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Opinión

  • | 1986/01/06 00:00

    LA BENDITA GUAJIRA

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He recorrido en estos días con la emoción de un peregrino, los paisajes mágicos de la Guajira, esa tierra de sol y de sal donde los árboles revientan de verde al pie del desierto.
Me parece, ahora que lo pienso bien, que el verdadero encanto de la península está encerrado en esa especie de agua pantanosa, tranquila y oscura, que uno ve en en los ojos tristes de los chivos flacuchentos, que se alimentan con pedacitos de piedras porosas y con cactus espinosos que les hacen sangrar las encías.
El chivo, con su piel de cartón y su lejana dignidad es el mejor símbolo de la impiacable lucha que libran los guajiros contra una naturaleza áspera, agresiva y árida, que mata de sed a las chicharras y calcina las calaveras de las vacas. La naturaleza es como el gobierno, que trata de acorralar a la Guajira con su indiferencia pero el nativo es como las cabras, que no se dejan derrotar por la adversidad, y que cuando descubren la presencia de los extraños se alejan con prudencia y alistan sus cuernos.
Cada vez que regreso, y lo hago con menos frecuencia de la que quisiera, experimento nuevas emociones en esos parajes donde el sol es blanco como la leche y su resplandor enceguece, hasta el punto de que uno no puede mirar de frente los muros de las casas porque la luz lo encandila.
Riohacha, la vieja ciudad atacada por los piratas ingleses, es el genuino Caribe colombiano. El color del mar, los vendedores callejeros de cachivaches, la bisutería de contrabando regada por el suelo, las tiendas polvorientas donde se consigue desde una nevera holandesa hasta un bisturí para cirugía cardíaca, los pregoneros de guarapo y de paletas, ese universo revuelto en el qué los indios caminan impavidos con sus mantas y sus silencios, hacen que el viajero se sienta como en un recoveco de Jamaica o en un malecón de Puerto España.
El río Ranchería, que viene saltando entre peñascos y arenales, dando tumbos y cabezazos, desemboca repentinamente en pleno centro de la ciudad. Se desangra como un herido en la playa. Y al atardecer, cuando el cielo se pone amarillo, se pueden ver las pequeñas lanchas de pescadores de almejas cruzando sin escalas del agua dulce a la salada. Una atarraya rompe el viento manso del crepúsculo. Las mujeres cocinan pedazos de tortuga en la orilla. El aroma del humo hace cantar a los bogas en sus chalupas.
Un poco más allá, donde el muelle de tablas penetra en el mar, he visto el paisaje más patético de Colombia. La brisa, que viene revuelta con el sabor amargo del salitre, ha desconchado los árboles. Los troncos se tuercen. La sal deslustra las ramas y las vuelve blancas. No hay nada que se parezca mas a los huesos de un cadáver que esos muñones de palos desconchados.
La poesía,sin embargo termina donde comienza el drama humano de los guajiros. Las calles están rotas y el agua sucia fluye como un manantial. El gobierno, para ellos, es una palabra lejana, fría, imposible de alcanzar. Los indígenas, en sus pequeños caseríos, se mueren de epidemias y de olvido. Las cosechas no crecen porque no ha habido Dios posible que permita conseguir la plata para adecuar el cauce del Ranchería. La Guajira no es únicamente una tarjeta postal, una goleta cargada de whisky, una langosta roja en el plato de un restaurante, un buzo sin escafandra que pesca perlas en el Cabo de la Vela o un minero bilingue que saca trozos de carbón de los socavones a flor de tierra, en las faldas montañosas, arriba de Barrancas.
La Guajira es, además, una cachetada sonora en las mejillas del Estado colombiano. El Estado no existe, para decirlo sin más vueltas, porque es solo un fantasma en la gorra del policía de Manaure, en la corbata del burócrata de Uribia, en los afiches electorales pegados en las paredes de Urumita.
He visto, en este viaje de romería, un hecho que me heló la sangre. Ibamos entre muchachitos que se ganan la vida vendiendo refrescos enlatados venezolanos, a orillas de los caminos de Palomino, cuando de repente observamos una cuerda que cerraba la vía, de lado a lado. Pensé que era otro retén, un puesto de vigilancia, una presencia de la autoridad. Suposiciones mías. Eran unos hombres y niños que, por su propia cuenta, con sus manos y sus palas, tapaban los huecos de la carretera. Y no dejaban pasar a los automovilistas que no les dieran dinero.
Es lógico: si no hay Estado, alguien lo reemplaza, los particulares lo sustituyen, y entonces se convierten, simultáneamente, en Ministerio de Obras Públicas, retén de aduanas y recaudadores de impuestos. Entre aquellas caritas mocosas que exigian plata no había, es cierto, ninguna que se pareciera a la del doctor Segovia Salas, pero de todas maneras eran más eficaces que sus ingenieros.
Esa misma noche, en un hotel de Cartagena, vi por televisión al presidente Betancur echando discursos con un visitante ilustre, el ex presidente Carter. No hay de qué asombrarse. Al fin y al cabo, Plains, en Georgia, es como el Amagá de los gringos. Carter también manejó la presidencia de su país con un candor que conmovía. Y ha venido a Colombia en un momento tan trágico, que debería llamarse Jimmy Cráter...
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