Sábado, 21 de enero de 2017

| 2015/09/07 12:28

¿Nacionalismo o xenofobia?

Enarbolar las banderas del patriotismo, de los sentimientos nacionales, es siempre una forma baja y rastrera pero eficaz de hacer política.

Joaquín Robles Zabala.

Sigo creyendo que Álvaro Uribe Vélez es de lo peorcito que le ha pasado a este país. Mi posición al respecto es la misma. Las injusticias no sólo se manifiestan en el atraco constante a las arcas públicas, se dan también cuando volvemos la cara para otro lado ante un hecho punible. El presidente venezolano tiene derecho a echar de su país al que considere ilegal, pero olvida, o quizá no sabe, que la persecución sistemática por razones de nacionalidad o raza es un delito internacional consignado en la firma del Tratado de Roma que dio origen a la CPI. La fiebre no se busca en las sábanas.

Exacerbar el nacionalismo y la xenofobia no sólo es una práctica de gobernantes bananeros, y aquí no importa si son de derecha, izquierda o centro, sino también una manifestación ciudadana que alimenta sin contemplaciones ese monstruo enorme de mil cabezas como son el odio, el rechazo y la hostilidad hacia los que vienen de afuera.

La xenofobia, el racismo y el nacionalismo tienen en común el sentimiento de identidad colectivo que se pone de manifiesto en el rechazo. Según José María Perceval, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, “las fronteras de la polis, de la sociedad urbana, se encontraban en el bosque, donde habitaba el dios Pan, que dio origen al término pánico, que expresa esos temores de la urbe al caos de la incivilidad y de la naturaleza libre”. El temor a todo aquello que viene de afuera se produce con la llegada de la modernidad y de la centralización de los Estados. El extranjero empieza entonces a ser mirado como un bicho raro del cual se desconoce todo, pues lo que está por fuera del centro, de los límites que estructuran el espacio urbano, es precisamente el bosque, y el bosque, como sabemos, es el lugar donde habitan las fieras salvajes y buscan refugio las distintas formas de la ilegalidad.

La modernidad fue un proyecto emancipador que trajo consigo la libertad de hacer lo que se quiera en el momento que se deseara. Es en este punto donde el viaje como desplazamiento rompe con el mito romántico del viaje exploratorio. Estados Unidos es un país cuya población mayoritaria es el resultado de las olas migratorias que se dieron a lo largo de los siglos XVIII y XIX. En la Argentina decimonónica la migración fue una política del Estado que buscaba repoblar extensas zonas del territorio alejadas de los centros urbanos. Mempo Giardinelli recrea, en su novela Santo oficio de la memoria, la historia de la familia Domeniconelle en ese tránsito de Italia a América y su asentamiento en territorio argentino a principios del siglo XX.

En este sentido, el viaje era una vuelta sin retorno, un nuevo comienzo, o, si se quiere, una huida hacia lo desconocido. Es un viaje impulsado por la necesidad, por la búsqueda de un nuevo horizonte o un mejor bienestar. Los indocumentados que atraviesan la larga frontera mexicana hacia Estados Unidos lo hacen pensando en la fábula del sueño americano; los connacionales que atraviesan la frontera colombo-venezolana lo hacen por razones similares, aunque un buen número de casos esté relacionado con la violencia interna ejercida tanto por el paramilitarismo como por la guerrilla.

Todo viaje está enmarcado, como los mitos, en un relato. El joven médico Anderson Rozo, que ejerce su labor en Cúcuta, en ese espacio fronterizo con el vecino país los relatos que ha oído de boca de sus pacientes deportados le podrían alcanzar para escribir un libro. Dice que las expulsiones de colombianos desde Venezuela no empezaron hace un mes con el cierre de la frontera. Recuerda que diariamente estas alcanzaban un promedio de 40 indocumentados, pero que desde agosto, por supuesto, han aumentado considerablemente, pues pasaron de 40 a un poco más de 120.

El nacionalismo se puede arropar bajo un manto étnico o político. Pero sin importar la etiqueta, el fin sigue siendo el mismo: exacerbar los sentimientos patrióticos. El nacionalista estatal, según Baudrillard, dio origen al fascismo y, por consiguiente, al nacional socialista. Estas posiciones políticas tuvieron como asentamiento la idea de progreso, lo nuevo sobre lo viejo. Es decir, instauración de un nuevo régimen y la destrucción total de la burguesía. El nacionalismo va, en muchos casos, tomado de la mano del racismo y la xenofobia, como ocurrió en la Alemania nazi, o de la política, como viene ocurriendo en algunos países de América Latina. Su fin último es la unificación del pensamiento y la creación de un nuevo sistema político, nunca la igualdad social en su sentido real, sino la adaptación ideológica del individuo.

En este sentido, el expresidente y hoy senador, Álvaro Uribe Vélez, fue un maestro. Pero para ser sincero, habría que decir que el expresidente venezolano Hugo Chávez también lo fue. Y Maduro no se queda atrás. Enarbolar las banderas del patriotismo, de los sentimientos nacionales, es siempre una forma baja y rastrera pero eficaz de hacer política. Cuando el nacionalismo toca la parte más sensible de los sentimientos de una nación, el altruismo cierra las puertas y la guerra nos muestra los dientes.

Así lo describe una señora que llegó esta semana a Cúcuta después de casi 15 años de residencia en Caracas: “En los últimos meses, cada vez que iba al supermercado a comprar comida y veían que era colombiana, me dejaban de última. Lo mismo pasaba cuando pedía una cita médica”. Primero los de aquí y después los otros, le decía el bravucón que custodiaba la entrada.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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