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Opinión

  • | 2016/03/17 11:16

    Dando cartilla

    A pesar de los delicados asuntos pendientes, las FARC le apuestan al fin del conflicto. Ahora dan “cartilla”, y lo hacen bien.

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Las FARC han leído la realidad política y esa lectura consolida un cambio radical de estrategia. Saben que la continuidad de la confrontación armada no es factible, tanto en el plano militar como político. Su apuesta por el fin del conflicto es creíble, así como es comprensible que estén tratando de optimizar los resultados de la negociación.

La cartilla “Un nuevo día para la PAZ” se encuentra en www.semanariovoz.com. Cuenta con el patrocinio del Partido Comunista Colombiano, UP, JUCO, Fundación VOZ, y Teoría&Praxis. Que pongan la cara, en vez de actuar desde la clandestinidad, es indicio claro de que han superado el funesto principio de la “combinación de las formas de lucha” que se usó en los ochenta del siglo pasado con resultados fatales para los militantes de la UP.

Si nos quedáramos congelados en esa época y circunstancias cabría el escepticismo, pero la esperanza es posible si advertimos que las izquierdas comunistas que actúan en Europa han abandonado sus pretensiones revolucionarias desde el fin de la guerra fría. Las de América Latina, por su parte, ya no intentan tomarse el poder por las armas, aunque su compromiso con la democracia, cuando han llegado a gobernar, en ocasiones haya sido mediocre.

Algo va de las izquierdas radicales de Chile, Uruguay o Brasil, respetuosas de las instituciones, a las de Venezuela, Ecuador o Nicaragua que de ellas han abusado.

Las expectativas de la guerrilla sobre el proceso de paz tienen una carga de utopía. “De lo que se trata es de que por primera vez en la historia amanezcamos con un país en paz, que abramos la ventana de la casa para que se inunde de sol, de sueños de esperanzas reales de buen vivir”. No están solas en esa postura maximalista que también permea el discurso gubernamental.

La negociación posible es otra. Como casi nadie apuesta a que el ELN firme el fin del conflicto, cabe conjeturar que se producirá una migración de antiguos militantes de las FARC hacia sus filas -lo que se denomina “el cambio de brazalete”- movimiento que, al parecer, ya está ocurriendo. Igualmente, hay razones para pensar que algunos frentes dedicados al narcotráfico, y no a la guerra contra el Estado, seguirán en el negocio; su nombre será “Farcrim”. Lo más probable, pues, es que tengamos un acuerdo de alcances limitados.

El documento fariano combina personajes que dialogan con textos de apoyo tomados de los documentos ya acordados sobre desarrollo rural, erradicación de cultivos ilícitos y participación en política. En esta dimensión proceden de manera leal. Los acuerdos dicen, en efecto, lo que se pretende que digan.

Esa lealtad no excluye afirmaciones tan debatibles como que el reclutamiento forzado lo realiza la Fuerza Pública, pasando por alto que las FARC regularmente incorporan a sus filas adolescentes, lo cual constituye un crimen de lesa humanidad. O “que los medios de comunicación desinforman y los despistados lo creen todo”. Por supuesto, la prensa de nuestro país no es perfecta pero suele informar con veracidad; su grado de libertad es mayor que el imperante en Ecuador y Venezuela.

O, por último, que atribuyan la muerte por hambre de niños en La Guajira a que una porción excesiva del presupuesto del Estado se destina a la “guerra”, cuando hay razones para sostener que esos tristes episodios fueron ocasionados por prácticas corruptas. Nunca ese departamento había recibido un flujo mayor de recursos públicos.

Quizás en un futuro, una vez cesen en sus acciones violentas y se incorporen a la sociedad, podamos discutir estas aseveraciones con tranquilidad, a sabiendas de que no hay democracia sin divergencias. (El único consenso indispensable es sobre las reglas de juego).

En las secciones que se escenifican en zonas rurales se percibe una zona cálida próxima a la montaña en donde se cultiva maíz, plátano, y, seguramente, coca. Al parecer, son campesinos, negritudes e indígenas los grupos a los que aspiran a representar, no a las grandes masas urbanas del país que hoy constituyen más del 70% de la población.

Llama la atención que los personajes de las historias gráficas carezcan de armas, así alguno de ellos use gorra y vista prendas que podrían identificarlo como “miliciano”. Las Farc no figuran como protagonistas, lo cual da la impresión de que no usaran esa sigla para fines proselitistas una vez desmovilizadas. En varias ocasiones se habla de la necesidad de un “frente amplio”, propuesta que encaja con una larga tradición comunista que promoviera en sus días la Unión Soviética. “Solo organizándonos evitaremos que nos mamen gallo”, se proclama. Están en su derecho.

En alguno de los diálogos se dice que “El fin del conflicto implica que los enemigos se deben tratar con respeto como adversarios políticos”. Gran progreso. Tal es el objetivo último que se persigue en La Habana.

En alguna de las primeras páginas y sin que el contexto lo amerite, se incluye una imagen de El Libertador. Tal vez de modo implícito el objetivo consista en rendir un homenaje a Chávez, quien en sus delirios de grandeza terminó por creer que en él había reencarnado el Padre de la Patria. Este eventual mensaje cifrado es interesante. Quien actúa en política sin armas tiene que saber qué dice y qué calla. Un elogio franco al chavismo resultaría inconveniente incluso frente a los electores a los que se quiere seducir.

Ahí va la guerrilla fariana en su difícil transición de los fusiles a las cartillas. Si salimos bien de esta encrucijada, adversarios serán que no enemigos. Preparémonos para confrontarlos en el plano de las ideas.

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Esta columna no se publicará durante la Semana Santa

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