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Opinión

  • | 2009/05/23 00:00

    José Obdulio y los restaurantes

    Qué tal que de golpe esté José Obdulio vigilando quién pide ensalada rusa para acusarlo de comunista, o bandeja paisa para gestionarle un ministerio.

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Siempre me han aburrido los restaurantes del norte de Bogotá, pero nunca tanto como ahora. Aparte de que uno se puede encontrar a Poncho estrenando pañuelo o a José Gabriel estrenando poncho, a juzgar por sus últimas columnas también corre el riesgo de toparse con José Obdulio Gaviria en persona: me lo imagino agazapado en la barra, ya medio loco y con los ojos exorbitados, mientras toma nota en una libreta sobre los comensales que entran, bajo el supuesto de que todos son conspiradores, así trabajen en El Colombiano, para aventarlos en sus escritos.

Hace un par de meses acusó a Alejandro Santos de haber ido al restaurante Matisse con el Fiscal, como si comer con el Fiscal fuera emocionante: cualquiera sabe que lo máximo que pasa es que se pide unas Zucaritas con leche. Y en una columna reciente dijo que Felipe López conspiraba contra el gobierno mientras se daba unos almuerzos opíparos en los mejores restaurantes bogotanos y veraneaba entre Anapoima y Anolaima. (Lo cual es una falta de respeto: uno puede decir lo que sea de Felipe López, menos que conoce Anolaima).

Sin embargo, como soy experto en contradecirme, acabé yendo a almorzar a Criterión, uno de esos restaurantes que están de moda. Y fue una pesadilla.

Como los techos son elevados y las mesas quedan tan pegadas las unas de las otras, suceden dos cosas: por un lado, que uno no oye nada de lo que le dicen sus amigos; y por el otro, que termina espiando sin querer las conversaciones de los vecinos. Es, hagan de cuenta, como ser el presidente Uribe por unas horas.

De modo que mientras traen el pan, uno oye los comentarios de las mesas contiguas, que casi siempre hablan sobre la actualidad.

—Lástima lo de Benedetti -oí que decían al lado.

—Qué va: si era un cursi.

—Pero tenía versos destacables.

—No, no: yo hablaba del senador.

Cuando finalmente consigue que un mesero se digne a mirarlo, usted pide un jugo de mandarina. Con lo que vale un jugo de mandarina en Criterión podrían montar una escuela en Cazucá. Y mientras se lo toma, ve cómo el lugar se va llenando de gente que sale en las sociales de las revistas.

Ante el desfile de beldades hay dos opciones: o hacer como si ese tipo de cosas no lo sorprendieran a uno, o reaccionar como mis amigos, que son bastante ordinarios y miran a los famosos sin disimulo y con estupefacción, como si no estuvieran en un restaurante cool sino en la entrada de los premios Tv y novelas.

—Huy, mire: ¿ese no es Yamidcito Amat? -se codeaban la última vez-: yo pensé que era más alto.

—Y vea que sí se pone pashminas aguamarinas: usted que creía que en las revistas se las montaban en photoshop para ridiculizarlo…

Cuando usted ya desfallece del hambre, le traen el plato fuerte. No importa lo que pida: todo lo sirven como si hubiera venido en una lata o fuera un postre. La vajilla es gigante e incómoda y usted debe buscar con un microscopio el cilindro diminuto de comida que hay en la mitad, decorado con un chorrión de salsa y adornado con una galleta de queso parmesano que la gente sofisticada nunca se come y que mis amigos se disputan entre sí. Y yo seré muy lobo, pero si el plato no viene servido a lo ancho sino a lo alto, me da una sensación sicológica de vacío que me deja con hambre.

Por ese plato diminuto a usted le van a cobrar 60.000 pesos que pagará sin siquiera revisar la cuenta para no desfasarse de la imagen de chacho que debe guardar ante el contexto.

Bien: a todo ese infierno ahora hay que sumarle que de golpe esté José Obdulio vigilando quién pide ensalada rusa para acusarlo de comunista, o bandeja paisa para gestionarle un ministerio.

La vez que fui a Criterión me pareció ver a un enano canoso. Estaba de espaldas y no era tan bajito como para pensar que se trataba de Alfonso Valdivieso, ni tan orejón como para suponer que era Plinio. Encima de todo, oí que ordenaba un chuzo.

Juré que era José Obdulio y salí corriendo. Y no por que haya sido primo de Pablo Escobar: nunca juzgo a alguien por sus familiares, porque ¿qué culpa tenía Pablo Escobar de tener un primo como José Obdulio? Más bien porque temía que fuera a mi mesa a hablar de filosofía, o me pidiera plata para la cuenta porque nunca he podido saber de qué demonios vive.

Huí, digo, y creo que ya soy lo suficientemente maduro para declarar que en adelante sólo pienso ir a sitios tranquilos en los que me conozcan los meseros, como Las acacias. Por la mitad de lo que vale un plato en Criterión uno puede comprar acciones de Las acacias. Lo malo es que, como es una fonda paisa, uno puede encontrarse ya no a José Obdulio, sino al presidente Uribe midiendo carrieles y hablando de yeguas con el Ministro de Transporte. Y en ese caso, es mejor irse a vivir a Anolaima.
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