Martes, 24 de enero de 2017

| 2007/06/23 00:00

La bronca con los medios

La pelea de varios presidentes latinoamericanos con los medios pone en evidencia su creciente autoritarismo, pero también puede ser síntoma de que algo anda mal con el periodismo de la región.

La bronca con los medios

La libertad de expresión y de prensa es el oxígeno de la democracia, la salvia de la economía de mercado y la médula de la justicia.

Sin la libre circulación de las ideas ¿cómo construir socialmente las soluciones a los problemas?, ¿cómo hacer que el frío funcionario sienta lo que pasa y se vea forzado a actuar cuando no hace su trabajo? ¿cómo controlarlo cuando actúa en contra de los intereses de la gente?, ¿cómo podrían hacerse oír los que no tienen acceso ni poder? Sin información confiable no sabrían los empresarios dónde, ni cuándo invertir, ni cómo cambian las reglas de juego para su negocio, ni qué están haciendo sus competidores. Y en países como Colombia, donde la impunidad es tan generalizada, la constante denuncia pública de los delitos que no han sido castigados, el permanente llamado a proteger a las víctimas es la mayor, y a veces la única presión, para que las autoridades cumplan con su deber.

Por eso cuando el presidente de Ecuador, Rafael Correa, acusa de “desacato” a un editorialista que lo criticó por “gobernar de forma tumultuosa con piedras y palos” poniéndolo en riesgo de ir preso, es necesario salir a la defensa de los medios. Las ideas equivocadas son tan importantes para democracia como las correctas, y además ¿quién es el juez que dice qué es deseable y qué no?

Cuando el gobierno de Hugo Chávez no renueva la licencia de un canal crítico a su revolución bolivariana como RCTV, y cuando un programa de televisión quiere discutir el tema (La Entrevista Hoy) lo suspenden del aire, hay que denunciar la pobreza de razón de un gobierno que teniendo todo el dinero, los medios y el poder, le tenga miedo a que haya unas voces que lo critiquen y se sienta en la necesidad de salir a aplastarlas.

También cuando el presidente Uribe veta periodistas que lo han criticado y discrimina selectivamente a medios amigos y enemigos para otorgar entrevistas, hay que preguntarse por qué un presidente tan popular, que siempre va a tener al público a su favor, evade preguntas que pueden resultar hostiles. Y al escuchar al presidente boliviano, Evo Morales, que amenaza, en cierto tono socarrón que “podría nacionalizar” al crítico diario La Razón, propiedad del grupo español Prisa, se podría concluir que la tolerancia y la libertad no son los valores primordiales de este nuevo tipo de gobiernos populistas autoritarios que se están instalando en América Latina.

El gigantesco aparataje estatal de información y propaganda del que todos ellos gozan no les parece suficiente para controvertir a los que les señalan sus errores. ¡Qué pobreza de ideas deben tener si necesitan hacer trampa para ganar cuando, con todas las ventajas, salen a competir con otras opuestas a las suyas!

Pero no son sólo estos mandatarios quienes están contrariados con los medios. También gente calificada. Una conversación que presencié hace unos días entre un ex ministro y un senador me dejó traumatizada: los dos decían que ningún medio colombiano era digno de leerse, y el ex ministro dijo que hacía años no consumía ningún medio nacional. Los medios todo lo exageran y lo inventan, decían. Es lo mismo que dijo un senador boliviano afín a Evo: “los conflictos de esta sociedad han sido creados por la prensa” y lo que dijo Correa: “¡qué hacer con esta prensa tan mediocre!”

También la gente del común de muchos países de la región está empezando a agredir a la prensa como poco se había visto antes. En Ibagué, 300 estudiantes alterados se fueron a las instalaciones del periódico local a insultar, pintar graffitis ofensivos y a exigir una página para dar su versión de una noticia; en enero pasado la confederación de trabajadores de prensa de Bolivia se declaró en emergencia por las múltiples agresiones de ciudadanos a medios en Cochabamba, San Julián, Santa Cruz y El Alto; y hace una semana estudiantes de una universidad venezolana amenazaron con golpear a un periodista que cubría una manifestación por el cierre de RCTV (Oh! ironía protestando por la violación contra la prensa con violencia contra la prensa).

Por supuesto que estas agresiones a los periodistas son injustificables y muchas veces injustas. Pero no pueden estar todos equivocados. Algo estamos haciendo mal en los medios de comunicación. Y ese algo debe ser grave desde que hay tanta gente de tan diversa condición hastiada con nosotros.

Aventuro una hipótesis: producimos rabia cuando nos desviamos del corazón de lo que debe ser nuestra labor en tres sentidos. Cuando nos engolosinamos con temas emocionantes y nos olvidamos de cubrir los problemas que más le duelen a la gente. Cubrimos más la policía y las peleas de los políticos que las preocupaciones de las familias sobre la educación de los hijos y la falta de agua potable. Segundo, cuando producimos información de baja calidad, que no es confiable.
 
Información que no es rigurosa es peor que ninguna información porque la gente queda aún más desinformada que cuando empezó. (Y este no es un asunto sólo de los periodistas, sino de sus jefes que deben formarlos) Y tercero, cuando le damos más voz al poderoso que al ciudadano, por ejemplo hablamos de pobreza y entrevistamos a todos menos a los pobres.

En otras palabras, si los medios no construimos democracia, ni producimos información creíble, ni fomentamos la justicia podríamos no existir y no importaría. Creo que no hemos llegado tan lejos. Muchos medios y periodistas en toda la región cumplen admirablemente estas tareas centrales. Pero es hora de encender las alarmas y corregir el rumbo donde éste se esté perdiendo. Si no, corremos el riesgo de que en el futuro no tan lejano la gente ya no nos grite ni nos insulte, sino que, como el ex ministro citado, se desconecte del todo y no sienta que se está perdiendo nada.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.