Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/10/28 10:35

Entender al No

Tras el rumbo que ha tomado el Acuerdo con las FARC, es necesario que la academia se enfoque en las razones de la ciudadanía en la votación del pasado 2 de octubre.

Juan Carlos Rodríguez Raga. Foto: Semana.com

La política es estratégica. Esta obviedad no implica de manera alguna que en política todo vale. Hay límites normativos éticos o legales cuya violación la sociedad tiene el derecho y el deber de denunciar. El 2 de octubre pasado en gran medida ganaron el odio y el miedo pero, sobre todo, ganaron los promotores del odio y el miedo quienes deliberadamente explotaron a fondo estas emociones colectivas en buena parte con desinformaciones y mentiras que los medios de comunicación no supieron contrastar y que el gobierno y otros promotores del acuerdo no lograron desactivar (quizás pensando que bastaba con la manifiesta superioridad moral de su causa).

Mi análisis de la realidad política que creó este resultado -desolador para muchos, incierto para todos-, y de las propuestas que hasta el momento han presentado quienes se oponen al acuerdo original, me lleva a la conclusión de que la salida al impasse y la posibilidad de que se logre implementar pronto un nuevo acuerdo con las Farc debe pasar de nuevo por las urnas.

Además de las razones relacionadas con la legitimidad que una nueva votación le daría a una versión reformada del Acuerdo o, lo que es lo mismo, con el déficit de legitimidad en que quedaría de adoptarse por una vía diferente a una refrendación, existen motivos estratégicos que, a mi juicio, justifican esta arriesgada alternativa. Parto del principio que es más eficiente (menos costoso, más probable) construir coaliciones que consensos, especialmente dado que varias de las propuestas que presentó el principal vocero del No, el Centro Democrático, son inviables y/o inaceptables para las partes y para la ciudadanía. (La búsqueda de la verdad y la reparación de las víctimas de todos los actores armados, por ejemplo, debería ser uno de las líneas rojas de la sociedad.) Esta actitud del CD desnuda a mi juicio su intención de vetar cualquier acuerdo posible y traiciona a los muchos votantes del No que de verdad quieren la paz. Ante ese panorama, entonces, una versión revisada del acuerdo no debería desgastarse en tratar de complacer al uribismo, lo cual es improductivo y también innecesario, sino buscar convencer a una mayoría de votantes lo más amplia posible.

Sabemos, por estudios como los que hemos hecho desde el Observatorio de la Democracia, que las principales objeciones de la población giran alrededor de los temas de justicia y de participación política de excombatientes. En el tema agrario, la mayoría de los ciudadanos apoyaría la restitución e incluso la redistribución de tierras. Los mecanismos de implementación del acuerdo (facultades extraordinarias, fast track, incorporación al bloque de constitucionalidad) constituyen una filigrana jurídica que, creo, no trasnocha demasiado al elector. Y, por el camino, algunos enemigos del proceso de paz hábilmente le entreveraron a su campaña prejuicios religiosos alrededor del embeleco de la “ideología de género” que poco tienen que ver con el acuerdo.

Si aceptamos entonces las premisas planteadas, el foco debe ser la ciudadanía y no las élites políticas. Y el reto, al menos desde la academia, es tratar de entender en el mayor detalle posible las razones de quienes votaron No el pasado 2 de octubre. Además de aventurar la difícil estimación de cuánto hay que modificar el acuerdo en materia de justicia y participación para que la coalición incluya a la vez a una mayoría calificada de ciudadanos y a las FARC, este reto implica tratar de responder preguntas empíricas tales como: ¿Qué porcentaje de quienes votaron No lo hicieron por razones religiosas? ¿Cuántos de éstos son cristianos evangélicos? (No creo que las iglesias cristianas hayan sido tan determinantes en el resultado del plebiscito; si el voto religioso inclinó la balanza en contra del acuerdo, la responsabilidad recae mucho más en la jerarquía católica.) ¿Qué porcentaje de quienes votaron NO lo hicieron engañados? ¿Qué porcentaje de los ciudadanos votaron y votarán siempre como les dice Uribe?

Además de mantener la movilización ciudadana que presione por un pronto acuerdo, tarea difícil pero muy importante, propongo entonces esta agenda colectiva de investigación que, creo, no da espera. De comprender bien las actitudes (temores, expectativas) de quienes votaron No el pasado 2 de octubre y, sobre todo, de exponer en qué estas actitudes no están bien representadas por quienes fungen como sus voceros, dependen la refrendación y eventual implementación de un nuevo acuerdo de paz con las FARC.

Profesor de Ciencia Política y codirector del Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes - En Twitter: @jotacerrerre 

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