Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/05/31 09:29

“Un periodismo de bolsillo o las mafias periodísticas”

Los intereses particulares de algunos medios y el sueño de ascenso de algunos periodistas han convertido esta profesión no solo en un departamento de “relaciones públicas”, como lo afirmó George Orwell, sino también en verdaderas mafias, según Gonzalo Guillén.

Joaquín Robles Zabala.

La frase no es mía, la pronunciaron dos grandes del periodismo y las letras hispanoamericanas: Joaquín Estefanía, entonces director de El País de España, y el novelista nicaragüense Sergio Ramírez en su paso por Cartagena de Indias hace algunos años. La libertad de expresión, nos recordaba el español, es el principio rector del periodismo, que lleva implícito el derecho que tienen todos los ciudadanos de ser informados. “Tanto es así que no puede hablarse de democracia en ausencia de una prensa que no tenga las garantías suficientes para desarrollar su labor”, enfatizó en el prólogo del “Libro de estilo” del diario ibérico. En el mismo aparte hace referencia a la responsabilidad moral y ética del periodista, pero nos recordaba algunos casos en España de cómo el periodismo infringe esos principios rectores y se pone al servicio de intereses particulares y mezquinos, convirtiendo a los medios de comunicación en simples herramientas mercantiles.

Estas palabras de Estefanía son hoy una radiografía de lo que viene pasando desde hace ya varias décadas con el periodismo que se practica en Colombia. Los intereses particulares de algunos medios y el sueño de ascenso de algunos periodistas han convertido esta profesión en un departamento de “relaciones públicas”, como lo afirmó el gran George Orwell, y al periodista en un desinformador al servicio de algún poderoso.  En el fondo, el problema sigue siendo un asunto ético y de transparencia en el manejo de la información que pone en duda la credibilidad del informador, única herramienta válida con la que debe contar todo profesional de la comunicación.

El asunto se vuelve sumamente crítico, como lo dejó ver un reciente estudio, si pensamos que el 60% de quienes ejercen el oficio de periodista reciben dinero de algunas entidades, gubernamentales o privadas, para realizar “reportajes” o, simplemente, no publicar noticias que puedan afectar la imagen de alguna institución. En ocasiones, las coimas se disfrazan de jugosos contrarios publicitarios y las fuentes se limitan solo a la voz oficial. En otras palabras, hay un rompimiento de una de las reglas de oro del periodismo que consiste en evaluar y contrastar las dos caras de un hecho, o, si quiere, de la información suministrada.

Lo anterior, nos lleva a la irrefutable conclusión de que los ciudadanos, a quienes va dirigida en última la información, reciben un relato manipulado de los hechos. Es decir, se miente flagrantemente, se muestran unos acontecimientos tergiversados que redundan en la desinformación pero que para el periodista y el medio se traducen en apoyo económico de aquellos grupos o personas a los que se busca proteger de un escándalo o de algún acto de corrupción. En este mismo sentido, habría que recalcar que la única sacrificada de estos hechos malsanos, tejidos de irregularidades informativas, es la verdad.

El caso de Gustavo Petro es apenas un ejemplo entre miles que a diario se suceden en Colombia. Los dos canales televisivos de noticias más importantes del país convirtieron al entonces burgomaestre, con reportajes y notas amañadas en el caso de las basuras, en el peor alcalde de la historia de la capital de la República. De esta manera, legitimaron como verdad unos hechos que, como dejaría claro la Fiscalía General de la Nación más tarde, no fueron propiciados por el alcalde y, por lo tanto, este no había cometido delito alguno como lo afirmaron varios medios y contradictores del entonces mandatario de los bogotanos, incluyendo, como sabemos, al infaltable procurador Alejandro Ordóñez.

Por esta razón, el Tribunal Superior de Bogotá, a raíz de la condena proferida contra el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso, dejó claro la inmensa responsabilidad de los medios de comunicación como legitimadores y complacientes con los jefes paramilitares, pues llegaron al extremo de dedicar amplios espacios en entrevistas a Mancuso y Castaño donde estos exponían con tranquilidad sus ideas de grupo antisubversivo.

Según la sentencias, estos medios cumplieron "un rol fundamental en la propagación y legitimación de los discursos de odio", que fue complementada por algunos funcionarios del gobierno de entonces al exhortar con sus declaraciones la persecución violenta, no solo de la subversión, si no de todas aquellas formas de pensamiento que se identificaran con estos. El resulto lo conoce hoy el país: cientos de casos de los mal llamados “falso positivos”, cientos de masacres selectivas, miles de interceptaciones ilegales de teléfonos a personajes públicos y un largo etcétera que la justicia ha intentado esclarecer a lo largo de estos últimos años.

Pero el asunto sobre ese periodismo mafioso, se hace mucho más oscuro cuando Gonzalo Guillén, un veterano de la profesión, y que acaba de terminar una larga investigación al respecto, nos dice en una nota recientemente publicada que “uno de los principales miembros de esta banda de periodistas (prominente judicial de televisión) recientemente envío a uno de sus secuaces (editor judicial de una prestigiosa cadena de radio) a recibir un pago de cien millones de pesos colombianos que la mafia les entregó, en efectivo, acomodados entre una caja de zapatos”.

Asimismo agrega:

“… el periodista estableció la tarifa de 30 millones de pesos por divulgar una noticia fraudulenta de un minuto y medio de duración en la emisión de mayor audiencia (prime time) y 20 millones en las demás emisiones. Por tarifas más alta, un fraude vestido de noticia de primera plana puede extenderse simultáneamente a otras cadenas de radio y televisión, periódicos y páginas de internet”.

Visto de esta manera, nuestro “periodismo” (así entre comillas) camina desde hace rato por esa delgada línea roja del fraude, un fraude que los usuarios de noticias interpretan como verdades irrefutables. Y es en este punto donde aparece el peligro, pues una mentira repetida mil veces por un medio importante de comunicación se transforma en los oídos y ojos del consumidor de noticias en una verdad sin matices, imposible de desmentir después de echada a andar.

En Twitter: @joarza

E-mail: robleszabala@gmail.com

*Docente universitario.

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