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Opinión

  • | 2014/06/03 00:00

    El propósito de la paz

    No sólo se trata de decir que cualquiera puede firmar la paz, como engañosamente la campaña de Zuluaga ha intentado convencer a la opinión.

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Existen dos formas de hacer la paz: silenciar los fusiles y que todo siga igual o terminar la guerra para que Colombia pueda empezar un ciclo de cambios que conduzcan a transformaciones reales en el país.

La primera, es la paz del uribismo. La segunda, la paz del actual proceso de La Habana.

El problema no es entonces solamente quién puede hacer la paz, sino también para qué quiere hacerla. Esa es la real elección del próximo 15 de junio.

El uribismo representa el estatus quo, el predominio de los intereses de los poderosos, amén del todo vale. Su modelo de negociación es el del sometimiento porque en Colombia no hay, ni ha habido, conflicto armado, sólo una amenaza terrorista. Por eso durante su gobierno el expresidente Álvaro Uribe buscó tan insistentemente la paz mediante la derrota militar. Ahora que existe un proceso en marcha y que resulta tan difícil romperlo quieren transformarlo en un simple sometimiento a la justicia. Será muy difícil que las FARC acepten que les cambien las reglas en la mitad de la partida, pero nadie querrá asumir la responsabilidad de terminar las negociaciones frente a la primera expectativa cierta de paz que tenemos los colombianos en nuestra historia.

La alternativa al modelo del sometimiento es el proceso de La Habana. Inspirado en la búsqueda de una paz estable y duradera, la negociación consiste en acordar una serie de acciones para que desde el Estado se produzcan las transformaciones que remuevan las causas y estructuras que han hecho de Colombia una sociedad violenta por antonomasia. Las guerrillas se incorporarían a ese Estado en cuanto aceptan la legitimidad del mismo mediante la firma del acuerdo de paz y como consecuencia participan en la vida política sin armas y mediante unas reglas que se elaboran para facilitar dicho tránsito a la vida civil.

En un excelente libro, que muy pronto deberá convertirse en obra maestra de la ciencia política en Colombia, titulado “El orangután con sacoleva”, Francisco Gutiérrez ha identificado los tres factores que explican por qué en Colombia conviven las formas electorales de la democracia con altos niveles de violencia y represión. Dichos factores son la ausencia de claros derechos de propiedad rural, la privatización de la seguridad (y otras funciones estatales en las regiones) e inadecuados mecanismos de relacionamiento político entre líderes regionales y nacionales. Estos temas han sido abordados en La Habana mediante los acuerdos sobre desarrollo rural, participación política y lucha contra el narcotráfico.

La firma de la paz debe ser la oportunidad para que el país aborde seriamente la modificación de ciertas condiciones estructurales y así remover todo aquello que ha originado y facilitado el recurso a la violencia como forma de resolución de los conflictos. Hacerlo de este modo es también la mejor manera de rendirles tributo a las víctimas de todas estas décadas de guerra, pues al menos al final de la confrontación emergerá un mejor país.

No se trata entonces solamente de decirle al país que cualquiera puede firmar la paz, como engañosamente la campaña de Zuluaga ha intentado convencer a la opinión, sino de aclarar también para qué se quiere la paz y en eso, la trayectoria del uribismo es suficientemente clara: para ellos la paz debe asegurar que tengamos, por siempre, más de lo mismo.
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