Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2011/07/02 00:00

    La bola de Chávez

    No soporto cuando un líder latinoamericano sufre de mala salud, cosa que, por desgracia, sucede con frecuencia.

COMPARTIR

La primera noticia de que el comandante Chávez tenía problemas de salud me la dio un amigo venezolano y me tomó por sorpresa:

–¿Cómo así que está enfermo? –reaccioné aterrado– ¿Eso quiere decir que antes estaba sano?

Me dijo que sí: que antes, cuando cantaba joropos en plenas alocuciones presidenciales, o hacía mímica en directo sobre cómo bañarse en treinta segundos, o salía a caminar a la calle para expropiar edificios al vaivén de sus caprichos, gozaba de buena salud. Y que ahora ya no: que ahora sí estaba enfermo, y que se estaba recuperando en Cuba.

–Dios mío –atiné a decir, lleno de angustia–, eso sí es grave: eso significa que se va a poner la sudadera.

Suele suceder. Cuando un líder latinoamericano de izquierda se enferma, generalmente desempolva una sudadera que huele a naftalina y que nunca ha usado para hacer deporte, solo para convalecer. No sé por qué, pero sucede. ¿De dónde nace el concepto de convalecer en sudadera? ¿Lo hacía Marx, lo hacía el Ché? ¿Sucede eso en otra región del mundo? ¿De qué sirve llevar a cabo una revolución si uno termina sus días tomando el sol en pantaloneta y camisa escocesa de botones, como Fidel Castro?

Pero así son las cosas, y ahora la salud del Comandante pasa por un mal momento: tan malo, que ya se puso esa discreta sudadera de felpa con la bandera venezolana que alguna vez exhibió en una visita de Estado a Santa Marta.

Digo la verdad: no soporto cuando un líder latinoamericano sufre de mala salud, cosa que, por desgracia, sucede con frecuencia. El presidente Lugo tuvo cáncer linfático y, más grave aun, nueve hijos, y la dislexia de Piñera es casi tan dramática como la insania mental de Uribe. Pero soy capaz de guardar la calma en la medida en que no haya una intervención quirúrgica de por medio. Detesto las intervenciones. En eso soy muy de izquierdas. Sufrí mucho durante la operación de cambio de sexo de Cristina Fernández, por ejemplo. Y cada semana escribo una carta a Palacio rogándoles a los asesores de imagen de Santos que, en lugar de la blefaroplastia que contemplan, manejen el asunto de los párpados con parches de té.

Por eso, esta semana estuve alterado por los rumores que se desataron sobre la cirugía de Chávez. A la preocupación por su estado físico agregué la indignación que me causó el manejo que la prensa dio a la noticia. No es momento de burlas. La historia del continente está en juego. Y si no la del continente, al menos la del incontinente, la de Chávez ¿Acaso no es doloroso ver que una doctrina moderna y respetuosa de la libertad, como la suya, es opacada por esas notas morbosas con que los medios especulaban? ¿Por qué no dejan el espéculo para uso de los médicos cubanos?

Pero en lugar de informar con sobria prudencia sobre el alcance de la enfermedad, los noticieros parecían soslayarse con prosaicas descripciones de lo que sucedía en los intestinos del comandante. Olvidaban que solo él tiene derecho a narrar lo que sucede en su yeyuno, como aquella vez en que, en plena alocución de Aló, presidente, describió, con espasmos onomatopéyicos, un episodio de diarrea que quiso compartir generosamente con el país.

Algunos informes de prensa declaraban que el comandante podría estar afectado por cáncer de recto, lo cual iría en línea con la rectitud de la que siempre ha hecho gala. Otros medios decían que se trataba de una masa maligna, como si esa fuera manera de llamar a un presidente. Un periodista radial, incluso, se refería a la bola de Chávez, forma francamente irrespetuosa para referirse a un líder continental. Hasta El Tiempo ventiló –nunca mejor dicho– la posibilidad de que el presidente padezca de un cáncer anal, cosa que, como bien analizó mi tío Ernesto, pudo haber sucedido a sus espaldas. ¿No pueden tener un poco más de respeto? ¿En qué momento los periodistas convirtieron el gran proyecto bolivariano en una serie de chismes proctológicos? ¿Consideran que es esta una manera decorosa de pasar a los anales grancolombianos? ¡Aprendan de Fidel, que, para que Chávez no se sienta aludido, ordenó encarcelar a quien cante La maza!

Nadie tiene derecho a alegrarse con las dolorosas noticias que puedan soportar los grandes líderes de la región, pertenezcan a la corriente política que pertenezcan. De ser cierto que el comandante tiene una bola, sepan que no hay peligro: el doctor Uribe gobernó con tres, y hay que ver el inmenso legado que le dejó a la historia.

Hago un llamado a la ponderación, y empiezo por el mismo presidente Santos, a quien por estos días invade la tristeza: no debe ser fácil que a uno se le enferme su mejor amigo. Como señal de solidaridad, el gobierno colombiano contempla afiliar gratuitamente al Comandante a SaludCoop y enviar al doctor Vargas Lleras para que practique él mismo, en persona, los exámenes de próstata a que haya lugar.

Sé que surgen varias dudas: ¿abandonará Chávez el poder? ¿Lo reemplazará su hermano? Y, por encima de eso, ¿a qué puede oler su sudadera? ¿Por qué la usa siempre en tierra caliente? Pero, suceda lo que suceda, hago votos por la pronta salud del comandante. Sin su presencia, las cumbres dejarían de ser tan divertidas. Reírse solamente de Evo no tiene gracia. Quedaríamos con la sensación de que hay algo incompleto. Es lo que uno debe sentir cuando se baña en treinta segundos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1842

PORTADA

La voltereta de la Corte con el proceso de Andrade

Los tres delitos por los cuales la Corte Suprema procesaba al senador se esfumaron con la llegada del abogado Gustavo Moreno, hoy ‘ad portas’ de ser extraditado. SEMANA revela la historia secreta de ese reversazo.