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Opinión

  • | 2015/09/16 15:58

    Periodismo salvaje

    Con el asesinato de Flor Alba no solo se acabó con una reportera inquieta y honesta, también quedaron sobre el andén las miserias del periodismo colombiano.

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El viernes 11 de septiembre, doña Oliva, matrona humilde, de campo, pensaba que lo peor ya había sucedido. Llevaba 24 horas llorando y buscando razones que le explicaran el motivo para que un sicario disparara a su hija Flor Alba, a ‘su negrita’. Oliva permanecía sentada en una improvisada sala de velorio, en una vereda a las afueras de Pitalito Versalles, mientras familiares, vecinos y periodistas amigos de Flor se acercaban para darle un abrazo, pero nada lograba consolarla. Al medio día, ya sin fuerzas, decidió retirarse a su casa.

Momentos después regresó envuelta en llanto, desorientada, algo terrible le sucedía nuevamente. Había visto en televisión nacional lo que nunca hubiese querido, el video donde queda registrado el momento en el que asesinan a su hija. En un instante un asesino dispara y su hija sin vida se desploma. En medio de gritos, ella y otros familiares, suplicaban que Noticias Caracol no volviera a reproducir ese video. No sucedió, en la emisión de la noche, nuevamente lo hicieron y de manera repetitiva. En cuestión de pocas horas el video que logró filtrarse de la Policía o de la Fiscalía de Pitalito, municipio del sur del Huila, circulaba por la mayoría de medios.

En la fracción de segundo que tarda en activarse un gatillo Pitalito perdió a su reportera estrella, al mismo tiempo el periodismo colombiano terminó mostrando su estado más salvaje, dejando al desnudo cuatro problemas estructurales:

La periodista número 144

Flor no dejaba de sorprender gratamente a sus colegas, permanecía igual de inquieta y honesta que cuando empezó. Había aprendido a distanciarse de los políticos para mantener la independencia al tiempo que continuaba con el mismo interés por denunciar los asuntos que sacudían a su ciudad, bien fuera delincuencia común o los pecados de los candidatos durante la campaña electoral. A pesar de las advertencias de sus compañeros, quienes le decían que eso era mejor no hacerlo, que para que se iba a meter en problemas, ella no desistió.

En pocos años se convirtió en un referente para medios locales, regionales y nacionales quienes le consultaban para saber qué estaba pasando en el sur del país. Siempre se mostró distante de quienes quisieron comprar su aprobación y no dejó de publicar información a pesar de las presiones que venía recibiendo en los últimos meses. Estos antecedentes y sus denuncias periodísticas están siendo tenidos en cuenta por las autoridades como posibles móviles del asesinato.

A los periodistas de las pequeñas ciudades los siguen matando por decir lo que pasa en su vecindario. Flor Alba amplía la trágica cifra a 144 los periodistas asesinados por razones de oficio desde 1977. Ella fue la octava mujer.

El mejor oficio del mundo y el peor pagado

Flor Alba tampoco se desanimó al conocer las reglas del periodismo regional, esas que dicen que un reportero debe tener varios empleos si quiere llegar a fin de mes con algo en el bolsillo. Que no tendrá un contrato laboral ni mucho menos un seguro de vida. Y que el grueso de su sueldo le llegará si es buena vendedora, porque tendrá que trabajar bajo la modalidad de cupos publicitarios. Esto quiere decir que a ella, su jefe le asigna una cantidad de minutos al aire para que los ofrezca para publicidad. En medio de esas condiciones perversas ella vendía publicidad sin que esto supusiera empeñar su integridad.

Esa es la realidad del mal llamado ‘periodismo regional’, que debería llamarse periodismo colombiano porque bajo esas condiciones se trabaja en la mayoría del país. Por citar un solo ejemplo, en el departamento de Putumayo, ninguno de los casi 30 periodistas recibe salario, ni siquiera un fijo de 200.000 o 300.000 pesos, como sucede en otros lugares; si quieren recibir su sueldo deben vender publicidad.

Políticos en busca de periodistas de bolsillo

El asesinato de Flor Alba se cometió faltando seis semanas para las elecciones locales, y sucedió en medio de una agresiva campaña electoral que enrarece el ambiente en el municipio de Pitalito.

La campaña del candidato a la Alcaldía, Miguel Rico, increpó a Flor Alba por no hacer un trabajo equilibrado después de que la periodista cuestionara que hubiera candidatos sin estudios profesionales.

Así se lo hicieron saber, por medio de mensajes directos e indirectos, donde le dejaban claro que tuviera cuidado con lo que decía y advirtiéndole que si seguía así después no le darían el dinero de la pauta.

Si está en video sale, si hay violencia, mucho mejor

El grito frustrado de los familiares de Flor Alba pidiendo que los canales no siguieran reproduciendo el video del asesinato, expresa una preocupación latente en el país. Los espacios noticiosos de RCN y Caracol, y otros tantos medios, han aplicado desde hace tiempo la política Low Cost. Periodismo de bajo presupuesto para rellenar interminables minutos de programación, creando un nuevo formato que es una rara mezcla entre ‘Locos videos’ y ‘Mil maneras de morir’.

De eso preocupan varias cosas: el fomento del amarillismo; el sacrificio del periodismo de calidad por el periodismo barato; pero sobre todo, que han propiciado el caldo de cultivo ideal para los que piden una regulación de medios.

En Colombia no existe departamento en el que no se escuche hablar de la necesidad de una Ley de Medios o de la creación de Comités de Ética y moral periodística. El naufragio del periodismo colombiano, al igual que sucedió en Ecuador, implica que el público pierda la confianza en los periodistas y en los medios, y que se vea como una necesidad el hecho de poner límites al periodismo. Son pasos de gigante que retumban con fuerza.

*Periodista, Fundación para la Libertad de Prensa
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