Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2000/07/31 00:00

La antidemocracia

Francia se negó a firmar la Declaración democrática porque era un montaje impuesto por el látigo de los Estados Unidos

La antidemocracia

Ciento y pico de países reunidos en Varsovia acaban de sacar una Declaración de apoyo a la Democracia. ¿Hay ciento y pico de países democráticos en el mundo? ¡Quién lo hubiera creído!

Claro que si se mira de cerca la lista de los firmantes resulta que hay 80 ó 90 que no son demasiado democráticos. Satrapías dinásticas, como los emiratos de Qatar y Kuwait. Regímenes de partido único. Como Egipto o Túnez. El Perú: el Perú de Alberto Fujimori, que acaba de ganar fraudulentamente su inconstitucional tercer mandato presidencial, sin Congreso, sin jueces y sin libertad de prensa.

En cambio Francia, que tiene una de las organizaciones políticas más parecidas al ideal de la democracia que haya existido en la historia, escandalizó a los participantes en la conferencia de Varsovia (llamada ‘Hacia una Comunidad de Democracias’) porque se negó a firmar la Declaración Democrática de clausura. Le pareció que, aunque ‘democrática’ en sus términos, no lo era ni en su origen, ni en su contenido, ni en su propósito. Que era un simple montaje impuesto por el látigo —“la batuta”, dicen amablemente las agencias de prensa— de la señora Madeleine Albright, secretaria de Estado de los Estados Unidos, y destinado a consagrar la hegemonía de ese país.

Tiene razón Francia. La ‘Comunidad de Democracias’ de Varsovia no es una comunidad: es un rebaño formado por los aliados, clientes o vasallos de los Estados Unidos. Recuerda mucho al Pacto de Varsovia que hace medio siglo la Unión Soviética obligó a formar a sus regímenes satélites: un solo rebaño, y un solo pastor. Y eso que no es comunidad, sino servidumbre, no es tampoco democrático. No sólo porque la mayoría de sus miembros no sean democráticos en absoluto, sino porque lo que los agrupa no es su libre voluntad, sino la fuerza política, militar y económica del más poderoso de entre ellos, los Estados Unidos. Los cuales, por añadidura, se arrogan el privilegio de calificar quién es democrático y quién no. Kuwait sí lo es, porque el tiránico emir local es amigo nuestro. Irán no lo es, desde que echaron a nuestro tiránico amigo el Sha. Ahora dirán que Francia no es democrática: no se arrodilla lo bastante ante los dictados tiránicos del gobierno norteamericano.

Porque lo que pasa es que los que no son democráticos son los Estados Unidos.

Lo son bastante, sin duda, en lo que toca a su régimen interno. La propia sociedad norteamericana ha sido capaz de obligar a sus gobiernos a respetar las reglas formales de la democracia, gracias a su capacidad de resistencia ante el abuso del poder. Una capacidad de resistencia que se manifiesta de muchas maneras: a través de la limpieza (aunque supeditada al dinero) de las elecciones; a través de la independencia (aunque limitada en la cúpula por el poder presidencial) del aparato de justicia; a través de la vigilancia crítica de la prensa, limitada sin duda por sus propios intereses, pero no por la arbitrariedad política; a través de la variopinta representatividad del Congreso. A través, inclusive de algo en apariencia tan poco democrático como es la ultrarreaccionaria Asociación Nacional del Rifle presidida por el actor de películas Charlton Heston, que defiende el derecho de todos los individuos a portar armas. Pues en su raíz ese peligroso derecho es lo que hizo a los ciudadanos norteamericanos más libres ante sus gobernantes que los súbditos de las sociedades tradicionales de Europa, donde las armas eran el privilegio de los gobernantes. La sociedad norteamericana es una democracia en la medida en que ha sabido y podido defenderse de sus propios dirigentes: religiosos, políticos, económicos, sociales.

Pero por fuera de sus fronteras, los gobiernos de los Estados Unidos se comportan, desde que han podido hacerlo, autocráticamente: como un Imperio. Mediante la fuerza —así pretendan justificar esa fuerza, como lo han hecho todos los imperios, en nombre de valores espirituales superiores—. La democracia, dice ahora la señora del látigo, como en otros tiempos se dijo la verdadera fe, o la civilización. La democracia impuesta a cañonazos, como en la reciente guerra de Kosovo, o por hambre, como en Cuba desde hace 40 años. Y ahí ya no funcionan los controles y defensas institucionales y sociales que garantizan la democracia interna de los Estados Unidos. Al revés. La prensa, el Congreso, la justicia, son tan imperialistas como el poder ejecutivo. En cuanto a la Asociación Nacional del Rifle, habría que preguntarle a Charlton Heston (o al ex presidente George Bush, que también es socio) por qué no tienen derecho a poseer armas atómicas países como Irak o Corea del Norte. ¿Porque las usarían contra sus enemigos, causando gran mortandad? Quizás. Pero el único país que ha usado armas atómicas contra sus enemigos, causando gran mortandad, son los Estados Unidos.

Sé que hay lectores aburridos con mi cantaleta permanente contra los gobiernos de los Estados Unidos. A mí también me aburre. Pero es patada de ahorcado: me niego a tolerar sin protestar que, cuando nos ahorcan y no podemos evitarlo, nos digan que es por nuestro bien.

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