Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/09/23 23:10

La gobernabilidad después del plebiscito

El próximo 2 de octubre ganará el Sí. Pero del margen de esa victoria dependerá no sólo el éxito de la implementación de los acuerdos, sino el futuro de la democracia en los años venideros.

Juan Fernando Londoño. Foto: Daniel Reina Romero

El próximo 2 de octubre ganará el Sí. Pero del margen de esa victoria dependerá no sólo el éxito de la implementación de los acuerdos, sino el futuro de la democracia en los años venideros.

Ya el uribismo anunció que si pierden no se van a prestar para acuerdos políticos sino que lucharán para conseguir el poder en 2018 y reversar así lo acordado. Lo de ellos no es, nunca ha sido y por lo pronto, tampoco será, la búsqueda de acuerdos que permitan que Colombia disfrute los beneficios de la paz. El reto de las fuerzas democráticas y pacifistas es resolver como lidiar con el reto que implica esta situación.

La tentación inicial es empezar a actuar como ellos. Decir mentiras, exageraciones y verdades a medias de forma consistente, desparpajada y sistemática. El problema de esta vía es que actuar como ellos es empezar a darles la razón. Cuando todos somos mentirosos desaparece no sólo la verdad sino la convivencia misma. El ojo por ojo no produce a un tuerto como rey sino una comunidad de ciegos. De ciegos que se odian.

Caer en su mismo juego no nos convertirá en el mejor país que queremos quienes luchamos por la paz, sólo en un país igual de mediocre pero con menos muertos. Esa no es la vía.

Esta división no fue producto del plebiscito, como señalan algunos. La fractura de nuestra sociedad estaba allí, ha estado allí y permanecerá allí mientras algunos insistan que no hay espacio para que la izquierda pueda gobernar el país. Antier fue la derecha laureanista, ayer el paramilitarismo y hoy el Centro Democrático, siempre una fuerza política dispuesta a mantener el estatus quo, sostener los privilegios y negarle el derecho a quiénes están en el otro lado del espectro político a competir o siquiera aspirar a gobernar. Por supuesto, hay que reconocer que son mejores las mentiras de Zuluaga que la moto sierra de Castaño, en eso hemos avanzado. Mejor Uribe buscando ganar en 2018 que los enemigos agazapados de La Paz de los ochenta entrenando paramilitares en el Magdalena Medio. No hay que perder eso de vista.

Pero la falta de espíritu democrático para respetar y acoger los resultados del plebiscito tiene que prender las alarmas sobre una fuerza con escasa vocación democrática y de convivencia. En este escenario el reto del posplebiscito es mantener unida la coalición por la paz que ha surgido para la votación de octubre. Esa coalición deberá expresarse en el trámite de los proyectos para implementar los acuerdos y así cumplir la voluntad popular.

Pero el verdadero desafío es construir un pacto para que sus candidatos tengan el compromiso de honrar la votación popular y mantener la ruta de construcción de paz establecida en los contenidos del acuerdo aprobados por los ciudadanos. De manera similar a la coalición que en Chile se enfrentó al pinochetismo y logró mantener la ruta de la democracia, debe surgir una coalición por la paz para mantener la ruta de reconstrucción y la convivencia.

No será fácil, especialmente porque a mediados del próximo año estaremos ya en campaña y los políticos estarán más preocupados por arreglárselas para ganar la elección presidencial, pero justo por eso es tan importante quiénes están con la hoja de ruta de los acuerdos y quienes por su derogatoria.

Para enfrentar este escenario lo curioso es que una sola fuerza, el uribismo, tiene un exceso de candidatos: Oscar Iván Zuluaga, Carlos Holmes Trujillo, Iván Duque, Marta Lucía Ramírez, Alejandro Ordóñez y Juan Lozano, luchando por ser el ungido del expresidente Uribe. Del otro lado, lo contrario, muchos partidos: La U, los liberales, el conservatismo, los verdes, el Polo, las minorías, la fuerza que surja de las FARC, y solo un par de candidatos viables: de La Calle y Sergio Fajardo. Y en el medio de todos, Vargas Lleras con su Cambio Radical. Lo paradójico es que este último puede terminar siendo el fiel de la balanza, pues una alianza suya con la derecha uribista igualaría las fuerzas, mientras que su presencia en la coalición de paz garantizaría a ésta la ventaja.

No será fácil, de verdad. Ganar el plebiscito es sólo la cuota inicial de construir la paz. La polarización va a continuar, pero la presencia de unas FARC desarmadas, en la vida civil y cumpliendo los acuerdos puede ser la mejor garantía de que las fuerzas reaccionarias no alcanzarán el poder. Cuando los hechos desmientan al uribismo, es posible que los colombianos recapaciten y opten por castigar a los que han hecho de la mentira y el engaño en esta campaña su principal arma de lucha.

Veremos entonces si como dijo el Maestro Estanislao Zuleta, “una sociedad madura para el conflicto es una sociedad preparada para la paz”.

* Exviceministro del Interior.

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