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Opinión

  • | 2015/02/13 19:20

    No son bárbaros o salvajes

    Ser defensor de los derechos de los animales no significa que ser moralmente superior.

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El inicio del 2015 no ha sido bueno para los defensores de animales colombianos.

A los videos difundidos por las redes sociales en donde se mostraba la muerte de un toro y de un caballo en las corralejas de Turbaco y Buenavista (Sucre), respectivamente, se suman dos hechos ocurridos la semana pasada, que les han vuelto a poner los pelos de punta a los animalistas.

El primero, el fallo del Consejo de Estado que le devuelve el permiso al inmunólogo Manuel Elkin Patarroyo para experimentar en monos su vacuna contra la malaria; y el segundo, la sentencia de la Corte Constitucional que ordena al alcalde Gustavo Petro permitir de nuevo las corridas de toros Bogotá.

El inconformismo de los animalistas se ha hecho sentir en las redes sociales y en columnas de opinión. Respecto a la sentencia de la alta corte dijo Petro en su cuenta de twitter: “Por un voto se mantiene aún una barbarie”. En este sentido, muchos internautas han calificado a los jueces de las altas cortes, a los amantes de la tauromaquia y a los defensores de la experimentación científica en animales, de retrógrados, trogloditas, enfermos mentales y hasta de psicópatas.

Incluso, varios animalistas han relacionado el maltrato animal con la posibilidad de que Colombia alcance la paz, como lo hizo la Plataforma Alto, que en su cuenta de twitter escribió: “Un país que busca la paz no puede permitirse espectáculos violentos como corridas de toros y corralejas”.

Esta posición de algunos animalistas de catalogar a sus contrincantes como bárbaros, seres inferiores u homicidas, y de creerse que la defensa de su causa los convierte automáticamente en “buenas personas” o seres moralmente superiores, no dejar de ser un tanto arrogante, ingenua, y falta de todo sustento.

El error radica en que ellos consideran su causa como un asunto moral cuando en realidad es un asunto filosófico. En occidente, el debate sobre si los animales tenían derechos o no tomó fuerza durante el siglo XVIII, cuando filósofos como Jeremy Bentham consideraron que los animales al tener la capacidad de sufrir deberían contar con unos derechos básicos como el de la vida.

Desde ese momento, intelectuales de las más variadas corrientes ideológicas han debatido cuál es el límite que tienen los seres humanos para el uso o disfrute de los animales y si sus derechos pueden ser equiparables a los de los hombres. Debate que aún está lejos de terminar.

La consecuencia de considerar el tema de los derechos de los animales como asunto moral y no filosófico es que los animalistas no debaten las posiciones de sus contrincantes con argumentos sino que las invalidan a partir de calificativos que poco tienen que ver con la realidad. Es por eso que en muchas ocasiones, sus argumentos no pasan de improperios como asesino, salvaje, bárbaro… Siendo sinceros, ¿existirán pruebas que demuestren que un aficionado a la tauromaquia sea más propenso a ser un homicida? ¿será que Manuel Elkin Patarroyo es un genocida por sus experimentos con los monos de la Amazonía? La verdad es que no.

La idea de que un defensor de los derechos de los animales sea moralmente mejor tampoco tiene sustento en la realidad. Como muchas personas lo han sostenido, el régimen nazi, que es recordado por haber exterminado a 11 millones de personas, entre judíos, eslavos, gitanos, homosexuales y contradictores políticos, fue el primero en el siglo XX en formular una política ecologista y de defensa de los derechos de los animales con la expedición de las leyes de protección de los animales de 1933 (Reichs-Tierschutzgesetz), de caza de 1934 (Reichs-Jagdgesetz) y de protección de la naturaleza de 1935 (Reichs-Naturschutzgesetz).

En tiempos más recientes, el monje Ashin Wirathu -que como budista arguye por el buen trato a los animales-, autodenominado el 'Bin Laden birmano' y líder del movimiento 969, ha instigado a sus seguidores a usar la violencia en contra de los musulmanes en Birmania que ha causado el desplazamiento forzado de unos 18.000 personas.

Además de estos errores filosóficos e históricos, quizás el más grave es cuando degradan a su contrincante a la condición de salvaje o bárbaro. No hay que olvidar que a lo largo de la historia ambos conceptos han sido utilizados por algunas civilizaciones para despojar a otras culturas de su humanidad y así justificar la invasión de sus territorios y en algunas ocasiones su exterminio. Así lo hicieron los españoles con los indígenas americanos, los portugueses con los africanos, los ingleses con los hindúes, los nazis con los judíos… Paradójicamente los animalistas radicales, al defender los derechos de los animales, en muchas ocasiones terminan deshumanizando a sus contrincantes.

Aquí el problema no es si se está a favor o en contra de la tauromaquia o de la experimentación científica en animales. El problema es que las posiciones de un bando u otro no se pueden invalidar con prejuicios.

Cuando la Corte Constitucional revive en Bogotá las corridas de toros porque, según sus integrantes, es una tradición cultural, los animalistas no pueden responder con el argumento arrogante que es un órgano conformado por “viejos elitistas salvajes”. La tauromaquia como una tradición es un tema que debe y merece ser debatido, así como otros que tocan los derechos de los animales.
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