Martes, 17 de enero de 2017

| 2015/08/18 11:04

Desde la otra orilla

Cartagena de Indias es una ciudad de contrastes, según The Washington Post, por un lado se parece a Miami pero por el otro a la África subsahariana.

Joaquín Robles Zabala. Foto: Archivo SEMANA.

En un país donde los niños se mueren de hambre y los dirigentes políticos han perjudicado más a los ciudadanos en 200 años de república que las guerrillas en 60 de plomo, una nota publicada por el prestigioso diario estadounidense The Washington Post, donde compara la periferia cartagenera y sus condiciones de vida con la África  subsahariana, ha pasado inadvertido para el grueso de los ciudadanos que la visitan y, por supuesto, para aquellos que la habitan. Mientras que un cuarto de hotel no baja de 500 dólares la noche y un plato en un restaurante “cinco estrellas” supera los 50, al otro lado de la ciudad, donde terminan los adoquines y el encanto de las murallas se pierde, un cinturón de miseria se levanta a orillas de la Ciénaga de la Virgen y a lo largo y ancho de la Zona Suroriental.

Para nuestros dirigentes, Cartagena de Indias es la tacita de plata de la costa norte colombiana, es la urbe de don Pedro de Heredia, la heroica ciudad cercada de pesadas piedras y el lugar turístico por excelencia del país. Lo que no se dice, y no aparece referenciado por ningún lado, es que en esta ciudad el 50% de sus habitantes vive en la pobreza y un 30% roza los niveles de miseria. Al otro lado, los niños no solo sufren de desnutrición, no solo sufren de enfermedades tropicales de fácil prevención si las autoridades, encargadas de hacer monitoreo, cumplieran con su deber, no sol0 no tienen escuelas con los estándares mínimos de calidad, sino que han sido permeados por las mafias del microtráfico y la prostitución.

Según el diario estadounidense, las razones de este abandono podrían estar relacionadas con el hecho de que los residentes de estos sectores son, mayoritariamente, “gente negra” que carga con la impronta de desplazados por esa violencia desatada por los grupos armados al margen de la ley y las Fuerzas Armadas del Estado. La gran mayoría vive en casitas de madera y cartón. No tiene trabajo y sus hijos, por lo tanto, no van a la escuela. Más de 55 mil familias han llegado a esta ciudad en los últimos diez años, pero para el gobierno, la pobreza en el país cayó de 51.5 % en el 2010 a 44% en 2013. Los homicidios han disminuido de 29.300 en 2011 a menos de 20.000 en 2013. Estas mismas estadísticas oficiales dicen que la economía del país ha crecido un promedio de 5.0 en los últimos seis años y la inversión extrajera ha aumentado en más de 40 billones, haciendo de la economía colombiana una de las más rentables del Cono Sur. El turismo en la Heroica se ha disparado igualmente, y pasamos de recibir 600 mil turistas en 2013 a más de un millón en el último.

Este crecimiento económico que publican nuestros medios de comunicación con bombos y platillos, parece no reflejarse en las condiciones de vida de los más pobres. Para empezar, una de las necesidades básicas como es el acceso al agua potable y al alcantarillado no se cumple ni en sus condiciones más mínimas, pues la gente sobrevive comprando tanquecitos de agua a dos mil y tres mil pesos diarios y las necesidades la hacen en los solares baldíos, al aire libre, lo que podría explicar porque los niños de esos sectores abandonados por la mano del Estado sufren, en su mayoría, de enfermedades gastrointestinales y problemas agudos de respiración.

Esto quizá explique también por qué enfermedades como el dengue y el chikunguña parecen invencibles. Por eso no se entiende que Cartagena sea vendida al exterior como “la octava maravilla del mundo”, reivindicada por las Naciones Unidas como Patrimonio Cultural de la Humanidad si lo único que verdaderamente reivindica la ciudad es el estado lamentable de pobreza de ese 80% de sus habitantes. A esto se le suma los altos niveles de corrupción que van en aumento y que se hacen mucho más evidente con la llegada de “la fiesta electoral” que se avecina y que ya tiene a los organismos de vigilancia y acompañamiento como el MOE en alerta roja. Tanto así que Cartagena, una ciudad con altos niveles de abstención, y cuya población electoral no supera las 200 mil inscripciones, ha duplicado en menos de tres meses esta cifra.

Para Orlando Higuera, vocero del MOE en Cartagena, este número es escandaloso pues la trashumancia, o el trasteo de votos,  ha tenido este años un aumento considerable y las denuncias al respecto se han disparado. No hay duda de que este aumento significativo en las inscripciones de cédulas, provenientes de municipios aledaños, está relacionada con la compra-venta de votos de las grandes casas políticas que han gobernado la ciudad en las últimas décadas. Estas irregularidades, según Higuera, están a su vez atadas a las elecciones de las Juntas Administradoras Locales, cuyo presupuesto es de 10 mil millones de pesos anuales, una cifra altísima que pone de manifiesto los intereses mezquinos de todos aquellos candidatos que buscan ganar, como sea, las elecciones tanto a la alcaldía de la ciudad como a la gobernación del departamento.

Aunque el MOE ha dicho que sus funciones para este año han ido más allá de la simple observación, pues busca educar, informar y capacitar a los ciudadanos para que voten bien, lo cierto es que no ha podido evitar que el número de inscritos haya duplicado el umbral de los 200 mil que tradicionalmente se presentan en las campañas para elección popular. A lo anterior se les han sumado otras denuncias que involucran a algunos políticos cuestionados que, a pesar de estar inhabilitado por la Procuraduría para aspirar a cargos públicos, o detrás de las rejas, son el alma de algunas campañas que buscan llegar a la alcaldía y a la gobernación de Bolívar.

El problema se hace mayor porque son estos mismos grupos, que han mantenido desde hace varias décadas a ese 80% de la población cartagenera en la miseria, buscan hoy con tramoyas y regalos comprar la conciencia de esa población sumida en la miseria y que ven en estos “tigres desalmados” de la política local, un día para satisfacer el hambre, aunque el resto del año la “vaina” sea “color de hormiga” y sigan comprando a 3 mil pesos el tanque de agua para beber y las necesidades las sigan haciendo detrás de los arbustos de los solares baldíos.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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