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Opinión

  • | 2016/03/08 09:04

    Pax Uribista y Pax Santista

    La política es el arte de lo posible, y la mayor diferencia de las dos concepciones está en que la Pax Uribista, al no ser realista, lo único que garantiza es la continuidad de la guerra.

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El tema más importante para la historia política colombiana es cómo culminar el conflicto que durante las últimas décadas ha caracterizado y permeado toda la vida nacional. Se trata no sólo de resolver el fin de este capítulo de nuestra historia, sino la manera de afrontar los años venideros. No es de extrañar entonces que sea esta la más importante discusión política de nuestros días y qué en torno a ella se produzcan las más altas pasiones. Igual ha sucedido en otros países frente a desafíos de similar magnitud. Por esto es importante no banalizar la discusión entre el uribismo y el santismo, pues -aparte de los sesgos personales-  en el fondo del problema hay dos visiones de fondo sobre la historia y el conflicto colombiano.

La pugnacidad de nuestros días tiene pues un hondo calado y resulta necesario entender la importancia de las diferencias. Ambos grupos dicen querer la paz, pero la forma en que la conciben resulta totalmente contrapuesta.

La primera diferencia, quizá la más relevante para la negociación, es que la Pax Uribista se concibe como un acuerdo de entrega de las armas a cambio de reinserción a la vida civil.  Un modelo similar al que usó el propio Uribe con los paramilitares: sin discusiones de fondo sobre la naturaleza del conflicto y sin concesiones por parte del establecimiento aparte del compromiso de proteger la vida de los reinsertados. El problema de este planteamiento es que para las Farc equivale a una rendición, pero las rendiciones sólo se consiguen una vez se derrota al enemigo. Y la verdad es que las Farc no fueron derrotadas. Algunos como el senador Rangel subrayan que los paramilitares tampoco, pero en ese caso eran estos quienes querían negociar aprovechando las circunstancias favorables que rodeaban el momento de la negociación. Las Farc, por el contrario, nunca aceptaron la oferta de sometimiento que les hizo reiteradamente el propio  Uribe.

Por supuesto, el uribismo quería continuar la estrategia de confrontación militar con las Farc hasta conseguir la ansiada victoria. Y estaban dispuestos a todo - y todo es todo - con tal de lograrlo: modificar la constitución, permitir la reelección indefinida, eliminar la independencia judicial y acabar con quien se pusiera al frente, pues quien no estaba con ellos estaba contra ellos.  

La Pax Santista parte de reconocer que la confrontación militar continuada no sólo podía resultar estéril, sino que generaría una enorme cantidad de victimas y daños adicionales durante la prolongación de la guerra. Como decía Napoleón, solo los insensatos creen saber cuando van a  terminar las guerras, y la nuestra, de cinco décadas no iba a concluir así de fácil. Pese a todo el esfuerzo militar y financiero, los años recientes de confrontación no disminuyeron  más de un 25% la capacidad militar de la guerrilla: no se logró terminar con su cúpula ni con su capacidad de reclutamiento y financiación. El análisis, pragmático y moral a la vez, es que resulta mejor para Colombia terminar el conflicto con una negociación que apostarle a una prolongación incierta y dolorosa. Así pues, la visión santista reconoce que la rendición era inviable y la negociación constituía la única vía.

El segundo punto, que enfrenta las dos concepciones es justamente el del contenido de la negociación. El Uribe opositor enfatiza que nada debe negociarse, pero el que ejerció la Presidencia estaba dispuesto a negociar, incluso una Asamblea Constituyente. La única línea coherente entre ambos, el opositor y el gobernante, es que no se puede modificar el status quo, especialmente aquel que se ha generado como fruto de la guerra en las regiones. Por eso su negativa a concesiones políticas especiales para la guerrilla pues las mismas derivarían en modificar las relaciones de poder.

La Pax Santista no modifica de facto las relaciones de poder.  Ofrece, eso sí, condiciones para que los grupos subversivos pasen a hacer política, lo cual es la médula de cualquier negociación de paz en cualquier parte del mundo. Posiblemente muchas de estas garantías las habría dado Uribe si estuviera al frente del Estado, ¿o es que acaso les prohibiría formar un partido político? El uribismo pretende que quienes estuvieron liderando la guerrilla no hagan política, y más bien se sometan a la justicia, pero no considera que quienes hicieron la guerra del otro lado puedan estar sometidos a las mismas reglas. La Pax santista incluye un sistema de justicia transicional y reparativa que reconoce los derechos de las victimas sin impedir la reconciliación.

Por último, como consecuencia del punto anterior, la Pax Santista es una paz con reformas, implica que Colombia realice tareas para superar la situación que ha permitido que el conflicto se enquiste en la sociedad colombiana. Esto incluye la denominada paz territorial para posibilitar la transformación de los territorios que más ha sufrido la violencia. La Pax uribista no sólo no contempla reformas, sino que se opone a que las mismas sean fruto de la negociación.  Las reformas se derivan de  loas aspectos centrales acordados en La Habana: desarrollo rural, participación política, y un nuevo sistema de justicia transicional afectarán claramente el status quo que con tanto ahínco defiende el uribismo.

Seria posible seguir enumerando diferencias, pero basta destacar que la política es el arte de lo posible, y la mayor diferencia de las dos concepciones está en que la Pax Uribista, al no ser realista, lo único que garantiza es la continuidad de la guerra. La Pax Santista es la paz pragmática, la que se puede hacer aquí y ahora para salvar a las futuras generaciones de vivir un país ensangrentado y abrir las puertas a una Colombia distinta.

*Director del Centro de Análisis y Asuntos Públicos. Ex Viceministro del Interior y Ex asesor del equipo negociador del gobierno en La Habana.

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