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Opinión

  • | 1985/07/15 00:00

    LA BRISA, REMEDIO INFALIBLE...

    "Nunca más quiso acercarse a mí. Fue la brisa la que nos separó. Fue ella la que rompió el encanto".

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Mi primer recuerdo de la infancia, el más lejano, es el de una vaharada de viento fresco en medio de la plaza. Todo lo demás se pierde en la negra noche de los tiempos, en las arenas movedizas de la memoria, en la telaraña del olvido.

Aquella imagen, en cambio, me persigue cargada de nostalgia y de remembranzas. Serían las siete de una noche de verano, llena de estrellas y de rumores, en el parquecito que colindaba con la iglesia de San Bernardo del Viento. A lo lejos se oía transportado por la brisa de enero, el rugido del motor que le daba energía eléctrica al pueblo. En algún rincón de la calle, probablemente en el muro que coronaba el centro de la plaza una chicharra chillaba con esa insistencia del teléfono que repica pero nadie levanta.

Estábamos bajo un palo de almendro. La novia de la infancia muerta del susto, y yo, que sudaba de miedo en mi primera aventura. Un beso entre las sombras. El corazón que rebota contra el pecho. La sangre que sube a la cara. Una promesa de amor eterno que se murió cinco minutos después. Un roce en la piel de la mano... y aquel estrépito sordo que rompe el silencio de la oscuridad, un estropicio que suena como un reguero de vidrios sobre el cemento, y la angustia de sentirnos descubiertos.

Ella huyó despavorida, dejándome en el aire su olor de flores silvestres y, como dice el bolero inmortal, entre mis brazos quedó el espacio de su figura. Nunca más quiso acercarse a mí. Fue la brisa la que nos separó. Fue ella la que rompió el encanto. Fue el golpe del viento, que daba vueltas en redondo, como un remolino, el que revolvió las hojas del almendro retostadas por el verano y por la canícula. Desde aquella noche en que una ventolera me abrió la primera grieta en el corazón, mi vida ha estado marcada por la brisa, por sus formas, por sus olores.

La imagen de la novia que escapa y de su sombra, como en un poema de Silva, ha vuelto a mí en una calle de Cartagena. El viento costeño es singular porque es el único viento del mundo que habla. Esa brisa caribe que va y viene, como un oleaje, domina el conocimiento de las consonantes y pronuncia nitidamente las vocales. Forma frases. Tiene su lenguaje propio, hecho con pedazos de los sonidos que hace volar.

Ponga usted una mecedora en la puerta de una casa en el barrio Boston de Barranquilla a las seis de la tarde. Cierre los ojos y déjese balancear. Concentre sus oídos como si estuviera esperando la revelación de un secreto. Entonces escuchará la conversación del viento, lo sentirá dialogando con las hojas de los matarratones y comprenderá que los fragmentos de voces lejanas se mezclan con las palabras propias de la brisa: la canción de Daniel Santos que viene de un tocadiscos del vecindario, el grito de la madre que cuatro esquinas más allá está llamando a su hijo que juega "bola de trapo", la tonadilla de los bogas que lloran en el río Magdalena sus amores ausentes.

El viento me persigue donde quiera que voy. En una avenida de Nueva York es ese aire de acero que lo acuchilla a uno y que arrastra un agua sucia por el borde de los sardineles, un ventarrón triste y gris que encorva a los negros pobres y enrojece las mejillas de las rubias.

En Bogotá, en cambio, no hay brisa. Yo no sé si ustedes lo habrán notado, pero la capital de la República lo que tiene es un tufo pegajoso que huele a carne de restaurantes y a polvo de obra en construcción. Los sábados por la tarde, cuando sus calles están solas, la ciudad es barrida por un vapor de invierno que corretea mezclado con desperdicios humanos con papeles viejos, hojas de periódicos que en la noche del viernes sirvieron de cobija a los desheredados del páramo, colillas y cajetas de cigarrillos, pedazos de grama, hojas podridas.

La otra noche, sin embargo, me ocurrió un episodio extraño, casi enigmático, una especie de profecía, una jugarreta del destino, qué sé yo. Estaba bañándome en mi casa. La pequeña escotilla de vidrio que mira a la calle estaba abierta. Y de repente --la hora era igual, igual era el sonido-- escuche las mismas cabriolas que hacía el viento en el pueblo de mi infancia perdida. Lo descubrí en el acto, a pesar de los años transcurridos, y me quedé petrificado: el rugido de la planta eléctrica, el roce de las hojas, el golpe de la arena de la calle contra las paredes de madera, el canto de la chicharra. Confieso que se me escapó una lágrima. No he podido saber si aquel instante fugaz fue una mala broma del corazón, una ilusión del oído o una premonición. A lo mejor es un anuncio de que me voy a morir. El destino a veces es poético.

Hay otra clase de viento, menos sentimental pero más emocionante.
Es lo que en la Costa Atlántica los varones llaman "la ventolera de las mujeres". Es esa brisa pícara, lasciva, lujuriosa, esa brisa artera que se acerca con cuidadito a las faldas de las muchachas y las coge descuidadas. La pollera se sube a la cara, los muslos quedan expuestos a la luz rutilante del sol de diciembre y los vendedores de guarapo del Paseo Bolívar exclaman en el éxtasis de la dicha:
--¡Ahí no más, no joda! ¡Sopla, brisa, sopla!
Y aquella revelación de piernas y de caderas desaparece con la misma rapidez con que apareció. Lo insólito, lo que me quita el sueño, lo que no tiene explicación, es que jamás se ha visto una mujer fea o de piernas flacas a la que le caiga encima la ventolera. Conozco el caso de algunas damas poco agraciadas que llegan, incluso, al extremo de ponerse en diciembre faldas más vaporosas que de costumbre para ver si la brisa les hace el favor alguna vez en la vida. Pero ni por esas. Debe ser porque la brisa tiene buen gusto y sabe lo que hace...
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