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Opinión

  • | 2016/04/22 16:05

    Dilma, la corrupción y la izquierda

    Nadie ha acusado a Dilma Roussef de haber robado. Pese a ello está a punto de ser destituida de su cargo como Presidente de Brasil por culpa de la corrupción imperante en ese país.

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¿Una injusticia? ¿Un atropello?¿Un golpe de Estado?¿Una prueba de que la izquierda no puede gobernar en América Latina?

Ninguna de las anteriores. Simplemente prueba de que cuando las sociedades avanzan están menos dispuestas a tolerar la corrupción y la ineficacia estatal.

Durante los últimos lustros, Brasil ha tenido un desempeño económico espectacular. Un país estrella de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) llamado a liderar el reequilibrio del orden mundial. Su éxito le permitió impulsar Unasur, ser el fiel de la balanza en las Américas, la contracara del imperialismo norteamericano. Ya no más…al menos por ahora.

Brasil logró, como ningún otro país latinoamericano, aprovechar la bonanza de las materias primas y la mala hora de las economías desarrolladas. Luego de que la casa fue puesta en orden, gracias a Fernando Henrique Cardoso, llegó al poder la izquierda con el Partido de los Trabajadores y el carismático Lula a su cabeza. Nadie dijo en ese momento que a la izquierda no la dejaban gobernar. Gobernó. Y gobernó bien. Tanto que Lula fue reelegido y su partido continuó en el poder luego de 8 años, con el triunfo de Dilma, quien tambien logro la reeleccion, aunque no la tuvo tan fácil.  

La pobreza retrocedió en forma espectacular, el país creció de manera portentosa. Pero la economía no lo es todo. Millones de personas entraron a la clase media. Con mayores ingresos, mejor educación y mayor autonomía, la clase media empezó a demandar un Estado a la altura de sus expectativas y el Partido de los Trabajadores no se lo dio. No es solo la economía, estúpidos, parodiando a James Carville. Son las instituciones. Y las instituciones no estuvieron a la altura del reto. Y la ciudadania, inconforme, encontró en el PT a quien culpar.

Victimas de su propio éxito, podría decirse.

El PT se preocupó de la economía. Trato de mantener las finanzas sanas. Se apartó del populismo chavista. Demostró que la izquierda puede gobernar y hacerlo bien, pero   se le olvidó que es necesario transformar las instituciones y para ello hay que lidiar con la política. En lugar de cambiar la política, el  PT se adaptó a la forma tradicional de ejercerla. Con un pragmatismo singular decidió que si los políticos eran corruptos, pues había que entrar en su juego. Lo primero que ocurrió, en tiempos de Lula, fue la compra de congresistas asignándoles sueldos extras en el escándalo conocido como el Mensalao (o las mensualidades). El escándalo acabó con la carrera política de José Dirceu, hombre fuerte del PT, llamado a suceder a Lula, pero el PT logró que no se le juzgase como responsable. Fueron hechos aislados, como diríamos en Colombia.

En lugar de aprender la lección y tratar de cambiar el sistema, el PT ingenió una forma más inteligente de corrupción. No podían ser tan ingenuos como para pagar directamente a los congresistas, lección aprendida. Asi que la alternativa fue poner en marcha un complejo mecanismo de desvio de los recursos públicos. Empresas contratistas les pagarían a los políticos y  cada cual buscaría los mecanismos para resolverlo de tal forma que no hubiese una operación central concertada. Todo funcionaba bien, hasta que los descubrieron. Y no porque los estuvieran persiguiendo sino por  casualidad. Un juez de Curitiba empezó a rastrear una pista de una operación de  lavado de dinero (operación lava jato) y esa pista condujo al  partido de gobierno, el de  Dilma.

Y Dilma resultó responsable ante la opinión por la corrupción evidente. Si no sabía nada, como parece, la opinión la juzga como incompetente por no haber hecho nada contra la corrupción. Y si sabía, la considerarían cómplice, cosa que nadie ha probado hasta ahora.

A diferencia de lo que ocurrió durante el Mensalao en el gobierno de Lula, la opinión reaccionó en forma diferente. Una cosa es la corrupción cuando la economía crece y el país está boyante y otra cosa cuando la economía va mal y el país no encuentra el rumbo. Cuesta reconocerlo, pero la tolerancia a la corrupción parece directamente proporcional al crecimiento .

Durante los 14  años de gobierno de la izquierda en Brasil no se ha hecho nada para acabar con la corrupción, al contrario el sistema ha convivido con ella y se ha  aprovechado de ella. Como han señalado varios analistas de ese país, la corrupción no es parte del sistema: es el sistema. La gobernabilidad del PT ha sido posible gracias a un fuerte esquema de uso de recursos públicos para asegurar las mayorías parlamentarias y eso es lo que la opinión pública le está cobrando a Dilma.

Las lecciones son  muchas, especialmente para la izquierda latinoamericana. No se puede cree que basta con mejorar las políticas sociales.  Si se quieren transformar las sociedades latinoamericanas, resulta necesario transformar la política y en el corazón de esa transformación debe estar la transparencia. Consolidar la democracia requiere sociedades más igualitarias, cierto, pero  también una política más transparente. No hay que olvidarlo.

*Consultor Político

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