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Opinión

  • | 2015/06/01 09:37

    Cartagena se pudre

    Qué celebramos los cartageneros si tenemos la tercera ciudad del país con un índice de pobreza que alcanza casi el 40 % y un grado de miseria que se acerca al 6 %, y es la quinta con la mayor inequidad en la distribución de sus ingresos.

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No hay en este momento, en La Heroica, un solo candidato a la Alcaldía capaz de sacar la ciudad de su estado de postración. Y no lo hay porque en Cartagena de Indias, la urbe de don Pedro de Heredia, o el Corralito de Piedra, como lo llamó el maestro Daniel Lemaitre, la villa turística de calles estrechas y gente ‘bacana’, se pudre, literalmente, hasta la sal. Ni los que están, ni los que vienen, reza el adagio, porque el grito general parece ser el de Fuenteovejuna: todos a una. El mismo grito de batalla que hizo temblar los viejos cimientos de la ciudad antigua durante los asedios de Drake, Vernon o Morillo.

Desde hace varias décadas, Cartagena de Indias viene desplomándose a pedacitos, viene siendo consumida por una especie de cáncer en etapa terminal que se manifiesta en las políticas adoptadas por sus dirigentes y que afecta profundamente la vida del cartagenero común. No es una broma que Cartagena sea, según un informe del DANE de 2013, la tercera ciudad de Colombia con un índice de pobreza que alcanza casi el 40 % y un grado de miseria que se acerca al 6 %, y que el mismo informe la califique como la quinta con mayor inequidad en el país en la distribución de sus ingresos. No es una broma asegurar que en la histórica urbe de don Pedro Heredia se roban hasta un hueco. Basta darse una vuelta  por las futuras estaciones que harán parte del sistema masivo de transporte, Transcaribe, que lleva ya 12 años de retraso, para comprobar que muchas de estas han sido arrasadas por los vándalos: gran parte del techo y las puertas desaparecieron sin que nadie lo notara. Ni qué decir de los marcadores que dividen los carriles, arrancados literalmente del concreto. Más del 50 % de la malla vial está hecha un desastre, y cada vez que llueve profusamente el Corralito de Piedra se convierte en una Venecia, pero sin góndolas, y el olor de las aguas que emergen del alcantarillado se hace insoportable.

¿Qué celebramos entonces los cartageneros cuando la ciudad cumple años? El Concejo, esa tribuna que “representa los intereses del pueblo”, en realidad no representa nada más allá de los intereses personales de un grupo de señores cuyos debates más candentes se centran en la agitada decisión de si el cabildo adopta o no como política la lectura de la Biblia antes de cada sesión o el rezo de un Padre nuestro. La estampida de algunos de sus miembros, que han renunciado a su curul para aspirar a ocupar el primer empleo de la ciudad, es una muestra clara de esos intereses oscuros que buscan, maquillados de buenas intenciones y formulitas mágicas de papel, engañar a esa masa de votantes con bolsitas de cemento y chocoritos para la cocina, utilizando la vieja estrategia de los primeros españoles que engañaban hábilmente a nuestros nativos con espejitos al sol, la misma que utilizó para alcanzar en tres oportunidades el Palacio de la Aduana ese “gran patriota” llamado Nicolás Curi Vergara, que se enriqueció vendiendo las playas de la ciudad en asocio con la misma clase política corrupta que viene saqueándola desde hace 200 años y por cuyo atraco estuvo varios años preso.

¿Qué se puede esperar entonces de un abanico de candidatos descendientes de los mismos de siempre, o apoyados por estos detrás de bambalina? ¿Quién, por ejemplo, le cree al señor Andrés Betancourt, uno de los renunciantes a su curul en el Concejo, cuando asegura que ha trazado un “plan estratégico” que busca recaudar 20 billones de pesos para sacar adelante la ciudad? No dudo de que habrá quienes le crean. Invertir un poco más 800 millones de pesos para ganar la Alcaldía de la ciudad no es un acto de amor patrio ni de altruismo. Pero los cartageneros somos así: creemos todavía en pajaritos preñados mientras en las faldas del Cerro de la Popa aumentan las casitas de madera que luego derrumbarán los primeros aguaceros y crearán las emergencias invernales de siempre, y en los barrios periféricos los problemas de salud, educación e inseguridad se constituyen en los picos más altos de una enfermedad social que parece no tener cura.

En ese abanico de aspirantes sobresale también el nombre de Luz Estela Cáceres, la hija del expresidente del Senado de la República Javier Cáceres, el mismo que estuvo preso por parapolítica pero que todavía está en la mira de la justicia por las irregularidades en la Dirección Nacional de Estupefacientes, como nos lo recordaba una nota de El Espectador del 6 de octubre del 2014. No me imagino a la hija de este señor hablando del manejo transparente de la cosa pública, ni haciendo votos por acabar la corrupción que tiene a Cartagena en el abanico de las ciudades con el peor manejo de su presupuesto. Cuando se tiene rabo de paja, lo recomendable es no acercase a la candela. Pero no hay que olvidar que La Heroica es la urbe de la ‘bacanidad’, donde la gente “coge las cosas suave” porque “esa vaina de montársela a otro es fulero”.

Así como vamos, no debería extrañar que el próximo alcalde de Cartagena sea una cuota política, por ejemplo, del Clan de los García. Con todos los señalamientos, investigaciones y condenas por el apoyo sistemático al paramilitarismo, en las elecciones del 2014, este club de la rancia política costeña llevó al Congreso de la República a varios de sus parientes y cercanos. No me extrañaría, repito, que en los próximos comicios para alcalde, uno de los suyos resulte dueño y señor del Palacio de la Aduana. Ya lo han hecho en otras oportunidades. Y la historia, en este sentido, no miente: se repite porque la olvidamos.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario. 
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