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Opinión

  • | 2016/05/02 09:26

    El regreso a la manzana

    Creo que lo peor que le ha pasado a la Humanidad es seguir creyendo en partos de gallinas. Seguir aferrada a unas convicciones que han servido de excusas para fomentar guerras y desaparecer civilizaciones enteras.

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Creo que la única declaración inteligente que he escuchado de  un miembro de esa oscura institución como es la Iglesia Católica, fue pronunciada por Karol Wojtyla tres años antes de morir, en la que dejaba ver que tanto el cielo como el infierno, dos conceptos sumamente  abstractos,  son estados del alma. En otras palabras, son manifestaciones culturales. Es decir, inventos, creaciones que tienen como único objetivo el control social.

En un relato publicado en Facebook, contaba hace unos días una experiencia vivida una mañana en el aeropuerto internacional El Dorado mientras esperaba la salida del vuelo Bogotá-Bucaramanga de la línea Avianca. Una señora con acento paisa, que estaba sentada en la silla de al lado, me preguntó si yo tenía hijos. La pregunta me sorprendió en un principio, pero luego me di cuenta que esta tenía que ver con una chica que, en una esquina de la sala de espera, amamantaba desprevenidamente a un rozagante bebé. Recuerdo haberle dicho que tenía una niña y a la señora le pareció raro que solo fuera una porque después me comentó que en su época las familias menos numerosas tenían cinco miembros.

El asunto, admito, me arrancó una sonrisa. Le dije que a esta altura de nuestra historia el planeta rondaba los siete mil millones de habitantes, y qué podía imaginar ella que ocurriría si cada uno de nosotros tuviera cinco hijos. La señora, con toda la naturalidad del mundo, miró a la chica que amamantaba a su bebé; luego me miró y soltó su perla: “Dios sabe cómo hace sus cosas”.

No pude dejar de reír durante unos minutos. Esa misma expresión se la había escuchado, a lo largo de diez años, a los hermanos del Colegio de La Salle en Cartagena donde estudié gran parte de la primaria y toda la secundaria. Se la había oído decir al pastor de la iglesia evangélica donde mi madre iba a escuchar el sermón del domingo. Se la escuché mil veces a una vecina del barrio que iba todos los días a misa pero que era incapaz de hacerle un favor a alguien.

La señora que estaba a mi lado, por supuesto, me miró espantada cuando dije: “Dios no sabe nada. Y dudo mucho de que exista alguien tan imbécil”. No recuerdo si la dama, horrorizada, se persignó. No recuerdo si hizo la señal de la cruz o murmuró el vade retro. Lo único cierto fue que agarró una pequeña maleta que descansaba a un costado de la silla, sacudió el trasero y buscó un sitio más cercano a la puerta de abordaje. Quizá pensó que yo era el mismísimo demonio porque no se dignó a mirarme un solo segundo durante los 45 minutos del vuelo, a pesar de que nos sentamos uno al lado del otro, separados únicamente por el pasillo.

Para un amigo, creyente él, no hay duda de la existencia de Dios, de ese ser omnímodo que construyó  -no sé si en siete días, como dice el relato bíblico, o en siete mil millones de años— esa máquina perfecta que es el Universo. Mi amigo pone como ejemplo una famosa anécdota del gran  Albert Einstein que cuenta que, en una oportunidad, le preguntaron si creía en Dios y el maestro alemán pidió un reloj y dijo que si este artefacto tenía un creador, no había duda de que el Universo tenía el suyo.

No tengo certeza de que esa anécdota haya ocurrido, o si aparece consignada en algún texto sobre la vida del creador de la Teoría de la Relatividad, pero lo que mi amigo quiso resaltar era que si un hombre de la talla de  Einstein afirmaba la existencia del ser supremo, quién carajo era yo para decir lo contrario. Lo que mi amigo deja por fuera de esa supuesta afirmación del científico alemán, son las circunstancias históricas en la que pudo haberlo dicho. Olvida que hasta bien avanzado el siglo XX, el poder de la Iglesia Católica seguía siendo inmenso, y su mano larga podía sentirse con fuerza en la gran mayoría de las naciones europeas. Olvida que muchas de las instituciones que apoyaron en algún momento sus investigaciones tenían el respaldo del Opus Dei o de otras instituciones centenarias como lo eran algunas universidades, colegios e incluso gobiernos.

Olvida mi amigo que Charles Darwin engavetó durante varias décadas sus investigaciones sobre “El origen de las especies” por temor a que lo colgaran de un árbol. No lo colgaron como temía, pero lo desacreditaron como científico y buscaron la manera de expulsarlo de algunos círculos sociales ingleses. Tanto así que cuando murió su hija Anne, no faltó el imbécil que asegurara que ello era un castigo del Señor por poner en duda la creación del Universo.

Le recordaba a mi amigo que René Descartes nunca negó la existencia de Dios, y no era porque creyera en un arquitecto del Universo, sino por temor a que sus mecenas, todos fervientes católicos (reinas, reyes y príncipes), le retiran su apoyo y de paso lo mandaran a la guillotina.

Creo que lo peor que le ha pasado a la Humanidad es seguir creyendo en partos de gallinas. Seguir aferrada a unas convicciones que han servido de excusas para fomentar guerras y desaparecer civilizaciones enteras. No tengo duda de que si la señora  de El Dorado lee esta nota, va a revivir esa molestia que le produjeron mis palabras y va a sentir que intenté disminuirla en sus creencias. Pues no. Lo único que hice en realidad fue poner en evidencias las mías, que son tan válidas como las de ella. Como las de cualquiera que lea este texto.

En Twitter: @joarza

E-mail: robleszabala@gmail.com

*Docente universitario.

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