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Opinión

  • | 2015/03/30 16:36

    Pensar con la izquierda y gobernar con la derecha

    El triunfo de las políticas de un gobierno no requiere explicaciones, pero no pasa lo mismo cuando estas fracasan.

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Seamos sinceros. A los ciudadanos de a pie, que son la mayoría, les importa un pito si el gobierno que los dirige es de derecha, izquierda, ultraderecha o izquierda recalcitrante. Los sustantivos y adjetivos en este sentido les van y les viene. Ecuador era, hasta la llegada de Rafael Correa, un desastre económico: protestas ante las continuas malas administraciones, un desempleo galopante y la salud en cuidados intensivos. Ni hablar, por supuesto, del estado de la infraestructura vial, la educación y la atención a menores y ancianos.

Correa no es  un dechado de virtudes. No es un demócrata intachable. Pero, al menos, puso orden en la casa. Y ese pequeño país suramericano es hoy un ejemplo a seguir sin importar que la llamada “ley mordaza” tenga contra la pared a los empresarios de la comunicación y satanice la libertad de opinión. A los ecuatorianos, por lo general, este último hecho les parece irrelevante, pero no así la idea de modificar la Constitución Política para que el presidente sea reelegido indefinidamente. Sin embargo, esto no ha evitado que la economía de Ecuador sea reseñada en destacados portales digitales, revistas y periódicos económicos como el milagro latinoamericano. La revista Dinero de Colombia le dedicó su artículo principal en febrero de 2013, y The Economist no se quedó atrás a pesar de su mala leche de registrar con precaución los avances significativos de los gobiernos de izquierda.

Recordemos que hasta la llegada de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia de Brasil, el gigante suramericano contaba con más de 80 millones de personas pobres. Durante la administración del exsindicalista, esta tasa se contrajo significativamente y permitió su reelección. A pesar de ser un hombre de izquierda, Lula da Silva no manejó a Brasil pensando en convertirlo en un Estado socialista, ni aprovechó su inmensa popularidad para cambiar las reglas de juego de la democracia, ni puso a sus contradictores políticos presos ni amordazó a la prensa. Para muchos comentaristas, Lula da Silva era un socialista que manejaba la economía como todo un capitalista, una estrategia que le ha funcionado muy bien a ese otro gigante que es China. Por eso le dio un espaldarazo a  la empresa privada e impulsó la presencia del capital extranjero en su país. No pensó, ni remotamente, poner en práctica la expropiación de empresas o hacerle la guerra de los micrófonos a esa potencia global como lo son los Estados Unidos de América. Esta manera inteligente de gobernar metió a Brasil entre los 11 países con la economía más rentables del planeta y convirtió a su presidente en un verdadero estratega de la política y la economía mundial. Lo mismo podríamos decir del Uruguay de José Mujica y del Chile de Michelle Bachelet Jeria, dos modelos incuestionables de lo que debería ser la democracia en este trozo del continente.

Por eso creo que lo que está pasando en la República de Venezuela nada tiene que ver con complots de una ultraderecha internacional que quiere acabar con la llamada Revolución Bolivariana, ni con la oposición —necesaria, por cierto— que deben tener todos los gobiernos democráticos del planeta, ni con los exiliados venezolanos en Miami, ni con Juan José Rendón Delgado, ni con el inverosímil eje del mal Bogotá-Madrid-Washington del que hace constantemente referencia el presidente Nicolás Maduro en cada una de sus largas cadenas de radio y televisión, ni con el expresidente Felipe González, ni con María Corina Machado, ni con Leopoldo López, ni con Daniel Ceballos, pero sí mucho con una pésima administración de los abundantes recursos económico del vecino país en los últimos 15 años.

Cuando se triunfa, por lo general, no hay que dar explicaciones. Pero no pasa lo mismo cuando se adviene el fracaso. El éxito, en muchas ocasiones, nada tiene que ver con el éxito en sí mismo, pero sí mucho con el camino recorrido. Y no hay que olvidar que la República Bolivariana de Venezuela ha recorrido en los últimos años el camino de la confrontación, de una polarización interna que hoy empieza a pasarles factura a unos dirigentes que no supieron aprovechar ese pico económico que hubiera convertido a ese país en la tacita de oro del Cono Sur. Invertir 14 mil millones de dólares a lo largo de 15 años de Revolución en la compra de tanque, aviones, fusiles y un escodo antimisiles ha ayudado en nada al desarrollo de Venezuela, pero sí contribuyó a crear  entre los Estados vecinos esa suspicacia armamentista de una nación sin enemigos visibles que se preparaba para una guerra convencional.

En septiembre de 2009, poco después de la reunión de mandatarios de la Unasur en Bariloche, Argentina, el entonces presidente Hugo Chávez inició una gira internacional que empezó en Libia, pasó por Argelia, Siria, Irán, Bielorrusia y terminó en España con un abrazo de reconciliación del rey Juan Carlos por aquello del “por qué no te callas”. Ese mismo día el teniente coronel anunciaba, feliz, un convenio militar con  Rusia por 2.200 millones de dólares consistentes en la compra de cohetes anticarro, fusiles de asalto y una nueva línea de tanques, todo porque, según sus informantes, desde territorio colombiano se estaba preparando contra Venezuela un ataque militar que iniciaría en las siete bases que el presidente Uribe le había cedido supuestamente al gobierno estadounidense.

“Con ese dinero se habría podido aliviar el hambre de varios millones de pobres venezolanos”, exclamó el entonces presidente peruano Alan García.

Hoy, sin embargo, para el gobierno, la culpa de la debacle que vive el país es producto de una guerra sucia de la oposición con la ultraderecha internacional que busca acabar con la Revolución que empezó el comandante supremo y no el resultado de 15 años de políticas económicas desacertadas que han puesto a la República Bolivariana al borde del abismo y sin posibilidad de pagar sus deudas futuras. “Siempre habrá alguien en quien depositar las culpas para estar en calma”, escribió Margarita Vélez Verbel en un hermoso poema de su libro “Los ángeles solo bajan una vez”. Y Maduro quiere hacerle creer al mundo que el agua sucia que corre bajo el puente de su gobierno nada tiene que ver con el chavismo, pero sí con las tramoyas del publicista J.J. Rendón, Washington, la oposición de su país y ahora del exmandatario español Felipe González, quien anunció que defendería a los presos políticos de Ramo Verde.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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