Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/08/01 23:57

Rezar para qué

Ángela Hernández, una señora ultraconservadora, homofóbica, no le cabe en la cabeza que el orden natural de las cosas del que tanto hablan los dogmas religiosos es un invento social.

Joaquín Robles Zabala (*)

Si rezar sirviera para cambiar el mundo, Tailandia sería el mejor país del planeta, seguido, en su orden, por Armenia, Bangladesh, Georgia y Marrueco, respectivamente, con un 94% de habitantes que afirma practicar alguna religión, según una nota de BBC Mundo.

El padre Giovanni Marino, un cura italiano que abandonó la sotana después de atravesar durante mucho tiempo una crisis existencial que lo llevó a la conclusión de que Dios no necesitaba de intermediarios, aseguró que toda religión es solo un asunto cultural. Es decir, una costumbre social que busca justificar la aparición del hombre sobre la Tierra y su posterior desaparición física.

En América Latina, la lista de las naciones profundamente religiosas, y cuyo porcentaje de habitantes pertenecientes a una organización de este tipo supera el 82%, la encabeza Perú, seguido de Colombia, Brasil, México, Argentina y Ecuador. Sin embargo, entre los menos religiosos del planeta se encuentran China, Japón, Suecia, Reino Unido, Holanda y Alemania.

En este sentido, el alto grado de religiosidad de algunos países parece directamente proporcional al poco grado de desarrollo, aunque un estudio realizado por un grupo de profesores de la Universidad de Harvard haya concluido lo contrario: que entre más religiosos sean los habitantes de una nación, más posibilidades hay de seguir la normatividad establecida por el Estado y, por lo tanto, menos posibilidades de quebrantarlas.

El asunto de esta afirmación se complica cuando los fundamentos religiosos se convierten en creencias inamovibles que afectan profundamente el comportamiento social. Para Mircea Eliade, desde lo sagrado, es decir,  aquello que se encuentra en la esfera de lo impoluto o cuyo estado se halla en el ámbito de lo puro, lo profano es inadmisible. Y lo es porque este es mirado como el lado opuesto de una axiología dominante, unas creencias establecidas no por ninguna divinidad sino por el conjunto de los integrantes de una sociedad.

Todo aquello que se sale de los límites de este ámbito afecta la norma, o en este caso el conjunto de creencias. De manera que si no lo entendemos, o se sale del esquema cultural que estructura nuestro mundo, lo más seguro es intentemos destruirlo. No está de más recordar que el concepto de desarrollo no se puede medir solo desde los avances técnicos, tecnológicos o científicos. Las estructuras mentales de las sociedades moldean sus avances o atrasos. El mismo Eliade nos recordaba que la Iglesia y sus postulados fueron los causantes de un atraso de casi ocho siglos de la  Antigua Europa. Al imponerle unas normas a una sociedad mayoritariamente analfabeta, creó el espacio propicio para las guerras. Mafalda, ese personaje filosófico creado por Quino, aseguró en una ocasión que aquel que no lee está condenado a creer todo lo que le digan.

En la antigua Grecia, por ejemplo, ser homosexual no estaba en el abanico de lo “anormal”, como lo ven hoy los extremistas religiosos. Era una posición que hacía parte de las manifestaciones culturales. El asunto se torció cuando el gran imperio empieza su decadencia y aparece la Iglesia a imponer su doctrina. Es entonces cuando lo que era considerado un comportamiento cultural de la sociedad adquiere el valor de pecado.

La religión ha tenido siempre como caballito de la batalla el dualismo feroz entre el “bien” y el “mal”, o su equivalente del “cielo” y el “infierno” para mantener las masas en el redil. Hasta hace poco la Constitución de Colombia apuntaba hacia una sola religión oficial, lo que abrió una brecha en el centro de una sociedad monoteísta que cree profundamente y a pie juntillas en conceptos tan abstractos como “cielo e infierno”, “alma y Dios”.

El desarrollo de los pueblos no puede evaluarse solo desde esos pequeños avances que han llevado cierta comodidad a los hogares, sino también desde de las estructuras mentales que no permiten un verdadero progreso. Hace 70 años el gran Roland Barther aseguró que “no puede haber una escritura liberal si el pensamiento de la sociedad que la produce no lo es”. Así mismo, se podría concluir que no puede haber un desarrollo pleno de una sociedad si su pensamiento sigue amarrado a un libro que fue escrito hace más de 3.000 años por unos señores homofóbicos que apedreaban a sus mujeres en público por las simples sospechas de tener un desliz con el vecino.

“Si hubiera vivido en aquellos días en que el mundo se estaba haciendo, podría haber hecho algunas sugerencias valiosas”, aseguró el poeta estadounidense Ralph Waldo Emerson, una figura emblemática del pensamiento revolucionario de su país. Sus declaraciones, por supuesto, produjeron más de un malestar entre la ortodoxia que solía rasgarse las vestiduras ante todo aquello que se salía de los límites del comportamiento convencional.

Hace unos años, la Alcaldía de Bogotá empezó una campaña que tenía como objetivo disminuir los embarazos en adolescentes. No solo se les dictaban charlas en sus respectivas escuelas con las que buscaba crear conciencia del problema, sino que también le donaron a las instituciones educativas dispensadores de condones. Los padres de las chicas, molestos, alzaron su voz de protesta porque los funcionarios de la alcaldía les estaban incentivando a las estudiantes a tener sexo a muy temprana edad.

Estas reacciones no están muy alejada de las manifestadas por la asambleísta  santandereana Ángela Hernández, una señora ultraconservadora, homofóbica, que no le cabe en la cabeza que el orden natural de las cosas del que tanto hablan los dogmas religiosos es un invento humano como cualquier religión, como cualquier norma social, y las normas, por supuesto, no están exentas de error.

* Twitter: @joaquinroblesza - E-mail: robleszabala@gmail.com - Docente universitario.

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