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Opinión

  • | 2017/01/14 08:49

    Los escoltas

    En coyunturas como esta es preferible pecar por exceso que por defecto. ¡A Fernando Londoño o Piedad Córdoba hay que protegerlos!

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Unos pocos meses antes del atentado que sufrió, al exministro Fernando Londoño ya lo habían intentado matar. Silenciosamente. Con un disparo que traspasó la ventana de su casa y que los organismos de seguridad calificaron como un accidente de algún despistado. No hicieron falta amenazas, porque lo cierto es que cuando a uno lo quieren matar de verdad no le avisan; simplemente lo matan. Y eso fue lo que pasó con el doctor Londoño cuya supervivencia sólo se explica con una palabra: milagro.

Desde ese momento en adelante, a los colombianos nos parecía más que obvio que no se ahorrara un solo recurso para garantizarle su vida, sobre todo ahora que ha arreciado con legítimo derecho sus críticas contra el gobierno, las Farc y el proceso de paz y se ha vuelto un personaje todavía más apetecible para los violentos.

¿A quién se le ocurre que en una etapa de azarosa transición como la que vivimos, personajes que son blanco obvio de la violencia puedan tener una reducción en sus esquemas de seguridad?... Por lo visto al ministerio del interior y a la policía; esos mismos que no han sido efectivos en la protección de los líderes sociales de izquierda en las regiones del país donde siguen siendo asesinados y que esta semana, sin notificación ni previo aviso, amagaron con quitarle parte del grupo de escoltas a Londoño.

Decía el jefe de la cartera del Interior, Juan Fernando Cristo, que “el doctor Londoño tiene más escoltas que un ministro” y seguramente así es. La pregunta es ¿a cuántos de los ministros les habrán puesto una bomba lapa en su carro con el claro propósito de no fallar? 

Es verdad que existe una necesidad de replantear muchos de los esquemas de seguridad que cuestan más de 1 billón de pesos anuales, según se ventiló en una sesión de control político en el Congreso, pero con quienes más propensos son a que los maten no hay que chistar y menos cuando existe un proceso de paz tan frágil marchando y un momento político de alta tensión como el actual.

Y así como a Fernando Londoño hay que cuidarle su vida, con el mismo interés hay que reforzar la protección de personajes como Piedad Córdoba, Iván Cepeda o Claudia López que en el pasado reciente se quejó por algunas fallas en su seguridad presentadas en las visitas regionales que hace constantemente.

La historia nos ha enseñado que en temas de seguridad en Colombia es mejor pecar por exceso que por defecto y en vez de andar tonteando con revisar la protección de estos líderes, habría que ver lo que ocurre con más de una ‘personalidad’ que lo que busca no es un escolta sino un chofer. Tendrían que mirar cuánto cuesta el esquema de las ilustres viudas de los expresidentes y pedirle a algunos líderes gremiales que exigen seguridad del Estado que sus afiliados paguen por ella en vez de agregarle al presupuesto oficial una carga que claramente podría ahorrarse.

Frente a estos últimos casos, recuerdo una columna de Ricardo Silva en la que se preguntaba “en qué clase de sociedad, si no en una que se ha adaptado a la enfermedad, tener un guardaespaldas no es una desdicha sino una fortuna”.

Los escoltas son seres humanos formidables, tristemente imprescindibles para  que una voz que dice cosas desde una esquina u otra no se apague. Todo lo demás que se examine y ojalá que se revoque pero con los personajes de alta vulnerabilidad no se juega. Que lo sepan el ministro Cristo y el General de la Policía, Jorge Hernando Nieto. 

Twitter: @JoseMAcevedo

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