo el país para que la guerra siga y el río de sangre amplié su cauce, es solo la continuidad de una historia que, repito, empezó en el siglo XII y que hoy se ha perpetuado a través de otros medios que no son precisamente los divinos.

Tampoco deberíamos extrañarnos que una institución como la  Universidad Internacional Menéndez Pelayo haya distinguido al expresidente Álvaro Uribe Vélez con una medalla de honor “por su compromiso democrático y la defensa de los Derechos Humanos”. No debería porque esta universidad con sede en Madrid ha estado desde sus orígenes asociada al franquismo. Y la historia nos dice que el general Francisco Franco, que en 1936 le dio un golpe de estado a un gobierno democráticamente constituido y sumió a España en un mar de sangre que duró más de 40 años, persiguió, encarceló y fusiló a todos aquellos intelectuales que levantaron su voz ante la carnicería que el sátrapa desató a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Pero, sobre todo, protegió y cuidó a aquellos militares nazis que huyeron en secreto de la Alemania devastada por la guerra en su tránsito a tierras americanas.

No hay que olvidar tampoco que la Iglesia Católica, según lo expone Avro Manhattan en su libro “El Vaticano en la política mundial. Italia, El Vaticano y el fascismo” llevó a cabo alianzas que buscaban una asociación entre el Tercer Reich y el Papa Pío XII, a quien se le señala de haberle prestado la ayuda necesaria a Hitler para asesinar judíos y quedarse con las grandes fortunas que estos ostentaban. La muestra de ello, cuenta Manhattan, es que después del conflicto bélico en el que murieron un poco más 70 millones de personas, el Vaticano se convirtió en uno de los Estados más ricos del planeta y en sus bodegas bancarias y de seguridad reposaban las grandes obras de arte que fueron propiedad de los judíos que murieron en los baños de gas y fueron  calcinados en los hornos crematorios.

Olvidar lo anterior es olvidar la historia. El padre Chucho, que al parecer le gusta más la farándula que salvar almas, desconoce que el propósito de toda manifestación religiosa es la búsqueda de la paz, una paz que está más allá de las  condiciones materiales, según pregona el evangelio cristiano. Pero este curita carnavalero, que nunca ha vivido en carne propia los estragos de la guerra, que le gusta viajar a Miami en primera clase, que conduce un carro elegante por las calles bogotanas, que tiene su apartamento donde la violencia solo le llega por televisión, ha decido firmar un documento para que continúe un conflicto que lleva más de medio siglo y para que sigan matándose los hijos de los pobres porque para él con esa chusma nada que ver.

Twitter: @joarza

Email: robleszabala@gmail.com

*Docente universitario.

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