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Opinión

  • | 2015/06/15 01:57

    El vecindario en silencio

    La brújula moral del expresidente Samper parece estar tan torcida que no resultaría extraño que se perdiera, incluso, cada vez que va al baño, pero aun así el chavismo lo llevó a la Secretaría General de la Unasur.

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Ni Andrés Pastrana es un dechado de virtudes democráticas, ni Jorge Quiroga es el adalid de las libertades de su país. Ambos fueron pésimos presidentes. Ambos intentaron coartar con decretos las libertades de millones de personas. Y ambos pretenden ser  hoy los abanderados de sacar a la nación bolivariana de la crisis institucional y  la represión a la que la ha llevado su actual gobierno. Venezuela es, en este momento, un desastre por donde se le mire. Su economía crece como el lápiz, la justicia está politizada y los niveles de corrupción, según Transparencia Internacional, superaron desde hace rato a los de países como Colombia, Bolivia y Nicaragua. Solo parece competir en el hemisferio, en este aspecto, con naciones como Haití, Guatemala y Honduras. Ni hablemos, por supuesto, de la violencia callejera que cada fin de semana cobra la vida de 70 personas solo en Caracas.

Claro que si la economía de la nación bolivariana está reventada y su crecimiento anual no supera el 1%, el problema debería resolverlo el gobierno de turno con la ayuda de la empresa privada y el apoyo de todos los venezolanos. Pero sabemos que esto no va a ocurrir porque Maduro  y su séquito odia a los “pelucones”. El asunto es difícil ya que el precio del barril del petróleo, único producto que les genera divisas, está en su nivel más bajo y no hay por el momento, ni remotamente, un indicio que haga pensar que la situación va a cambiar.

El problema de Venezuela, al igual que el de otras naciones latinoamericanas, es, sin duda, la alta tasa de corrupción, ese animal siniestro que parece un volcán en erupción y cuya lava destruye todo lo que toca. No voy a decir aquí si los militares colombianos son más corruptos que los venezolanos. Si los funcionarios bolivarianos atracan más y frecuentemente que los del país del Sagrado Corazón. Si los narcotraficantes, que se mueven libremente entre ambas fronteras, incluyendo la guerrillera de las Farc, mantienen lazos estrechos con los políticos de aquí y los de allá. La corrupción, ya se ha dicho, no se puede medir solo en la desviación de los dineros públicos a cuenta bancarias privadas, sino también en acciones tan sutiles como mirar para otro lado ante un hecho punible.

Creo que el expresidente Pastrana no tiene ningún derecho de ir a instaurar orden en el país vecino si durante los cuatro años de su gobierno la mano de la censura intentó poner contra la pared a aquellos periodistas que no comulgaban con sus políticas e hizo que el Congreso aprobara un proyecto de  ley que luego la Corte Constitucional echó por  tierra y que, bajo el premisa de la seguridad de la Nación, atentaba contra la libertad de expresión y le permitía a la Fuerza Pública capturar a cualquier sospechoso de un delito sin la debida autorización de un juez. Pero, claro, el Andrés Pastrana de hoy, que posa ante las cámaras de los noticieros como defensor de la democracia, como un personaje impoluto, olvidó esto.

Sin embargo, estoy de acuerdo con él cuando asegura que los Derechos Humanos nada tienen que ver con fronteras territoriales ni posiciones políticas porque hacen parte de una normatividad universal firmada por todos los países cobijados bajo el ala de las Naciones Unidas. El asunto es que Pastrana no tiene la fuerza moral para defender en otra país lo que no defendió en el suyo cuando fue presidente. Esto no quiere decir que no tenga razón, pues lo que no tiene es la integridad moral. Es decir, no dio ejemplo con respecto a lo que hoy defiende, por lo tanto no puede exigirlo.

