Domingo, 22 de enero de 2017

| 2008/04/10 00:00

Jorge Eliécer Gaitán 60 años después

Jorge Eliécer Gaitán 60 años después

Su vida, corta por demás, la vivió Jorge Eliécer Gaitán (JEG) con intensidad, como si supiera que iba a morir pronto (1898-1948). A lo mejor, era esa la percepción que se tenía de la vida en esa época: madurar y morir muy temprano. Desde joven, Jorge Eliécer Gaitán iba dejando sus huellas en los anales del mundo académico, cultural, político y económico. Su relación con la política la estableció con plenitud desde sus primeros años de estudiante universitario.
 
En los periódicos El Tiempo y El Espectador, que ya eran los formadores de la opinión pública nacional, quedaron los registros de un joven que con ímpetu se abría espacio entre los obstáculos. La época del Gaitán universitario, era además, de reconocimiento al papel de la propaganda cuando adquiere una naturaleza cultural como medio para amainar el problema del analfabetismo y la ignorancia, lo que servía, de paso, para la promoción personal de quien estuviese al frente de la iniciativa. Así lo intuyó JEG cuando decidió crear en 1920 el Centro Universitario de Propaganda Cultural. Se trataba de una actividad de extensión universitaria que nació no de las autoridades académicas sino del estudiantado. Sus líderes escucharon a los reconocidos hombres de ciencia del momento y se convirtieron después en multiplicadores de esa información en los barrios de la ciudad.

En la confusión ideológica en la que se enfrascó el socialismo colombiano, a raíz de su participación en la huelga bananera, parecía que las luces del pensamiento antiimperialista se encendían de nuevo en el joven Gaitán. El 14 de febrero de 1928, Gaitán arremetió contra las compañías extranjeras y enfatizó en la necesidad de trabajar en pro de la elevación de la conciencia de clase de los trabajadores lo mismo que de la gente desposeída. En sus intervenciones de la Cámara en 1929, a donde llegó siendo un joven de 31 años de edad, socialistas y liberales encontrarán el eslabón democrático y popular del liberalismo a punto de extraviarse. Su debate sobre lo ocurrido con los trabajadores en la zona bananera en septiembre de 1929 lo puso en sintonía con los sentimientos de indignación que embargaban a los colombianos de entonces. Fortaleció, además, al liberalismo, le rescató su aura democrática y contribuyó a que se vislumbrara la caída de la hegemonía conservadora.

Los grandes estrategas del liberalismo, entendiendo de la oportunidad ante la cual los había puesto Gaitán, le amplificaron su voz a través de los medios con los que contaban: la prensa liberal, que ya era grande. Esa fue la contribución de Gaitán a la caída de la denominada República Conservadora. Condensaba desde entonces los intereses y anhelos liberales de antaño lo mismo que los de jóvenes apresurados que no querían lentitud en las reformas y que no entendían la entelequia de la concentración nacional del Presidente Olaya Herrera. Velaría Gaitán por defender ese liberalismo que había puesto su fe en el nuevo elenco. De ahí el surgimiento en abril de 1933 de la Unión Nacionalista izquierdista. (UNIR).

Era amplísimo el mapa cultural de su primera juventud. Gaitán está atento a los debates intelectuales del mundo y del continente. El reflejo de la Rusia soviética, del México agrario y del indigenismo pesa en lo que escribe y expresa en la primera mitad de los años veinte. Y todos estos afluentes desembocan en la corriente de pensamiento político donde había nacido y donde estaba creciendo: El liberalismo popular. Lo que significaba que con él, el partido liberal tendrá entre sus obligaciones las de la reforma social; un tercer partido de tipo socialista no sería posible, y los jóvenes conservadores de la extrema derecha terminarán teniendo en la prédica gaitanista su mayor contradictor.

Para Gaitán, la economía regulada por el intervencionismo de estado era la base de la democracia. Proponía un Estado con criterio social o como el mismo lo llamaba un socialismo de Estado, con dos tipos de economía: una individualista o burguesa y otra colectiva o socialista. Propuso la creación de un Consejo Económico Nacional, supremo regulador de la economía, constituido por las fuerzas productoras. Este Consejo suprimiría los impuestos indirectos, nacionalizaría el crédito para orientarlo hacia la pequeña industria y cultivadores agrícolas, nacionalizaría el transporte, intervendría los especuladores, confiscaría las ganancias indebidas, regularía los arrendamientos y los precios de los alimentos y unificaría las normas de los servicios públicos. Las tierras no cultivadas en un tiempo no mayor a cinco años pasarían a propiedad del Estado sin indemnización. La educación sería gratuita hasta el límite de la capacidad individual.

