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Opinión

  • | 2015/01/07 12:30

    Una historia sin fin

    La discriminación que sufrió Sergio Urrego se repite en el país con más frecuencia de lo que publican los medios.

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Sobre la ventana de una pizzería del barrio Almagro en Buenos Aires, Argentina, el sol empieza a caer. Dos chicas entran y se sientan en la barra del establecimiento. Piden algo de beber. Se dicen cosas. Se ríen de sus propios chistes. Luego una extiende su mano y acaricia el rostro de su acompañante. Esta acerca sus labios y los une ligeramente a los de su amiga. Una señora que está sentada al otro lado de la barra se enfurece. Se dirige al mesero. Arma su algarabía. Habla de abominación y pecado. El chico no sabe qué hacer. Llama a su jefe inmediato. Un murmullo invade el salón. Todas las miradas están sobre las muchachas. De repente, toman conciencia de que algo extraordinario va a pasar. El jefe del mesero se acerca y les pide que se vayan. “Este es un lugar familiar”, les recuerda el hombre, con la frente fruncida. Las chicas son lesbianas y solo querían celebrar el aniversario de su noviazgo comiendo pizza.

Tres meses antes, el 4 agosto de 2014, a casi 5 mil kilómetro de allí, un chico sale de su casa y se dirige a un centro comercial al noroccidente de la capital colombiana. Se sienta en una mesa, pide una bebida gaseosa, saca su celular y envía varios mensajes de despedida. Sube a la terraza. Un mechón de cabello le cubre el rostro cuando inclina la cabeza. Da un paso al vacío y su cuerpo se estrella contra el pavimento frío. Los paramédicos que acuden en su ayuda sienten aún su pulso. Lo llevan de urgencia a una clínica cercana pero el chico muere tres horas más tarde. Días después, las razones de ese acto extraordinario, que algunos calificaron de valiente y digno, se vuelven noticia nacional: el acoso de sus profesores del Gimnasio Castillo Campestre por su condicional sexual. El hecho es registrado por casi todos los medios de comunicación del país y se vuelve viral en las redes sociales. Una señora que no conozco pero que suele frecuentar el restaurante donde suelo almorzar cuando no tengo tiempo de llegar a casa, compartió ese día la mesa conmigo. Dos metros nos separaban de un enorme televisor colgado en la pared. Vemos callados la información del suicidio del chico con el que abre la edición de Noticias Caracol. Luego la escucho lamentarse del hecho. Pero casi enseguida reflexiona y acota: “Dios me perdone, pero prefiero una hija puta que a un hijo marica”.

La frase no era nueva. Se la había escuchado repetidas veces a una señora que administraba un negocio de chicas en Cartagena. Se la había escuchado también a una vecina que tenía un hijo gay, el cual quiso “curar” a fuerza de golpes. Una mujer, que se definió como católica y respetuosa de las leyes divinas, se la acaba de soltar a quemarropa a una pareja de chicos que se besó en  la barra de un restaurante de cadena en Madrid, España.

En una estación de Transmilenio, en Suba, unas chicas que se besaron mientras esperaban el articulado estuvieron a punto de ser linchadas por una multitud que se sintió ofendida por esa acción. Hubo agresiones verbales. Gritos. Tuvo que intervenir la Policía para evitar que el asunto no terminara en tragedia.

Hace poco, a raíz de la publicación en este mismo espacio de mi artículo “Curar la mariquera”, recibí en mi correo una nota de una joven cuyo nombre omitiré. Era lesbiana. Había cumplido 16 años, los mismos de Sergio Urrego cuando tomó esa decisión desesperada de quitarse la vida. Me agradecía por haber escrito sobre el tema, por haber encontrado en ese texto una luz de comprensión. Me confesó que su padre no compartía su condición sexual y su madre siempre estaba molesta por el asunto. La única que la trataba en casa como a “una persona normal” era su tía.

“Sé que me falta mucho por aprender. Pero no entiendo cómo la gente protesta y arma escándalos por la condición sexual de una persona pero les parece normal que miles de niños vendan dulces en los buses, semáforos y calles de nuestras ciudades. Les parece normal que millones de niños no vayan al colegio pero ponen el grito en el cielo cuando una mujer se acuesta con otra mujer”.

Una señora que conozco de toda la vida, ante los rumores que circulaban en el barrio de que su hija era prostituta, se levantó un día con el apellido revuelto, agarró un megáfono y recorrió las calles perifoneando: “Prefiero una hija puta que a un hijo marica. Pero prefiero más a un marica que a un ladrón”.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.

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