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Opinión

  • | 2005/03/20 00:00

    Julio Verne alrededor de Colombia

    A propósito de su centenario, Dixon Moya descubrió los lugares colombianos que aparecen en la obra del autor francés.

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El próximo 24 de marzo se conmemoran 100 años del último viaje de Julio Verne, el que seguramente le llenó de más emoción, porque su alma inquisidora debía estar ansiosa por descubrir el ignoto puerto de destino. El hombre de los viajes extraordinarios (como los bautizó su editor Hetzel), el mismo muchacho que aspiraba ser marinero mientras su testarudo padre le imponía ser abogado, padre al cual le hizo la promesa, luego de un fallido escape, de que sólo viajaría con su imaginación.

Por cuenta de ese compromiso nos terminó llevando a todos en sus increíbles recorridos a través de la geografía universal, lo que ayudó a que algunos piensen que realmente era un viajero del tiempo que se desplazó desde el futuro para descrestar a los ingenuos hombres del siglo XX, un extraterrestre con adelantados conocimientos o simplemente un escritor tan imaginativo como disciplinado. En todo caso, pilar de un género muy exitoso en el cine, pero injustamente desprestigiado en lo literario, la ciencia-ficción. Verne es uno de los escritores más editados en la historia y uno de los más interpretados en las pantallas, desde que su paisano Georges Méliès realizó Le voyage dan la lune, la primera manifestación en imágenes de las obras de Verne, versiones que en cine, video y televisión casi alcanzan el centenar.

Algunos seguimos sorprendiéndonos con las novelas de Julio Verne, por su capacidad de anticipación e investigación que exhiben. Pero también nos emocionamos porque Colombia es mencionada en diversas obras del autor francés. Hay referencias de nuestro país en Viaje al centro de la Tierra (1864), La Jangada (1881), aventura que se desarrolla en la selva amazónica. Pero donde Colombia adquiere relevancia es en El soberbio Orinoco (1898), relato de aventuras que comienza con el debate entre sus protagonistas sobre el origen del gran río americano, que uno sitúa en Venezuela y otro en Colombia, lo que motiva un viaje a través de éste para dirimirlo. Uno de los diálogos parece el consejo pasado (¿o futuro?) de Verne para valorar nuestros olvidados Llanos Orientales.

"―Pero el Meta no es más que la espita de una fuente.―Una espita de la que sale un curso de agua que los economistas miran como el futuro camino entre Europa y los territorios colombianos."

En consideración a la condición de visionario, casi profético, de don Julio, deberíamos hacerle caso. Así como este año, el gran Miguel de Cervantes remoza su eterna vigencia, de la mano de los 400 años de la publicación de la primera parte de Don Quijote, de igual forma el nombre de Verne se escuchará de cuenta de aquellos que conmemoran el centenario de su muerte. Sin embargo, no han sido 100 años sin Julio Verne; todo lo contrario, su compañía la hemos sentido muy cercana durante este siglo.
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