En esta etapa, la solución del problema agrario preocupó profundamente a Gaitán. Pensaba en un ciclo inmediato de reformas que cubriera parcelaciones, limitara la propiedad del Estado y tecnificara el campo. Veía la redistribución de la tierra como una acción que el Estado intervencionista debía impulsar junto con el crédito al pequeño y mediano propietario, la asistencia técnica que permitiera la superación del atraso en las formas de producción y la vinculación directa del campesino al mercado nacional. Desechó la variable de la colonización de baldíos, como solución al problema agrario, por considerarlos marginados de las corrientes de la vida económica y del mercado, y por ser tierras desnudas de infraestructura física y social. Propuso la abolición del monopolio sobre el suelo cultivable por medio de leyes que tendieran a quebrar la concentración ilimitada de la tierra.

Años más tarde, el país conoció lo que constituyó el documento más importante del gaitanismo: La Plataforma del Colón, donde definió al partido Liberal como el partido del pueblo y condensó los idearios que hasta entonces había desarrollado la movilización gaitanista. Allí se pueden encontrar sus temas de batalla de los años treinta: principio de planificación técnica, democracia social en lo interno y antiimperialismo en lo externo, reforma fiscal que golpeara la riqueza improductiva, revisión del régimen de tierras que garantizara el derecho del colono mediante la expulsión del titular de tierras no cultivadas y al margen de la producción, restitución de la propiedad comunal indígena y respeto a la propiedad ejidal de los municipios, articulación a la producción campesina rural y de pequeña industria mediante el sistema cooperativo, participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas.

Sin embargo, el primer gaitanismo fue absorbido por una propuesta política que comprometía y llenaba de esperanzas a quienes, desde tiempo atrás, soñaban con las definitivas soluciones a los grandes males nacionales: La Revolución en Marcha. Gaitán regresó al liberalismo y desde allí, desde posiciones burocráticas o sin ellas, defendió sus postulados. Al perder ritmo el proyecto político de Alfonso López Pumarejo, el proceso de contrarrevolución en marcha, hizo que Gaitán tuviera que apelar al pueblo como la única manera de legitimación política.

De un populismo que pudo ser teórico, se pasó a un populismo como mecanismo de cooptación popular que convirtió a Gaitán en su vocero. Empezó Gaitán a trabajar en la profundidad de los problemas criollos. El discurso racial-biológico de corte darwiniano, reaccionario y antipopular que hasta entonces difundían ideólogos conservadores y liberales, se tornó en boca de Gaitán en un grito de justicia social popular. Para él, era lo mismo un liberal que un conservador analfabeto, con hambre, con frío y sin techo. Los temas sobre las enfermedades, sobre la salubridad, sobre todas las causas palpables del estado de postración del colombiano de abajo, afloraron de sus discursos. Así, el mérito de la nueva prédica gaitanista estuvo en el desarrollo de la conciencia popular.

Su fogoso discurso tuvo como contradestinatario a la oligarquía liberal-conservadora y propendió por la restauración moral y democrática de la República. En sus argumentaciones, Gaitán presentó a Colombia dividida entre el país político y el país nacional. Por el primero entendió la plutocracia que venía gobernando, y en el segundo ubicó a los campesinos, obreros y clases medias liberales y conservadores discriminadas y excluidas. De tal manera que la gente del común, como nunca antes había sucedido, se identificó con él y con todo lo que decía y hacía; se sintió retratada en su figura, que era la de un mestizo, nacido en el hogar de un librero bogotano y de una maestra de escuela; que con sacrificios había estudiado y se había proyectado, a puro pulso, sobre la excluyente sociedad bogotana.

Si Gaitán había triunfado no era cierto, entonces, lo de la incapacidad racial del colombiano pobre. En su habla, que era la misma del ciudadano miserable, pobre o de clase media baja, se sentían reivindicados. Gaitán innovaba en las formas de hacer la política en Colombia. En sus veladas de los viernes culturales en el Teatro Municipal de Bogotá sus piezas oratorias hacían delirar a los asistentes. Entraba al recinto impecablemente vestido, en medio de un cordón humano, y quedaba, al terminar sus discursos, en mangas de camisa y bañado en sudor. Se convirtió en el símbolo de las reivindicaciones populares.

