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Opinión

  • | 1982/08/02 00:00

    LA ALHAMBRA,EL CORAZON HECHO AGUA

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A quí estoy. Como un peregrino jadeante he subido la colina con el corazón en la mano. Aquí. Para llegar a este jardín de flores sangrantes he tenido que atravesar las tierras de La Mancha, con sus casitas blancas, que espejean bajo la luz del día como un cristal puesto contra el sol. Desde la carretera se ven los molinos de viento a los que don Alonso Quijano atacaba con su lanza.
El alma triste de don Quijote debe estar escondida detrás de uno de esos olivares empolvados por la brisa implacable del verano. Y después viene Andalucía, la entraña española, el último refugio de estos gitanos llorosos que usan zapatos de tenis y camiseta con un cocodrilo en el bolsillo.
García Lorca tenía razón: no son hijos de nadie ni legítimos camborios. Estos descendientes de la gitanería viven ahora, como ratas, en las cuevas abiertas al otro extremo de Granada. Desde la ventana del hotel se ven los huecos en la tierra. Y se oye el desgarrador lamento de una gitana. Bailan para encantar a los turistas y los engañan vendiéndoles castañuelas falsas.
Llego como un peregrino. Vengo en busca del río de mi sangre. Sólo falta que me ponga de rodillas sobre las piedras pulidas del suelo. Se me hace un nudo en la garganta cuando lo veo: el palacio perdido entre los árboles, las altas cúpulas de la Alhambra, el golpe de mis antepasados árabes recortado contra el cielo azul de España.
La alhambra no es, ni mucho menos, el palacio más majestuoso del mundo. No tiene esas brutales fortalezas de los romanos, ni el aire de guerra de las murallas españolas en el Caribe, ni el patetismo heroico de los judíos de Masada .
Pero es de una belleza que le llena a uno el alma de regocijo. Es la huella imborrable de los ochocientos años que estuvieron los árabes en España, cuyo recuerdo perdura en el acento gutural de estos andaluces que pronuncian la "j" con un sonido ronco de beduinos jordanos o de comerciantes de el Cairo. En la Alhambra no hay minaretes de combate para emplazar los cañones. Pero hay poemas en las Daredes.
El fantasma de algún sultán lujurioso ronda por los corredores. Y el nombre de Dios está escrito en cada rincón. Para que la memoria de los hombres, que es frágil, no olvide que solo Alá es magnífico y todo lo demás es imperfecto. Hay algo que me asombra en la Alhambra: el agua. Fuentes que cantan y gorgoritean en todos los aposentos, en los dormitorios y en los patios, en los baños y en los salones.
Los árabes que vinieron a España, con el rey Tarik a la cabeza, tenían nostalgia de agua. No la veían en el desierto y la añoraban como a una mujer en las noches áridas del Sahara. Por eso puede decirse hoy, quinientos años después de su derrota, que los moros hicieron en la Alhambra un homenaje perpetuo al agua que todo lo limpia y todo lo embellece.
Y lo hicieron con una ternura que conmueve: los surtidores de los patios tienen unos conductos de piedra que llevan la corriente hasta la pileta. ¿Para qué? Para que el agua corra hacia la piscina lenta, suave, dulcemente. Para que su caída no sea un golpe. Para que no haga ruido. Para que el agua no rompa el susurro de la palmera y la flor.
Para que el agua ayude a conservar el silencio manso de la naturaleza. No se trata de hacer con el agua, como otros pueblos lo hacían una cabriola espectacular. Ni de buscár que el chorro salpique a las doncellas que deambulan por el palacio. No es el agua como lascivia sino lo contrario: que el agua sea paz para tu alma. Que sea un canto. Por eso la Alhambra, más que de piedra, está hecho.de agua. Está hecho de amor.
Le duele a uno el corazón cuando recuerda que en algunos libros de la historia falsa--Comó los que se usan en Colombia para letrar a los niños de colegio--se afirma que los árabes eran unas tribus bárbaras que vinieron del infierno a degollar a los cristianos de España. Sí, claro: eran unos bárbaros los hombres que le hicieron este poema al agua. Eran unos bárbaros estos hombres que pusieron en Córdoba la primera escuela de medicina del mundo.
No cabe duda:eran unos bárbaros los que vinieron a Granada a sembrar flores en los patios y a pintar las casas con cal para que mitigara el calor. Eran unos bárbaros los que hicieron labrar en los techos de la Alhambra todas las estrellas conocidas en esa época, hicieron tallar en nácar y en plata las constelaciones del cielo, y pusieron a su lado un verso que dice: "Cuando las estrellas no están en el firmamento, es porque están en los techos de la Alhambra".
En cambio Carlos V no era un barbaro. Era un ser civilizado que destruyó, a nombre de la Divina Providencia, la mitad de los palacios de la Alhambra. Su soberana majestad de España, que era católica, pensó que demoler la arquitectura árabe no era una forma de daffar irreparablemente la historia de la cultura, sino una manera eficaz de hacer méritos en el reino de los cielos y ganarse una indulgencia plenaria.
Fue así como el rey Carlos V echó al suelo gran parte de este poema incomparable, hecho de piedra y agua, y puso en su lugar un esperpento de estilo romano, copiado del palacio Pitti de Florencia. Pero no hay nadie que ponga su mano sobre la bellaquería y diga lo único que hay que decir: que Carlos V era un animal. La mala historia se escribe así: llamando bárbarosa los que hacen un palacio para cantarle al agua y las estrellas, y nombrando cruzado de la civilización occidental al hombre cuyo brazo esgrimió la piqueta de la destrucción.
No hay que extrañarse. Repito: No hay que extrañarse: el ejército de Bolívar era una pandilla de subversivos en 1819. Hoy son, como son, los libertadores de la patria. Jesús era, para los judíos de su tiempo, un sicópata peligroso. Ustedes saben mejor que yo, lo que Jesús es hoy.
De modo, pues, que para los fanáticos de la insensatez humana, los árabes que conquistaron España y la perdieron ocho siglos despues, eran unos bárbaros. No importa que le hayan inyectado al castellano, nuestro idioma, diez mil palabras tan hermosas como aljibe, alberca, alpahaca, alcanfor, alforja. Y no importa, tampoco, que hayan sembrado sobre una colina de Andalucía esta maravilla que es la Alhambra.
Bajamos de nuevo, mis compañeros y yo, a la calle. Allá abajo están las cuevas de los gitanos. Y a nuestras espaldas queda esa sinfonía de agua y de belleza. Santo Tomás, definitivamente, tenía razón: él decía que bello es todo lo que nos causa placer.
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