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Opinión

  • | 2016/04/08 09:19

    Los uribistas y la Universidad de Cartagena

    No estar de acuerdo con las políticas macabras del expresidente no significa defender las atrocidades de las Farc.

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Una señora, lectora de esta revista, me llamó “monstruo” en una nota que envió a mi Facebook. Me llamó “negro resentido”, “guerrillero hachepé” que, al igual que los jefes de las Farc, “debería irse para La Habana y no regresar”. La señora se acababa de enterar que hace un año escribí una columna en este mismo espacio que titulé “No discutas con un uribista, regálale un libro”. Se acababa de enterar que en las librerías del país hay un libro de mi autoría que lleva por título “Los buenos muchachos del expresidente”, editado por Ediciones B Colombia en el 2015. “El 90% de los colombianos estamos con el expresidente Uribe y apoyamos con los ojos cerrados su gestión”, concluye la iracunda dama uribista.

La verdad es que no entiendo por qué los uribistas suelen confundir la mierda con el caviar. Tengo que recordarles que no estar de acuerdo con las políticas macabras del expresidente no significa que defienda las atrocidades de las Farc. Tengo que recordarles que no conozco a ningún miembro de esa guerrilla, y que, como ella, solo los he visto por la televisión. Desde hace casi cuatro años, cuando empecé a escribir en este espacio, he recibido cuatro amenazas de muerte, pero un millón de felicitaciones de gente que tampoco conozco.

Tengo que recordarles a los seguidores furibundos del expresidente y hoy senador, que los insultos personales no son argumentos, y que, por lo tanto, se constituyen en falacias. Tildarme de guerrillero porque digo que Uribe debería estar preso, como lo está Fujimori, no me convierte en un miembro de las Farc ni de ningún otro grupo al margen de la ley. Los uribistas tampoco parecen entender que una persona no puede meterse en una piscina y salir seca. Tampoco parecen entender que es un insulto a la inteligencia creer que los payasitos del espectáculo deben ir a la cárcel mientras que el dueño del circo va al Congreso de la República.

Nadie con dos dedos de frente puede entender esa aberración de que todos los crímenes que se cometieron durante sus ocho años de gobierno fueron a sus espaldas. No sé si es más cretino el que cree semejante sarta de porquerías o el que piensa que todo el que dice cosas como estas es “un guerrillero hachapé”.

Hace dos semanas, a raíz de la primera parte de mi artículo “Así se roban la Universidad de Cartagena”, recibí una llamada de un tipo que dijo que mis denuncias no las leía nadie. No pude aguantar la risa y le contesté: “Si es así, no tienes nada de qué preocuparte”. Otro me escribió para decirme que me “estaba metiendo en camisas de once varas”. No tengo dudas de que detrás de esas llamadas y esas notas hay amenazas veladas, más aún cuando “Las Noticias” del canal regional Telecaribe se interesó por el artículo y realizó una nota que tuvo en las redes sociales más de dos mil reproducciones en menos de 24 horas.

Así mismo, un forista de esta revista, que firma bajo la máscara de “El profesor de la U”, tildó este artículo de panfleto. Sus razones: no utilizo los enlaces que pone en práctica mi estimado Daniel Coronell en cada denuncia que hace. Pero no contento con semejante esperpento, me llamó, como la dama vociferante de arriba, “resentido social”.

La verdad es que no sé quién puede ser el fantasma que firma como “El profesor de la U”, pero solo espero que no haya hecho parte de ese selecto club de profesores que en los años noventa, en la Universidad de Cartagena, solíamos llamar “los violadores”. Las razones: eran atletas de los cien metros planos y su deporte favorito era competir entre sí para ver quién de ellos se tiraba a más estudiantes primíparas.

Ahora bien, para dejar claro el asunto al flamante y vociferante profesor, quien me acusa de no haber sido un estudiante modelo, le recuerdo que el año en que Colcultura se convirtió en el  Ministerio de Cultura, fui uno de los pocos colombianos que obtuvo una beca en la modalidad de proyecto individual. Además, había escrito un montón de artículos para diarios como El Tiempo, El Espectador, El Universal y El Heraldo. Había ganado un montón premios en cuentos y había sido finalistas en otros. Ese mismo año en que ingresé al programa de Lingüística y Literatura, el Instituto de Cultura y Deporte de Cartagena publicó una colección de libros que había sido previamente seleccionado en una convocatoria, y entre estos había uno mío.

Sin embargo, para el flamante “Profesor de la U”, que suele ponerse su mascarita  para lanzar su sarta de sandeces, haber entrado a la universidad con ese abanico de reconocimientos no significa nada. Seguramente es de los que cree que, a esta altura de la historia de la docencia, la nota es más importante que los méritos. O que los méritos son necesariamente numéricos.

En Twitter: @joarza

E-mail: robleszabala@gmail.com

*Docente universitario.  

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