De su llegada al poder se esperaba el derrumbe de un país elitista y excluyente. Su papel en el gobierno hubiera sido el de la promoción popular, es decir: integrar a la sociedad establecida torrentes humanos de las clases media, pobre y miserable que se encontraban en las fronteras del mundo moderno. Si bien es cierto que fueron los humildes quienes conformaron el espectro social del gaitanismo, de la puesta en práctica de su ideario hubiera salido un país con una distribución de la riqueza más justa, en las instituciones del Estado el pueblo hubiera encontrado las puertas abiertas, las Fuerzas Armadas se hubiesen democratizado; se hubiese deselitizado el aparato político, nuevas generaciones hubieran accedido a los puestos de dirección del Estado e incluso el país se hubiera puesto a tono con los logros culturales lejanos y tardíos desde entonces a la intelectualidad colombiana. Al controlar el avance del capitalismo salvaje, interviniendo la riqueza desde el Estado, la brecha entre ricos y pobres estaría menos abierta. Colombia hubiera conocido a tiempo un desarrollo social con rostro humano, un fortalecimiento del sector estatal de la economía que habría favorecido a burgueses y proletarios. Al insistir Gaitán en una cualificación de la conciencia popular, es muy probable que su misma actividad como gobernante hubiera favorecido la creación de fuerzas políticas distintas al bipartidismo, lo que a su vez, habría contribuido a que los colombianos pasaran al futuro con canales de expresión política diversificados.

Gaitán construyó una fragua de propuestas políticas tan enorme y estaba tan seguro de su aplicación que se jugó la vida por ellas. El 9 de abril de 1948 alguien disparó sobre él. No estamos tan seguros de que un gobierno de Gaitán hubiese extirpado la violencia en su totalidad, pero la que produjo su asesinato no habría impregnado la que se sobrevino sobre el país hasta nuestros días.

Así, desde el 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, hemos transitado con su presencia las vicisitudes de nuestra historia. Con los contenidos de su prédica los intelectuales académicos o políticos, han acompañado sus reflexiones sobre las trabas que le impiden a Colombia salir de la barbarie y abrirse a la civilización. Mientras la ciencia social del mundo europeo dejó de lado la historia política para galopar en los lomos de la ciencia económica y social, la historiografía política colombiana se incrementó y consolidó sin ceder ante la presencia de las modas académicas. El aplazamiento de la solución de los problemas que nos aquejan hace que la historia política tenga vigencia. Al fin y al cabo, es desde la política que se decide remediar los males sociales y los conflictos de una población, y mientras estos se mantengan, el pasado estará vivo; reclamándonos, señalándonos y recordándonos: Mataron a Gaitán.

La razón por la cual permanece Gaitán en la memoria de los colombianos, se explica por haber sido la propuesta política mayormente identificada con los anhelos populares. El pueblo la acogió como suya, como elaborada por él mismo, atando su suerte a la llegada de Gaitán al poder. Muerto el líder, no obstante la apropiación que de sus ideas hicieron diversas corrientes del pensamiento político nacional, lo cierto es que hoy el discurso de Gaitán podría volver a sonar e impactar con la misma intensidad de entonces. Tres millones de colombianos se acuestan en Colombia, sesenta años después de asesinado Gaitán, sin comer. Desigualdad y fragmentación en Colombia son de tal magnitud que aquella tesis que solíamos escuchar, de labios incluso de intelectuales de prestigio, de que la burguesía colombiana era la más inteligente del continente, además de no tener sentido es sobredimensionada y ridícula.

Entre nosotros no ha sido el populismo el causante de la crisis endémica del país, sino al contrario, lo es la clase política gobernante por haber abortado, la alternativa gaitanista, suplantada, después de su asesinato, por los sectores excluyentes de los partidos tradicionales que defendieron, sostuvieron e implantaron el modelo liberal de desarrollo que impera en nuestro tiempo y cuya expresión más nítida es el neoliberalismo que derrumbó el poco intervencionismo de Estado y la poca política de bienestar social que con grandes sacrificios materiales y humanos conquistaron los trabajadores colombianos en las décadas pasadas, inspirados justamente por Gaitán, el gaitanismo y la experiencia del 9 de abril.
 
*Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia


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