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Opinión

  • | 2015/10/05 12:10

    El “príncipe maquiavélico”

    Quienes criticaban el acuerdo de justicia, olvidan que Uribe impulsó un remedo de proyecto de ley que permitió a perpetradores de masacres pagar un máximo de 8 años de prisión.

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No me cabe en la cabeza que a esta altura de nuestra historia, bañada por la sangre de millones de colombianos que fueron asesinados impunemente, que fueron masacrados y cuyos cuerpos fueron echados a los ríos del país durante los 8 años de gobierno del “príncipe maquiavélico”, donde un poco más de 200 mil compatriotas permanecen desaparecidos desde hace varias décadas y no se tiene remota idea de dónde pueden estar sus cadáveres, y donde las estadísticas nos dicen que más de 4 mil colombianos cayeron por las balas de los “falsos positivos” y 200.000 fueron plagiados por los ‘estadistas’ que soñaban con refundar el país, haya alguien que defienda como gato bocarriba las acciones del expresidente y hoy senador Álvaro Uribe.

No me cabe en la cabeza que alguien diga que más de la mitad del país del “Sagrado Corazón” defiende las tesis sanguinarias de este señor. Cuando alguien por acá afirma que el expresidente representa un poco más de la mitad del país, lo que nos está diciendo es que casi 25 millones de colombianos se identifican con sus tramoyas, con su guerra sin cuartel, con el paramilitarismo salvaje que bañó de sangre el campo, con el atraco frentero de Agro Ingreso Seguro, con unas Fuerzas Militares infiltradas por el narcotráfico, con los intereses mafiosos del general Mauricio Santoyo, hoy preso en una cárcel estadounidense por varios delitos, con las ‘chuzadas del DAS’ que tienen a María del Pilar Hurtado Afanador tras los barrotes por seguir a pie juntilla las órdenes directas de su exjefe inmediato, con Andrés Felipe Arias, quien no esperó la sentencia de la Corte Suprema de Justicia que lo condenó a un poco más de 17 años de cárcel y puso pies en polvorosa.

¿Cómo puede alguien defender las acciones de un señor que permitió que un narcotraficante de la peor calaña como fue Pedro Antonio López Jiménez –más conocido con el alias de Job– visitara la Casa de Nariño, y que cuando el escándalo estalló en los medios de comunicación y César Mauricio Velásquez, Edmundo del Castillo y José Obdulio Gaviria fueron señalados de orquestar la tramoya –por orden de su jefe, claro está– el delincuente de marras fue baleado en una calle de la capital de Antioquia?

No me cabe en la cabeza que en este momento, según lo expuesto por un columnista, caminen por las calles de las distintas ciudades del país un poco más de 25 millones de sociópatas. No me cabe en la cabeza porque si así fuera, la otra mitad de los colombianos estaríamos en peligro inminente, esperando que un loquito uribista desenfundara su pistola con la secreta esperanza de acabar no solo con nuestras vidas sino también con nuestras ideas.

No hay duda de que al senador le duele la paz. Le duele porque echa por tierra sus políticas belicistas, las únicas que ha manejado hasta ahora con mucha eficiencia y que le permitieron cerrar las carreteras colombianas durante casi cuatro años, le permitieron intervenir los teléfonos de sus enemigos políticos y de todos aquellos que no comulgaban con su Seguridad Democrática, le permitieron poner de relieve los adefesios jurídicos que consideró necesarios para tener al Ejército en las calles y a la Policía deteniendo gente sin la debida autorización de un juez.

“Sólo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”, expresó acertadamente hace cinco años el presidente Juan Manuel Santos. Quienes defienden las teorías uribistas de la guerra sin cuartel y el exterminio de las FARC a bombazos, esgrimen la falsa favorabilidad que algunas encuestas como las de Datexco le dan al expresidente. Olvidan, por supuesto, que Uribe es un maestro del ‘marketing’, lo que podría traducirse como un experto del disfraz, y un tramoyero de tiempo completo que ha sabido vender su imagen, magnificada, sin duda, por algunos medios de comunicación que se vieron favorecidos por “la generosidad” de su “mano firme y corazón grande”. Olvidan, como dijo alguien, que es imposible meterse a una piscina sin mojarse. Creo que Datexco debería formular una encuesta donde las preguntas sean si el hoy senador Uribe tuvo algo que ver con la masacre de El Aro, si sus políticas favorecieron al paramilitarismo o si Job entró a la Casa de Nariño sin la autorización explícita del entonces mandatario de los colombianos. Si, por ejemplo, Jorge Aurelio Noguera Cotes actuó solo cuando les abrió las puertas del DAS a los paramilitares de la costa norte colombiana y ordenó asesinar a dirigentes políticos de izquierda, a profesores universitarios y a un grupo de sindicalistas señalados de tener nexos con la guerrilla de las FARC y el ELN. Si María del Pilar Hurtado fue iluminada por el Espíritu Santo cuando decidió “chuzar” los teléfonos de magistrados, periodistas y contradictores de las políticas del “mejor presidente de los colombianos”.

Para quienes critican el acuerdo de justicia que acaba de producirse en La Habana, y que permitirá juzgar a los miembros de la FARC que no “canten” toda la verdad sobre sus crímenes, olvidan que Uribe fue el impulsor de un remedo de justicia que permitió a los asesinos de cientos de campesinos pagar un máximo de 8 años por declarar una verdad que no reparó a sus víctimas y que, por el contrario, permitió que la impunidad fuera el centro de un debate que no termina.

Creo que las FARC deberían pedir perdón al país por sus crímenes atroces, pero creo que Uribe debería hacer lo propio. Repito, nadie se mete a una piscina y sale seco, y el paramilitarismo en Colombia tiene la firma bien clara del expresidente y hoy senador.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario

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