Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/10/20 15:36

Mentiras verdaderas

Para entender la compleja situación en que estamos, hay que analizar la naturaleza y los límites éticos del ejercicio político.

Jorge Humberto Botero. Foto: Semana.com

La generación que me precede padeció una profunda polarización consecuencia de la guerra civil -esa sí plena y cabal- entre los partidos políticos de la época. Los pobres, especialmente los del campo, pusieron los muertos en esa feroz contienda, aunque los ecos de la violencia llegaban a las ciudades. Recuerdo el Colegio de La Salle en llamas en el año 48 a pocas cuadras de donde Gaitán fue asesinado y el horror del niño que yo era, asomándose un par de años después, cerca de Medellín, a un auto negro y enorme en el que viajaba un cadáver mutilado.

Para poder convivir, liberales y conservadores adoptaron dos reglas de conducta: asistir a la misa dominical a diferentes horas; y prohibir, entre amigos y familiares, las conversaciones sobre política. Las circunstancias actuales son muy diferentes pero tienen en común una aguda pugnacididad que emergió, con total nitidez, en el plebiscito. Entender la inusitada situación en la que estamos constituye un paso necesario en pos de una reconciliación de la Nación que hoy, lamentablemente, luce lejana.

El conocimiento sobre los fenómenos físicos y biológicos es progresivo y, por lo tanto, los debates al respecto están sometidos a evolución. Con relación a la realidad social del pasado –el campo de la historia- las disputas son posibles aunque acotadas: no hay acuerdo sobre la existencia de Homero, pero nadie en sus cabales negaría la de Napoleón, sea cual fuere la opinión que tengamos sobre su legado. No hay consenso posible sobre el curso futuro de la humanidad; y, menos aún, sobre el diseño de la sociedad ideal, que es lo que constituye el ámbito de la política. Por eso las gestiones que adelanta el presidente Santos en pro de un acuerdo con las FARC, son, inexorablemente, objeto de controversia. Él mismo quiso que lo fueran al convocarnos al plebiscito del dos de octubre.

Los debates políticos deben adelantarse bajo un compromiso ético con la verdad: no decir nada a sabiendas de que es falso. Donald Trump, por ejemplo, ha roto con esta regla mínima de decencia insistiendo en que el presidente Obama es musulmán y que no nació en los Estados Unidos. En segundo lugar, deben ser razonables, lo cual significa que el discurso político debe formularse con lógica y fundamentos fácticos sólidos. Sería un disparate aseverar que basta repartir dinero para que la economía crezca y mejore la distribución del ingreso; quien afirme que la pobreza en Colombia es mayor que hace veinte años simplemente ignora las cifras.

Pero más allá de este respeto indispensable a la coherencia discursiva y a la verdad, hay una dimensión de la política que se funda en los múltiples y antagónicos sentidos que sus valores tienen. Todos creemos en la necesidad de ser fieles a la justicia, la libertad y, por supuesto, la paz aunque diferimos sobre la manera de realizarlos. Admitirlo así nos hace ciudadanos de la democracia. Nuestra opinión –nuestro voto- por definición vale lo mismo que la de cualquiera otro.

Los valores a los que adherimos se basan en emociones, no en razones, y por este motivo tienen una elevada carga de subjetividad. Una inexorable conclusión de esta premisa consiste en que quienes están por el Sí en cualquier debate de carácter dilemático (al votar por un candidato y no por su rival, al participar en un plebiscito) no pueden proclamar que su postura tiene una jerarquía moral superior a la de sus oponentes.

Nada tiene de raro que los publicistas nos persuadan de tomar Coca Cola, no haciendo énfasis en los ingredientes que se utilizan para fabricarla, sino destacando que ese brebaje es nada menos que “la chispa de la vida”; la apelación a estas dimensiones afectivas explica las enormes diferencias en el precio de relojes y automóviles. A su vez, los consumidores de Rolex y Mercedes Benz son los mismos que compran en las urnas productos políticos, los cuales, además, son intangibles: su dimensión de subjetividad es, por lo tanto, mayor. Quienes se dedican al mercadeo político lo tienen clarísimo.

El gerente de la campaña del Centro Democrático ha cometido un error elemental. Los magos no suelen contar cómo han logrado que de un cubilete vacío surja un conejo. Sin embargo, es bueno detenerse un instante en los mensajes que expuso en su célebre reportaje para la República:

“La estrategia era dejar de explicar los acuerdos para centrar el mensaje en la indignación. En emisoras de estratos medios y altos nos basamos en la no impunidad, la elegibilidad y la reforma tributaria (...) En la Costa individualizamos el mensaje de que nos íbamos a convertir en Venezuela (...) En ocho municipios del Cauca pasamos propaganda por radio la noche del sábado centrada en víctimas”.

Nada distinto podía esperarse. Aunque uno crea en que las FARC tienen la seria intención de desmovilizarse (es mi caso), en el imaginario social pesa muchísimo la historia de las atrocidades que se les imputan. Por eso los adversarios del Acuerdo movilizaron al electorado con fundamento en esa emoción negativa. Consciente el Gobierno de esa realidad percibida, la pregunta formulada en el plebiscito omitió mencionar a ese grupo guerrillero. Y en el acto de celebración anticipada realizado en Cartagena en frente de la comunidad internacional, se dio gran despliegue al ingreso de los integrantes de nuestro equipo negociador; los de la guerrilla fueron introducidos de manera casi subrepticia.

A sabiendas de que el tratamiento penal que se concedería a las FARC, que muchos compartimos, es uno de los temas de más difícil aceptación, no es extraño que para la campaña del No ese fuera tema recurrente. La literatura sobre plebiscitos es unánime en advertir que ellos también versan, de modo implícito, sobre el gobernante que los promueve, razón por la cual nada tiene de extraño que el Centro Democrático haya utilizado la inminente reforma tributaria para erosionar la imagen del presidente. A muchos puede parecernos que la amenaza del “castrochavismo” es remota, pero no podemos negar que las cosas que ocurren en el vecindario podrían suceder también entre nosotros.

La campaña del Sí se fundamentó en metodologías similares. “La paz es mejor que la guerra” es un mensaje poderoso que tiene sentido haber usado, aunque acabó por sostenerse, faltando a la verdad, que los adversarios rechazan la paz. Afirmar que, si votábamos por el No la consecuencia sería la reanudación de la guerra, es tan osada como postular la inminente llegada de “Timochenko” a la Presidencia de Colombia en la hipótesis de que el Sí hubiere triunfado. Más puede decirse: el cuento de la ideología de género en los acuerdos, eso es: un cuento. Puede provenir de la pasión ideológica o de la mala fe.

En suma: no estamos divididos entre buenos y malos. Profesamos visiones distintas que son legítimas. El compromiso con la verdad, en tanto quepa, no admite excepciones. Las batallas políticas son ásperas por naturaleza, pero debemos esforzarnos por modularlas. El gran reto es recuperar los valores de la convivencia.

* Analista Económico. Exministro de Comercio, Industria y Turismo.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.