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Opinión

  • | 2015/06/09 09:41

    Sobre periodistas pirómanos y relacionistas públicos

    Desgraciadamente en Colombia sí hay periodistas pirómanos, al servicio del mejor postor. Y están los que solo cumplen funciones de relacionista público.

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Habría que recordarle a don Julito Sánchez Cristo que los periodistas no son bomberos, por lo tanto no usan mangueras. Habría que recordarle también que en este país sí hay profesionales de la comunicación que cumplen funciones de pirómanos, al servicio del mejor postor, incluyendo aquellos que reciben millonarios contratos publicitarios que los convierten, necesariamente, en ventrílocuos de las grandes empresas o del gobernante de turno. Los bomberos tienen como función apagar incendios; el periodista tiene la obligación de publicar aquello que, algún poderoso, no quiere que se conozca, como definió George Orwell el ejercicio periodístico. Decir que el periodismo es la relación estrecha entre la verdad y el derecho a la información suena muy bien en el aula, en una clase sobre fuentes. Pero la realidad del asunto va más allá de una teoría que pierde gran parte de su valor cuando se pone en práctica.

Que el periodismo debe ser equilibrado es solo una parte de ese todo que muy pocas veces se cumple. Y las razones van desde lo estrictamente ideológico, pasando por las políticas editoriales del medio para el cual se trabaja, hasta llegar a los intereses particulares de las grandes empresas de información. Cuando se habla de equilibrio de los hechos que se narran, sin duda se pierden de vista muchas aristas que conformaban esa enorme pirámide que Albert Camus llamó el oficio más hermoso del mundo y que nuestro Nobel Gabriel García Márquez replicó muchos años después.

El periodismo planteado por George Orwell, que puso en práctica durante muchas décadas The Washington post y The New York Times, como una muestra de que tarde o temprano la verdad triunfa sobre las sombras perversas de los intereses mezquinos, que tuvo el poder ético de sacar a Richard Nixon de la Casa Blanca, no existe en Colombia. Esa manera de decir aquello que alguien con mucho poder no quiere que los otros sepan, tuvo una vida corta como la belleza de una flor. No vamos a discutir aquí que las empresas de comunicación tienen su mayor fuente de ingresos en las pautas publicitarias. Quien diga que un periódico, por ejemplo, se sostiene con las ventas de los ejemplares de una edición es, sencillamente, un mentiroso. Y no vamos a discutir tampoco que la mayor carga de publicidad que reciben los medios es producto de los lazos y acuerdos políticos que, por debajo de la mesa, o por encima de esta, tocan los nervios más sensibles de la máquina de hacer noticias: el dinero que aceita la imprenta. De ahí que el departamento de publicidad adquiere una relevancia mayor, incluso, que la sala de redacción, y que el gerente tenga el poder de decidir qué se publica y que no, sin importar lo que piense el director o el jefe de redacción.

Cuando los representantes legales de una empresa de comunicación le aportan una cuantiosa suma de dinero a la campaña de un candidato que aspira a ocupar la Casa de Nariño, el Palacio de Liévano o el Congreso de la República, no está realizando un acto de altruismo ni una defensa abierta de la democracia. Lo que está haciendo, en realidad, es trazando la línea de sus intereses políticos, a largo o corto plazo, e invirtiendo en la economía de su empresa. En otras palabras, buscando asegurar presidente, alcalde o senador propios que garanticen, entre otras, jugosas pautas publicitarias.

En este sentido, replicando la afirmación de Jorge Gómez Pinilla en su columna del 2 de junio en El Espectador, lo que se hace es insertar “la bitácora política propia”, que, sin temor a equivocación, es la extensión de esas relaciones públicas de las que hace referencia Orwell. Es la diplomacia del silencio, que tanto daño le ha hecho al periodismo. Es ese tambor replicante que hace eco a la voz del mafioso. El periodismo debe ser un puñado de sal en la herida, una piedra en el zapato de un político corrupto que cruzó impunemente la línea de la legalidad, una patada de mula al trasero de presidentes como Nixon y Uribe que utilizaron su poder y el de las instituciones a su alcance para intervenir teléfonos y perseguir opositores y, por supuesto, comprar periodistas.

Cuando Orwell afirma que el “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques”, porque “todo lo demás son relaciones públicas”, está utilizando el poder de la información para poner en evidencia el rostro oculto detrás de la máscara de la impunidad. Nos está diciendo que el periodista debe evidenciar el lado más oscuro del hecho, aquel que nadie, ni remotamente, se imagina. Cuando Bob Woodward y Carl Bernstein destaparon la olla podrida del Watergate, que sacó a Nixon de la Casa Blanca, ningún estadounidense imaginó, ni por un minuto, que su presidente, el hombre que eligieron para que gobernara por cuatro años los destinos de la nación más poderosa del planeta,  estaba metido hasta el cuello en una poza séptica y había traspasado los límite de la normatividad jurídica.

Ningún periodista, por muy estrella de rock que sea, por muy reconocida que sea su imagen entre los espectadores u oyentes, por muchos años de experiencia que tenga en el medio, por mucho que su hoja de vida esté cargada de reconocimientos, no se gana el derecho de  “decir y expresar lo que quiera”, al menos, claro está, que lo exprese en su casa y no durante una emisión de un evento televisivo. O, en última, que el formato del programa que presenta sea ese: decir babosadas para causar reacciones entre los que están del otro lado de la pantalla.

La credibilidad de un periodista es sin duda su mejor y única arma, es lo que crea un lazo de confianza entre sus espectadores y la información que les transmite. Cuando 1993 un avión de la desaparecida línea aérea Sam se estrelló contra el Cerro del Burro en Antioquia, donde perdieron la vida los 132 ocupantes del fatídico vuelo, Juan Gossaín, director de Noticias de RCN Radio, afirmó en directo que se habían encontrado sobrevivientes. Lo que hizo Gossaín fue encender una luz de esperanza entre los familiares de aquellos que viajaban en ese avión, pero la luz se apagó poco después cuando se confirmó la verdad: en un radio de un poco más de un kilómetro cuadrado no se encontró ningún pasajero o tripulante con vida. Juan Gossaín lloró ese día delante de los micrófonos, y creo que lo hizo no tanto por su equivocación sino porque había perdido la confianza entre su numerosa audiencia, la misma que había ganado a lo largo de su vida como reportero diciendo la verdad sobre los hechos que cada mañana les contaba a los colombianos.

Cuando un periodista pierde credibilidad ante sus oyentes, televidentes o lectores, es como el ángel caído de la historia que pierde la gracia de Dios. Recuperarla requerirá, sin duda, de esfuerzos ingentes. Lo mismo pasa cuando un periodista se casa con las tesis de un grupo político: se convierte solo en un relacionista público, en una voz replicante de una bitácora al servicio de intereses particulares y mezquinos. Hay que ver en qué parte de esta historia está ubicada la nueva directora de Noticias RCN.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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