Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/09/05 00:00

La agonía del ciclismo

Nuestro país fue una gran potencia ciclística y podría volver a serlo si tuviéramos unos dirigentes que estuvieran a la altura

La agonía del ciclismo

El deporte de alta competencia, en general, se ha convertido en una cosa sucia. Y los deportes en los que la exigencia física está en los límites de lo que puede dar el cuerpo humano están contaminados de ayudas extradeportivas, con tratamientos y drogas ilegales. Si uno juega bádminton o pimpón, no necesita esteroides para que le crezcan los músculos. Pero si se corren los 100 metros o se levantan pesas, las ayudas hormonales (odiosas, peligrosas, tramposas) están al orden del día. De hecho, cuando un atleta de estos se vuelve famoso, deja de ganar, como le pasó a Marion Jones. ¿Por qué? No porque se vuelva malo, sino porque la fama hace que le hagan controles permanentes.

Pero vengamos al caso nuestro, y al deporte que más dolor y alegrías le ha proporcionado a Colombia, el ciclismo. Este es un deporte extremo, en el que los ciclistas sufren muchísimo y están siempre al borde de caer exhaustos. Por eso es tan común, entre ellos, el uso de estimulantes. Común en Colombia y común en el mundo entero, y basta recordar la muerte reciente del gran escalador italiano Pantani. Cuando los dirigentes del ciclismo, los entrenadores y los médicos se rasgan las vestiduras, ponen la mano en el fuego y juran por Zeus que ni se les ha pasado por la mente usar sustancias prohibidas, o que la Neosaldina en el hígado se convierte en Heptaminol, están diciendo embustes grandes como casas, para tranquilizar la conciencia de una sociedad hipócrita que prefiere no ver la verdad, o que es capaz incluso de aplaudir el fraude como si este fuera un acto intrépido y loable.

Si el uso del doping es un problema del deporte de alto rendimiento a nivel mundial, en Colombia el problema es doblemente grave. Cuando aquí nos enteramos de que existe una trampa que tal vez ayude para ganar, la adoptamos con la desfachatez que nos caracteriza para todo tipo de corrupción. Y como somos pobres en controles, y cómplices en el vicio de tapar y tapar, la cosa prospera. Miren lo que pasó en la última Vuelta a Colombia. El campeón, José Castelblanco, fue despojado del título, al cabo de semanas, porque corría dopado. Pero hay un dato peor, según fuentes creíbles, que no ha sido divulgado: de los 60 ciclistas que terminaron la Vuelta, más de la mitad tienen exámenes en los que el nivel de hematocrito da inusualmente alto. Y esto nadie lo ha dicho. En la Federación Colombiana de Ciclismo han cerrado los ojos, no han aplicado las sanciones del caso, se han hecho los locos o, peor, han propiciado el desorden.

No hay que pensar que Santiago Botero -a quien una vez le encontraron la testosterona por las nubes, y dijo que era congénito, aunque después le haya retornado a los niveles normales para todo el mundo- o que María Luisa Calle -que hoy llora desconsolada por la gloria saboreada y perdida- sean personas tramposas y despreciables. Ellos también son víctimas de un sistema corrupto, de unos funcionarios que saben lo que ocurre y no hacen nada por cambiarlo, de unos médicos y entrenadores que son o los cómplices o los directos perpetradores de la trampa. Tanto Botero como Calle son grandes deportistas, porque las drogas no crean campeones de la nada (yo podría embutirme años de kilos de hormonas y no correría los 4.000 metros ni en 10 minutos), sino que consiguen una mínima mejoría de rendimiento; ellos son buenos porque llevan 20 años pedaleando con disciplina, al sol y al agua. Pero les creyeron a los asesores que el sistema les puso a su lado supuestamente para ayudarlos, y en realidad los hundieron. A lo mejor hasta es cierto que a María Luisa le hayan dicho "tómese esta Neosaldina, mijita", mientras le daban Heptaminol, no para que ganara, sino para que quedara de quinta o sexta, y ese fue el mal cálculo.

Nuestro país fue una gran potencia ciclística, y podría volver a serlo si tuviéramos unos dirigentes que estuvieran a la altura de nuestros deportistas. Aquí hemos caído en la triste conclusión de que el secreto para ganar está en las drogas y en las trampas, y no en el trabajo. Pero no es así. Un ciclista se fabrica paso a paso, como se labra una escultura. Los niños y jóvenes dotados tienen que ir creciendo según un plan de muchos años de disciplina. El pico de rendimiento de un ciclista está entre los 27 y los 30 años, pero para ese entonces ya debe llevar 12 años pedaleando. Aquí hemos creído que con el atajo de las drogas se podían obtener antes los mismos resultados. Hay más astucia que inteligencia en los directivos del deporte, y creen que con viveza podrán suplir lo que no se hace con esfuerzo.

Repito, el mundo del deporte de alto rendimiento es una cosa sucia. En manos de entrenadores y médicos charlatanes, hasta se mueren los deportistas. Y es más: hay gente tan competitiva que está dispuesta a matarse con tal de ganar una carrera. Los controles antidoping se hacen para proteger a los deportistas de sí mismos. En este mundo loco la gente está dispuesta a infartarse con una droga que no deja sentir el cansancio o a ganarse un cáncer a los 40 años con tal de ganar una medalla a los 25. En este espectáculo que produce gloria, fama y millones, hay que proteger a los ambiciosos de sí mismos. Y esta protección tiene que empezar por los mismos dirigentes deportivos.

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