Viernes, 20 de enero de 2017

| 2016/02/29 08:25

Bolivia y Ecuador: ¿mesianismo o desastre?

Ni el mesianismo ni la repartición de prebendas para lograr apoyos pueden ser los parámetros para gobernar: eso siempre tarde o temprano sale mal.

Julio Londoño

Antes de que Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en el Ecuador fueran elegidos, estábamos  acostumbrados a que en los dos países la inestabilidad era la regla general y que los militares se proclamaran como árbitros en las cotidianas crisis internas. Hasta el punto que pocos sabían con precisión quien era en un momento determinado el mandatario de turno.

En Bolivia los golpes y los contragolpes de estado se sucedían casi ininterrumpidamente. Cuando no se derivaban del enfrentamiento con los mineros, con los campesinos o con los indígenas, surgían como consecuencia de los apetitos de la maleada clase política liderada por figuras que tradicionalmente habían controlado al país.

En medio de esta situación, Bolivia ha debido enfrentar el reto de la pérdida de su salida al mar y de una dependencia política y económica de Brasil y Argentina, los dos gigantes que tiene a su lado.

Pero ahí no paran las cosas. Con Paraguay y Perú, las relaciones no han sido fáciles. Con Paraguay las secuelas la Guerra del Chaco entre 1932 y 1935, con un sangriento saldo de cerca 100.000 muertos, solo hasta 2009 quedaron superadas. Frente al Perú las diferencias han sido frecuentes. 

De un momento para otro, asumiendo el papel de un mitológico emperador incaico surgido de las aguas del Lago de Titicaca, aparece Evo Morales que con lemas “anti yaquis” y “anti imperialistas” y utilizando el pugnaz leguaje chavista, incluso contra Colombia, se erige como “el gran salvador”.

A pesar de todas las críticas, por primera vez Bolivia logró una estabilidad política que parecía imposible y experimentó una mejoría en la situación social y económica del país que no se había visto antes.

Algo parecido sucedió en el Ecuador. La permanente confrontación entre el congreso y el ejecutivo, la beligerancia de los grupos indígenas, las rivalidades entre Quito y Guayaquil y la prevalencia de los militares llevaron al país a que en diez años tuviera doce presidentes. Colombia era generalmente el destino de los derrocados.  

Al llegar Correa, cerró la base norteamericana de Manta, impuso severas limitaciones a la prensa y se hizo el de “la vista gorda” ante la presencia de las FARC en la frontera con Colombia. Sin embargo durante su mandato se ha generado una época sin precedentes de progreso y estabilidad.

Cuando los mandatos Morales y Correa se aproximan al final, se experimenta en sectores de ambos países una sensación de orfandad. Muchos temen volver a la condición anterior. La respuesta de los allegados es que la única garantía es la continuidad de los regímenes, como pretende hacerlo el chavismo desde la ultratumba, mediante sencillas reformas constitucionales patrocinadas por los amigos de turno en los congresos.   

Sin embargo Evo fue derrotado “temporalmente” en un intento de facilitar su reelección en el 2020 y Correa, de 52 años, logró una reforma que le permitirá aspirar nuevamente a la presidencia en el 2021.

Ni el mesianismo ni la repartición de prebendas para lograr apoyos pueden ser los parámetros para gobernar: eso siempre tarde o temprano sale mal.    

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