Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/09/26 13:45

Problemas de credibilidad

La credibilidad y el valor para asumir responsabilidades por hechos y decisiones tanto domésticos como de política exterior, así como la entereza para no tergiversarlos, son calidades que las opiniones públicas exigen de sus dirigentes.

Julio Londoño Paredes. Foto: Semana.com

La opinión de los norteamericanos sobre sus presidentes y candidatos, está guiada frecuentemente por la credibilidad que les merecen. Si son sorprendidos en una mentira o tergiversación o si infieren no han tenido el valor para asumir su responsabilidad en momentos críticos, por más cualidades que puedan tener, su aceptación se viene al piso.

Durante todo el año 1960, el Presidente Eisenhower planeó cuidadosamente la invasión a Cuba para derrocar a Fidel Castro. El plan fue “heredado” por Kennedy que asumió la presidencia en enero de 1961. Dos meses después, el 15 de abril, se inició la operación que fue aplastada en menos de 72 horas por el ejército cubano. Kennedy, en lugar de “echarle la culpa” a su antecesor, asumió la responsabilidad por el tremendo fiasco político y militar. Los norteamericanos ante esa actitud, pasaron por alto el revés y siguieron apoyando al mandatario.

Tiempo después el presidente Jimmy Carter, con entereza afirmó que él era el único responsable por un frustrado rescate militar de los rehenes norteamericanos en Teherán. No descalificó a las fuerzas especiales que participaron en la operación ni culpó al clima o a la mala suerte del fracaso. A pesar de que el incidente influyó en que no fuera reelegido, se lo reconoció en los Estados Unidos como un hombre probo y valiente, que le valió para proyectarse como uno de los líderes mundiales en la defensa de los derechos humanos y en la solución de conflictos.

Cuando Bill Clinton se vio envuelto en el problema con Mónica Lewinsky, a los norteamericanos no les importó tanto el morboso hecho, sino que el mandatario pudiera haber mentido ante la opinión pública. Solamente la buena administración que había realizado, lo salvó a duras penas del desastre.

Ahora Hillary Clinton está afrontando también un problema de credibilidad luego de que por el desmayo que sufrió en un acto público en New York, se la ha acusado de estar ocultando su estado general de salud. Se recordaron entonces una serie de imprecisiones en las que había incurrido : el grado de confidencialidad que ella afirmó tenían los mensajes enviados desde su correo personal como secretaria de estado; su versión sobre los hechos en la embajada de los Estados Unidos en Benghazi; su afirmación “heroica” pero inexacta de que, como secretaria de estado, había llegado a Bosnia en medio del “fuego de francotiradores”, cuando fue recibida con flores y poesías, e incluso su manifestación populista pero no cierta, de que sus abuelos habían sido “inmigrantes”.

El problema es que ahora, aunque diga la verdad, muchos norteamericanos no le creen.  Algunos consideran que esa es una de las razones por las que está empatada en las encuestas con Trump, no obstante que, por las características de su rival, debía llevarle una impresionante ventaja.

Esas falencias se observan también en latinoamericana. Para no mencionar sino un caso, el presidente de la Argentina la pasada semana en el marco general de su publicitada intervención en Naciones Unidas, expresó que en una fugaz conversación, la primera ministra del Reino Unido había aceptado dialogar sobre la soberanía de las Malvinas. Después de una inmediata y tajante rectificación británica, sus asesores se vieron obligados a aclarar que en realidad la señora May sólo le había manifestado la posibilidad de hablar sobre “todos los temas”.

La credibilidad y el valor para asumir responsabilidades por hechos y decisiones tanto domésticos como de política exterior, así como la entereza para no tergiversarlos, son calidades que las opiniones públicas van exigiendo cada vez más de sus dirigentes y de sus más cercanos asesores.

* Profesor de la facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario.

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