Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2016/08/01 11:44

El “Tapón del Darién”: inicio de un azaroso viaje

La migración desde Centroamérica hacia Urabá puede causar problemas sociales, humanos, sanitarios y de seguridad en medio de la violencia de la región.

Julio Londoño Paredes (*) Foto: Semana.com

La afluencia de millares de cubanos, haitianos, africanos y asiáticos a Urabá con la esperanza de llegar a Estados Unidos, auspiciada por funcionarios corruptos de diversas entidades colombianas, puede causar todo tipo de problemas sociales, humanos, sanitarios y de seguridad en una región que ha sido agobiada por la violencia.

Durante décadas Colombia hizo inútiles gestiones para romper el llamado “Tapón del Darién”, que nos separa de Panamá e interrumpe la continuidad de la carretera que debía unir a Tierra del Fuego, en los confines de Chile y Argentina, con Estados Unidos y Canadá.

Se decía en los años 1960 que lo que impedía la construcción del tramo de la vía en territorio colombiano, desde las lomas de “Las Aisladas” y el río León hasta la frontera con Panamá, era una extensa zona pantanosa que representaba dificultades técnicas insalvables y enormes costos.

Ni Estados Unidos, ni los organismos internacionales de crédito estuvieron dispuestos a financiar la obra. Tampoco el gobierno panameño se interesó nunca en construir el tramo que le faltaba para empalmar con el segmento colombiano en la frontera común. Afirmaba, entre otras cosas, que se enfrentaban difíciles obstáculos naturales; que se podría producir un grave daño ambiental y que se afectaría la reserva de los indios katíos.

Sin embargo, a pesar de que los avances de la ingeniería dejaron de lado buena parte de las dificultades técnicas y que el presidente Uribe propuso una nueva ruta, los panameños no estuvieron dispuestos a trabajar en el trayecto dentro de su territorio. De manera que la carretera Panamericana sigue interrumpida.

Informalmente explicaban que ni ellos, ni los norteamericanos, ni los demás Estados centroamericanos, especialmente Costa Rica, apoyaban la construcción de la vía. Consideraban que sería una autopista expedita para el ingreso de grupos armados y de delincuentes colombianos a Panamá y Costa Rica, países tranquilos sin medios para enfrentarlos; que la droga proveniente de Colombia los inundaría y que, para completar, sus países se transformarían en el paso obligado de todos los que pretendieran ingresar ilegalmente a Estados Unidos.

El vertiginoso aumento de la presencia de cubanos en Urabá no se deriva de las precarias condiciones en que viven en su país, ya que antes eran peores. Lo que sucede es que saben que la llamada “Ley de Ajuste Cubano”, mediante la cual decenas de miles de sus familiares y amigos han logrado fácilmente la residencia y la ciudadanía en Estados Unidos, será derogada en breve con la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Naturalmente que con las “condiciones favorables” que encuentran en Colombia, los cubanos, así como los haitianos, africanos y asiáticos, para emprender una travesía incierta, larga y peligrosa hacia Estados Unidos, prefieren viajar a Urabá. De otra manera sería más lógico que intentaran llegar directamente a un país centroamericano, ya que se ahorrarían miles de kilómetros. Ese fenómeno se viene presentando de tiempo atrás: menos mal que ha sido detectado.

Es una mala perspectiva para esa región. Seguramente están presentes los “coyotes” que se comprometen a dejar a sus clientes que sobrevivan en territorio norteamericano, previo el pago de miles de dólares; los  tramitadores, profesión muy extendida en nuestro país; así como los extorsionistas y otros grupos de las mismas características. Igualmente muchos migrantes serán utilizados como “mulas” para llevar droga hacia Estados Unidos y Centroamérica: al fin y al cabo, somos los primeros productores de coca del mundo.  

Si la carretera Panamericana estuviera finalizada, nuestras Fuerzas Armadas, las autoridades migratorias y otros funcionarios del Estado tendrían que estar haciendo cursos intensivos sobre migraciones en Turquía y Grecia. La única diferencia es que no tendríamos a Alemania, ni a la Unión Europea para que nos ayuden.


(*) Profesor de la facultad de gobierno, ciencias políticas y relaciones internacionales de la Universidad del Rosario

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