10 noviembre 2012

Enviar a un amigo

Email destino:

Nombre remitente:

Email remitente:

Jonás y la Ballena

Por Antonio CaballeroVer más artículos de este autor

OPINIÓNA fin de cuentas, para el mundo en su conjunto, la victoria de Obama es solamente un mal menor: como en el cuento del dinosaurio, el leviatán sigue ahí.

Jonás y la Ballena.

Por un pelo no ganó el ultrarreaccionario Mitt Romney las elecciones presidenciales norteamericanas. Qué alivio. Pero subsiste un problema: el aparato imperial de los Estados Unidos.

Los negacionistas, los que niegan que tenga comportamiento de imperio un país que tiene cerca de 1.000 bases
militares en un centenar de países del mundo, cuyo presupuesto bélico supera a los de todos los demás sumados y que, dejando a un lado las tempranas adquisiciones de las Filipinas, Puerto Rico y medio México, la piratería en América Central y la participación en dos guerras europeas, ha lanzado en el último medio siglo media docena de guerras de invasión -Corea, Vietnam, Camboya, Somalia, las dos del Golfo, Afganistán…para no hablar del desembarco en Santo Domingo, del bombardeo de Panamá ni de la heroica conquista de la islita de Grenada en el Caribe-, los negacionistas, digo, dirán que esto de que el problema subsiste es una exageración paranoica. Tienen ojos, y no quieren ver.

Bueno, pero aún así, qué alivio. No ganó Romney, en cuyas rudas manos la economía de los Estados Unidos, y con ella la del mundo, se hubiera hundido todavía más en la recesión a que la llevó George W. Bush; en cuyas manos incendiarias se hubieran agravado todos los conflictos del planeta; en cuyas manos insensibles nada se hubiera hecho para intentar combatir el calentamiento global. Eso es un alivio, sin duda. Pero ganó Barack Obama. Y digo pero porque, aunque eso sea un alivio, lo es solamente por contraste. Porque a diferencia del insensato Romney, Obama es un moderado. Pero de todos modos su moderación se inscribe dentro de la lógica imperial del monstruoso Leviatán a cuya cabeza lo han vuelto a poner la mitad más uno de los electores norteamericanos. O no, no a la cabeza: en sus fauces, como estuvo el profeta Jonás en el vientre de la ballena: orando porque lo lleve a tierra firme.

Obama es un imperialista moderado. No propone, como Romney, bombardear Irán, pero tampoco lo descarta si es necesario para impedirle desarrollar una industria de armamento nuclear, como lo han hecho ya otros diez países. Ha venido retirando poco a poco sus tropas de ocupación del destruido Irak, pero sigue guerreando en Afganistán y participó con entusiasmo en la intervención militar en Libia, aunque modestamente -por su reconocida moderación- le dejara la iniciativa a la Otan. Y ha multiplicado el uso de los drones no tripulados para matar gente a mansalva en Afganistán, en Irán, en Yemen, en Palestina: acciones que si no vinieran de él serían calificadas como "terroristas" por la llamada comunidad internacional (nombre cariñoso que recibe Hillary Clinton); pero que por ser obra de sus manos se titulan "antiterroristas". Y aunque ha anunciado que no le dará al "complejo militar-industrial" del Pentágono y las empresas de armamento los trillones de dólares que no piden, como se los hubiera dado Romney, sí les dará los que pidan. En cuanto a la otra guerra, la de las drogas, la diferencia con Romney es muy poca: Obama las ha probado, pero no está dispuesto a permitir que con su legalización se marchite el pujante negocio redondo de los bancos norteamericanos lavadores de activos de las mafias (que no salen en la foto).

No voy a hablar aquí de la política interior norteamericana, en la cual el presidente tiene mucha menos injerencia que en la exterior. Es lo único que queda de los checks and balances, los frenos y contrapesos, heredados de los Padres Fundadores de la democracia norteamericana.

Así que en fin de cuentas, para el mundo en su conjunto, la victoria de Obama es solamente un mal menor: como en el cuento del dinosaurio, el Leviatán todavía sigue ahí. Pero también es un mal menor, en fin de cuentas, el imperio norteamericano. No es que no exista, como pretenden los ciegos negacionistas, sino que serían peores otros. Lo que fue el soviético en su zona de influencia, o el Reich alemán mientras duró, o el japonés, o el chino. O lo que podría ser un improbable, pero horrible, pesadillesco imperio colombiano.

De modo que lo dicho: qué alivio. Jonás, por lo menos, tiene cara de buena persona.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Otras columnas de este autor

Horóscopo
Semana en Facebook
Publicidad