Pero esa doble moral del expresidente conservador se pone de manifiesto, igualmente, al otro lado de la frontera cuando el chavismo aceptó que un personaje con un pasado tan oscuro como el de Ernesto Samper Pizano ocupara la Secretaría General de la Unasur. Lo que es bueno para el perro lo es también para la perra, dicen los viejos. Y la brújula moral del expresidente Samper parece estar tan torcida que no resultaría extraño que se perdiera, incluso, cada vez que va al baño. El chavismo, por supuesto, odia todo aquello que contradiga o critique su actual situación. Eso lo ha llevado a ver enemigos por doquier y atacar sin restricción a los pocos medios de comunicación independientes que aún quedan en la cuna de Bolívar.

Guardar silencio ante aquello que les conviene y armar alharaca por situaciones intrascendentes como una caricatura publicada por un medio  de comunicación, no es una situación aislada ni la continuación del discurso incendiario y patriotero que enarboló el comandante Hugo Chávez en su programa “Alo, presidente” y en sus diarias intervenciones por radio y televisión, sino el resultado de una estrategia bien fundamentada del ninguneo político hacia sus detractores.

Cuando a mediados de febrero de este año la revista Semana hizo pública una caricatura de Vladdo que señalaba el deterioro y la crisis que sacude la institucionalidad del país bolivariano, el presidente venezolano dedicó todo un programa televisivo en atizar la hoguera del odio hacia los colombianos y sus “medios de comunicación”. Habló por enésima vez de un complot que busca asesinarlo y desestabilizar el orden público de su país. Habló del legendario eje del mal (Bogotá-Washington-Madrid) conformado por la “ultraderecha internacionales” que conspira para acabar la ‘Revolución Bolivariana’.

La doble moral, como dije, no es solo la de los “pelucones” de allá y de acá. En 1995 la misma revista Semana fue el primer medio de comunicación en divulgar el audio de una entretenida conversación del entonces presidente Ernesto Samper Pizano y Elizabeth Montoya de Sarria, la esposa de Jesús Amado Sarria Agredo, uno de los narcotraficantes más poderosos del Valle del Cauca después de los hermanos Rodríguez Orejuela. En dicha conversación “la Monita Retrechera”, como la bautizó Samper, le ofrecía un anillo de oro de 22 quilates, con tallados de esmeraldas, como un regalo para la entonces Primera Dama de la Nación. Fue una conversación amistosa, matizada por un tinte de confianza donde hablaban de cosas personales y cotidianas.

El hecho de que la Comisión de Acusaciones de la Cámara no haya encontrado mérito alguno para declararlo culpable de los delitos que se le imputaban al hoy Secretario General de la Unasur, no convierte al expresidente en inocente de uno de los escándalos más sonados en la historia de la política colombiana. Como el país sabe, el entonces Presidente de la República diría después, como todo un Judas Iscariote, que los 12 millones de dólares con los que el narcotráfico pavimentó su camino a la Casa de Nariño “entraron a sus espaldas”, dejando todo el problema en manos de Fernando Botero Zea, su jefe de campaña a la Presidencia. “Aquí estoy y aquí me quedo”, fue su grito de batalla en defensa de su imagen maltrecha.

Hace unos días, un canal institucional chavista transmitió un programa donde su presentador, un joven locuaz, armado con varios registros fotográficos borrosos, intentaba poner en evidencia la relación de Felipe González, durante su gobierno, con el narcotráfico y las mafias colombianas. Intentaba demostrar que González, uno de los jefes de Estado más carismáticos que ha tenido España en los últimos 30 años, y amigo personal de Nobel Gabriel García Márquez,  había recibido dineros de Pablo Escobar y había convertido la Península Ibérica en un puerto para el lavado de dólares y tráfico de cocaína.

No tengo ninguna prueba seria que me permita desvirtuar o aceptar lo dicho por el joven chavista locuaz en un programa que no tiene nada que enviarle al de la Negra Candela, pero me gustaría de verdad que montara el mismo espectáculo televisivo con el pasado de Ernesto Samper Pizano, la cuota de Maduro en Unasur, para ver cómo le queda.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario. 
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