Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/05/15 00:00

Julito II y Benedicto XVI

Hay que reconocer que el programa de Julito está muy bien hecho. El ritmo es excelente, llaman al que es, les pasa y lo traducen más o menos bien

Julito II y Benedicto XVI

Debemos darle las gracias a El Tiempo -que siempre publica las cosas de Julito-, y a Julito -que siempre habla de las vainas de El Tiempo-, porque nos haya mostrado, en su rosadísimo 'Teléfono Rosa', el besamanos de Julito II a su santidad Benedicto XVI. No envía la foto una agencia de noticias internacional (EFE, AFP, Associated Press.) sino que ésta proviene de un "Archivo Particular", informa el periódico, y no hay que ser muy malpensados para suponer que ese archivo no es otro que el de la egoteca del protagonista. Qué ternura: las pompas y armiños y capas y anillos del Papa apoltronado en su trono intentan inútilmente sonreír ante el arreglo tan fashion de nuestro nuevo embajador extraordinario ante el Vaticano: Julito Sánchez Cristo con su terno oscuro y su colección de pulseritas en la muñeca.

Dirán que tengo envidia, que yo también estaría muerto de la dicha de ir a hacer la fila para saludar al nuevo monarca de la Iglesia Católica. Les juro que no, pero supongamos que sea así. El caso es que si yo fuera un periodista que día a día o semana tras semana le echa al régimen un lambetazo tras otro, pese a mi lambonería, al menos por mantener las apariencias, trataría de no parecer más arrodillado ante el señor Presidente, de lo erguido que estaré ante el mismísimo Papa. "¡M'hijito, venga lo llevo a Roma para que lo conozca el Santo Padre!" "Gracias, señor Presidente, aquí voy". Aunque más criticable que la vanidad halagada de Julito (todos somos vanidosos) es la manera de repartir premios a la fidelidad periodística de parte del mandatario.

El funcionario que compra con halagos la conciencia de un periodista es más de culpar que el periodista que la entrega. Uno peca por el halago y el otro halaga por pecar, como sentenció hace siglos Sor Juana. En el día en que Su Santidad saluda oficialmente a los jefes de Estado del mundo (y estos en premio permiten que se acerquen algunos de sus acólitos), entre los acólitos de Uribe, como invitado especial, está nada menos que su jefe de comunicaciones (sin cargo) en la emisora y el director del programa radial con más influencia política del país. Es más, parece que en las presentaciones el Pontífice confundió al monaguillo con el párroco, lo cual es más triste.

Cuando Roma era un Imperio, a los pobres poetas (tipo Ovidio) los enviaban al exilio o los condenaban a muerte por burlarse del César. En estos tiempos que corren, aunque sigue siendo peligroso criticar al César, es mucho más grave y arriesgado criticar al portavoz del César, quien dispone diariamente de una especie de consejo comunitario de cinco o seis horas (al que asisten muchísimas más personas que a cualquier consejo comunitario), y además con una credibilidad mucho mayor porque los oyentes lo consideran libre e independiente. En ese juicio cotidiano se puede derrumbar de un día para otro una reputación ganada a lo largo de toda una vida. Basta una ligereza, un error no tan grave, como ocurrió con Gómez Buendía, para que de la noche a la mañana uno pase de analista vigoroso a villano.

Hay que reconocer que el programa de Julito y compañía está muy bien hecho. Afónicos como yo oímos con envidia esa voz seductora y bien modulada de su director. El ritmo es excelente. Y se nota que sus esclavos y esclavas trabajan toda la noche y toda la mañana tras bambalinas (ganándose el 3 por ciento de lo que gana su jefe) para que el programa fluya como una perfecta máquina bien aceitada. Llaman al que es, en el momento que es, y el personaje les pasa, y hasta lo traducen más o menos bien. La frivolidad total, los clichés repetidos, condimentados con una que otra gota de seriedad ocasional, son un reflejo del carácter nacional. Además, el esquema de quienes hacen las preguntas es perfecto: el bueno, el malo y el gracioso.

Ustedes se habrán dado cuenta de que los periodistas radiales que entrevistan en vivo deben seguir un esquema muy parecido al de los torturadores: uno golpea fuerte, y regaña, y amenaza; otro le quita importancia a las cosas y pellizca, más que pegar; y el tercero es el bueno, el que se finge aliado tuyo y te defiende, y ya en la intimidad te saca por las buenas toda la información. En el programa de Julito, tan exitoso, este esquema funciona a la perfección: Félix de Bedout se puede permitir ser incisivo, independiente y duro, pues para eso está ahí; Alberto Casas es el cachaco de los apuntes y los chascarrillos bogotanos, con una punta de maldad; y el bueno, el fashion, el seductor, es Julito con su casi perenne simpatía que lo lleva tan lejos hasta que el César lo nombre su acompañante privado para darle un saludito al Santo Padre.

Es el país que tenemos, y el periodismo que nos merecemos. Además, todos los criticamos en privado (pocos se atreven en público) y por mucha rabia que nos produzcan, los seguimos oyendo día a día. Al fin y al cabo ahí está La Luciérnaga para compensar la rabia de la mañana con la risa de la tarde.

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