Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/06/20 11:38

De la opulencia al desastre

Venezuela era el paraíso para la compra de productos “importados” que en Colombia ni siquiera se veían.

Julio Londoño Paredes.

En la década de los sesentas, Colombia para sus necesidades básicas debía emplear buena parte de sus ingresos para comprar petróleo, especialmente a Venezuela. Nuestro país era austero, no había productos importados y los que se podían dar el lujo de tener un automóvil, debían resignarse a que fuera de un modelo de 15 o 20 años atrás.

Al lado teníamos a Venezuela rica, moderna y opulenta, destino soñado de muchos compatriotas, que afrontando todo tipo de riegos y dificultades trataban de ingresar a esa “panacea”.

Los hombres a desempeñar faenas agrícolas y ganaderas, mientras que las mujeres eran muy solicitadas para el servicio doméstico. Humildes “maleteros” colombianos con una pesada mochila al hombro y eludiendo a la temida Policía Técnica Judicial (PTJ) y a la Guardia Nacional, hacían extenuantes caminatas para vender cacharros en localidades rurales en el vecino país.  

Venezuela era el paraíso para la compra de productos “importados” que en Colombia ni siquiera se veían, incluyendo el whisky “etiqueta negra”, como allá lo denominaban, del que los venezolanos eran los mejores consumidores del continente.

Nadie hubiera imaginado que años después en las ciudades venezolanas muchedumbres hambrientas asaltarían almacenes de víveres para conseguir pan, que miles pugnarían por conseguir medicamentos básicos y que muchos procurarían trasladar sus capitales y radicarse en Colombia.

¿A qué obedece esta dramática situación? Puede haber muchos diagnósticos. Lo único evidente es que el modelo chavista que se implantó en Venezuela, ha fracasado estrepitosamente.

Cuba desde el ascenso de Chávez, se constituyó en el gran aliado y mentor de Venezuela. Consideró que el mandatario venezolano sería el continuador de la obra de Fidel Castro y del socialismo, que ha logrado mantener contra viento y marea desde 1959. Los cubanos pasaron sucesivamente de la época de “las vacas gordas” durante su sovietización  en la guerra fría, al durísimo “período especial” después de la caída del socialismo y de allí a una precaria recuperación con el apoyo venezolano.

Sin embargo ante el dramático cambio del entorno internacional, se adaptó a las nuevas circunstancias.  La caída de los precios del azúcar la obligaron a cerrar decenas de ingenios y a  reubicar a sus operarios. Comenzó a transformarse en receptor de turismo procedente de Canadá y de países de Europa occidental.  Creo la fama de ser una especie de “Santuario de Lourdes”, en donde todo se curaba: desde las cataratas hasta las enfermedades respiratorias y desde la obesidad hasta el cáncer. Igualmente se dedicó a vender sistemas para alfabetización –que gobernadores y alcaldes colombianos compraron- y a exportar entrenadores deportivos que también vinieron a Colombia. Entre tanto Fidel Castro  públicamente descalificó la lucha armada como medio para alcanzar el poder.

Para Cuba que se comprometió a fondo en la entronización del socialismo del siglo XXI en Venezuela, la situación de su pupilo, que proclama su eterna vigencia y que no ha tenido la habilidad para adaptarse a las circunstancias, constituye un revés político. 

Cuando un régimen coreado por sus áulicos, amenaza con negros presagios para tratar de asegurar sus postulados, corre el riesgo de que tarde o temprano todo se le precipite como un castillo de naipes…

 (*) Profesor de la Facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario

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