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Opinión

  • | 2015/05/05 14:40

    Los empresarios de la guerra

    Para quienes han vivido la guerra a través del televisor, lo que se está negociando con las FARC en La Habana nada tiene que ver con ellos.

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Para quienes creen que una guerra es lo peor que le puede pasar a un país, se equivocan. Lo peor que le puede pasar a un país es tener una clase política convertida en un cadáver putrefacto. Y nada huele tan mal que un cuerpo en estado de descomposición. Una guerra es una masacre entre dos bandos, la degradación del hombre elevada a la enésima potencia. En términos retóricos es una larga cadena de actos de barbarie. Los que hoy la defienden es porque solo la han vivido a través de la televisión, o tienen un interés particular porque esta se prolongue indefinidamente.

La política colombiana, repito, es un cadáver insepulto. Y nada contamina más el medio ambiente que un cuerpo en ese estado. El dicho que reza “en río revuelto, ganancia de pescadores”, define en pocas palabras la manera de hacer política en Colombia. Y no hago referencia solo a Álvaro Uribe, que es un maestro en esta estrategia y máximo opositor de una paz negociada, sino también al procurador Ordóñez y a ese grupo de congresistas cuyos hijos nunca han ido al monte a echar plomo. Me refiero también a ese abanico de “ilustres” empresarios nacionales que, en 50 años de guerra, han acumulado fortunas incalculables pero son incapaces de reconocerles un salario decente a sus trabajadores. Por el contrario, luchan cada fin de año, a brazo partido, para que el aumento no vaya más allá del precio del pasaje del bus. El chiste de la campaña publicitaria “#SoyCapaz” que tuvo incluso canción, dejó al descubierto la tacañería de una clase social que le importa muy poco, o casi nada, el bienestar de ese 80 % de colombianos que no tiene donde morirse.

Siempre he creído que a la gente hay que juzgarla por lo que hace y no por lo que dice. Y es hasta entendible que un rico defienda los intereses de su clase. Pero resulta inconcebible que un pobre diablo apoye las políticas de una clase dominante que lucha por no ceder un milímetro de su poder excluyente. Particularmente, me resulta contraproducente pensar que haya alguien que gana el salario mínimo y se defina como uribista, ni me cabe en la cabeza que un homosexual se considere, políticamente hablando, conservador. Ahora bien, es entendible también que el padre de un soldado profesional que murió en combate, o en una emboscada tendida por los guerrilleros que perseguía, sienta un profundo dolor. Es entendible que sienta un poco de rabia contra el presidente Santos por estar sentado a la mesa con los mismos tipos que mataron a su hijo. Lo que no es entendible es que ese padre, cuyo hijo se hizo soldado profesional porque no le dieron la oportunidad de ganarse la vida de otra manera, invite al sepelio del hijo muerto, precisamente, al hombre que contribuyó, con sus políticas retardatarias y vengativas a que su descendiente no haya sido un profesional universitario sino un soldado profesional.

Pescar en río revuelto es una política de los políticos y del empresariado nacional. No olvidemos que el expresidente Uribe creó la Seguridad Democrática para proteger a los empresarios (entre estos a los ganaderos) de que fueran secuestrados por las guerrillas. Por eso, no debería sorprender a nadie que muchos de estos les deban su eterna gratitud al hoy senador, agradecimiento que se manifiesta en un apoyo solapado, pero apoyo al fin y al cabo, en las críticas al proceso de negociación con las FARC.

Quienes han vivido la guerra solo a través del aparato de televisión, lo que se está negociando con el grupo insurgente en La Habana nada tiene que ver con ellos. Para el empresariado colombiano, por el contrario, lo que está en juego son los millones de dólares que han acumulado a lo largo de estos casi sesenta años de plomo. Como dije, a estos les importa muy poco el bienestar de la gente, consideran que pagando los impuestos que por obligación deben pagar, lo demás debe hacerlo el Estado colombiano. Es decir, consideran que sus obligaciones para con el país no van más allá de pagar lo que el Estado les exige. No olvidemos que el expresidente Uribe es, ha sido y será parte de ese gremio. Sus numerosas inversiones en distintos negocios de gran rentabilidad, así lo demuestran. Lo que se puede deducir entonces, a partir de esto, es que, en la eventualidad de que se firme con las FARC la dejación de armas y la integración a la vida social y política del país, los dueños de las grandes empresas, entre los que se encuentra el senador Uribe y sus descendientes, tendrán que aportar numerosos recursos, un poco más de los que ya aportan, para la sostenibilidad de ese megaproyecto que es la paz de todos los colombianos. Seguramente les tocará, si la ley lo permite, incorporar a su planta de trabajadores miembros provenientes de las filas de esa guerrilla que tanto daño les hizo.

Particularmente, dudo mucho de que los creadores de ese proyecto publicitario “#SoyCapaz”, que tanta lata dio en la televisión pero que no llegó a ningún lado, sean en realidad capaces de aceptar en sus empresas un puñado de excombatientes de las FARC o el ELN. Dudo mucho que todos acepten esa posibilidad por unanimidad. Pero como dijo alguien: “En la viña del Señor hay de todo”. Y, necesariamente, para alcanzar el cielo hay que pasar primero por el infierno. Y toda guerra lo es.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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