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Opinión

  • | 1990/12/24 00:00

    La bocina de Peste Negra

    Asustados por el cura, los protestantes se fueron por el camino del hospital y no regresaron jamás.

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Hace varias semanas se celebró en Cartagena el Congreso Nacional de la Publicidad. Debo confesar que sentí verdadero asombro escuchando a los especialistas en sus conferencias, mirando las películas que exhibían, oyendo sus opiniones sobre una materia tan importante.
En medio de tantosAsustados por el cura, los protestantes se fueron por el camino del hospital y no regresaron jamás.Juan Gossain
sabios no pude resistir la tentación de recordar con algo de nostalgia y melancolía, al primer publicista genuino que conocí en mi vida. Era un hombre fornido de corta estatura, piel lustrosa, dientes relucientes y una larga cabellera de guedejas que parecían peinadas con brillantina "Moroline", la del suave perfume de lavanda, que vendían por libras en las tiendas.
Lo llamaban "Peste Negra". Creo que nadie supo su verdadero nombre. Su equipo de trabajo se reducía a una voz poderosa y una bocina de hojalata. Todas las tardes, cuando mitigaba el sol y venían las primeras brisas vespertinas, Peste Negra era el encargado de anunciar, a los cuatro vientos, el resultado de la lotería que jugaba Ismael Ríos, cuyo premio único era de cien pesos.
Peste Negra se paraba en la mitad de la calle, donde confluían las esquinas, y con su vozarrón de trueno informaba el número de la rifa. Después, con un pedazo de tiza, escribía en el borde de los pretiles los números ganadores, de manera que quien no hubiera tenido ocasión de oírlo pudiera, de todas maneras leerlo. Los muchachos traviesos gozábamos borrándole los números.
El pueblo entero de San Bernardo del Viento, que a esa hora estaba confundido entre la modorra de la siesta y la sopa espesa del anochecer, despertaba de un sobresalto cuando Peste Negra empezaba a pregonar:
-¡Aaaaatención, aaaatención, atención!...! Su rifa "La Milagrosa", que es la más poderosa, sabrosa, dichosa y juiciosa, anuncia los resultados de hoy!
Después se fue popularizando Peste Negra y diversificando el negocio de su rudimentaria agencia de publicidad. Con el paso de los años terminó anunciando toda suerte de venturas y desgracias, como matrimonios y defunciones, bautizos y bazares, tómbolas de caridad y películas que llegaban a última hora de la tarde en los portátiles que venían, por río, de Lorica.
Peste Negra fue el primero, pero el padre Agudelo fue el más brillante de todos los publicistas que tuvo mi pueblo. El cura era un águila para atraer a la gente. En los altavoces eléctricos, que instaló en las torres de la iglesia, anunciaba los premios y bonificaciones: un caramelo de menta para cada muchacho que asistiera al bautizo, tres arrancamuelas para los que se vistieran de monaguillos y ayudaran a la misa y un alfajor entero para aquellos que llevaran los incensarios y sahumerios en las procesiones de Semana Santa.
El arte de manejar la propaganda tuvo su época más afortunada cuando llegaron a San Bernardo del Viento los primeros protestantes que hacían su aparición por esos territorios de Dios. El padre Agudelo inició la ofensiva, por sus parlantes, anunciando que el diablo en persona se hallaba aposentado entre el vecindario. La primera vez, como todo publicista que se respete, se limitó a hacer esa revelación y guardó silencio, haciendo lo que ahora llaman los expertos en la materia "una campana de expectativa".
Al tercer día, el párroco volvió a la carga y le puso coreografía a su discurso: con un crujiente pedazo de papel celofán, puesto a prudente distancia del micrófono, simuló el crepitar de las llamas del infierno y pronunció una homilía terrible sobre los que se iban a condenar por ponerle atención a sectas religiosas.
Una semana después, la tercera escena de aquel drama no fue necesaria: los protestantes, asustados ante la arremetida del cura, se fueron por el camino polvoriento del hospital, y no regresaron jamás.
El tercer gran publicista que tuvimos en la aldea de mis sueños, después de Peste Negra y el sacerdote fue el profesor Zapata, un educador magistral, sabio, de malas pulgas, un misántropo. Tenía un curioso establecimiento público que de día era escuela y de noche se convertía en cantina. Los mismos pupitres que servían a los estudiantes para aprender las operaciones aritméticas se volvían, como por ensalmo, mesas para que los borrachos descansaran sus peas de momento lagrimeando, mientras escuchaban los vallenatos de Alejandro Durán o los valses tristones de Olimpo Cárdenas.
El profesor Zapata, de su puño y letra, escribía en las paredes del local los avisos de aquella mescolanza graciosa:
**Matrículas y pensiones, $5
**Cerveza helada, $0.50
**Habilitaciones, $1
**Aguardiente con sal $0.20
Si no fuera porque no he vuelto a saber de ellos, porque los años me los han ido extraviando en los vericuetos de la vida, yo podría hacer la sugerencia de que, para el próximo Congreso Nacional de Publicidad, inviten a Peste Negra, al padre Agudelo y al profesor Zapata, con el fin de hacerles el homenaje que se merecen.-
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