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Opinión

  • | 2016/06/10 14:08

    La resurrección de la democracia participativa

    Cerrar el ciclo del conflicto armado con la participación de los ciudadanos puede ser bastante prometedor para el tipo de democracia que puede surgir en los años venideros.

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Durante los últimos 25 años la democracia participativa ha vivido más en el texto de la Constitución de 1991 que en la realidad de la vida política colombiana. La razón principal ha sido el llamado temor al pueblo, que no es otra cosa que la aversión a someter las decisiones a consulta de los ciudadanos. Curiosamente, eso parece estar cambiando. Y para bien.

En el pasado quienes legislaban buscaron que la democracia directa no saliera del papel, pues llenaron las reglas de umbrales, requisitos y dificultades que los pocos que  intentaron usarlos solo sufrieron desilusiones. Todos los intentos de revocatoria fracasaron, las iniciativas populares fueron archivadas y el referendo de Uribe fallido.

Ahora la situación luce distinta. Para empezar el presidente ha defendido a capa y espada que los acuerdos de paz sean avalados en las urnas por los ciudadanos. Nunca antes se había hecho con ningún acuerdo y todos los actores políticos parecen estar de acuerdo con la idea, aunque no con la forma como se ha planteado. Las Farc han planteado una constituyente y el uribismo quiere un referendo. Cada cual con sus propias ideas al respecto, pero todos compartiendo la premisa de que el pueblo tenga la última palabra. Nada mal para un país acostumbrado a los pactos de élites.

Que todos quieran a la gente votando, no quiere decir que los quieran para lo mismo. El gobierno busca facilitar que se vote y para ello propone un Plebiscito con el umbral más bajo de la historia y evitar así ser derrotado por el peor enemigo de los mecanismos democráticos en  Colombia: la abstención. Las Farc quieren una constituyente pero en la cual les asignen las curules a dedo y en las que puedan asegurar lo que se negoció en La Habana y poner sobre el tapete todo aquello que les han negado durante el proceso. Finalmente, el uribismo quiere un referendo para que su labor de desinformación de los acuerdos pueda progresar ante la opinión llenando de objeciones cada punto y buscando que la abstención sea su aliada.

Cerrar el ciclo del conflicto armado con la participación de los ciudadanos puede ser bastante prometedor para el tipo de democracia que puede surgir en los años venideros. De los pactos de caballeros que originaron el Frente Nacional salió una política pacifista pero oligárquica, esta vez se vislumbra un futuro distinto. Una cosa es hacer política con la gente y otra de espaldas a ella, como ha sido la tradición.

Pero no solo la paz ha puesto la democracia participativa sobre el tapete. También las consultas populares sobre minería han abierto una “veta” de oportunidades para que los ciudadanos resuelvan qué clase de desarrollo quieren en su territorio. En este caso, el consenso es mucho menor, el gobierno nacional, la Procuraduría y por supuesto las mineras han hecho frente común contra esta posibilidad. Sin embargo, al paso que van resulta poco probable que puedan evitar que los ciudadanos se pronuncien, pues lo harán en las urnas o lo harán en las calles, mejor que sea lo primero.

Cuando las élites deciden apelar al pueblo para resolver los conflictos, y cuando las comunidades procuran usar los mecanismos institucionales para poner sobre el tapete los temas que les preocupan, la democracia se vuelve el verdadero nombre de juego. Si a esto se suma la terminación de la combinación de la lucha política con el uso de las armas, las perspectivas para la democracia colombiana resultan, como nunca antes en nuestra historia, promisorias. Quizás la Constitución del 91 languidezca para algunos, pero su espíritu parece por fin tomar cuerpo.

*Consultor

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