Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/10/02 00:00

La ‘Cacica’ y sus críticos

La política cultural del Estado colombiano no está orientada hacia la cultura sino hacia los artistas

La ‘Cacica’ y sus críticos

Debe el Estado subsidiar la cultura nacional, la de los pobres, la de mayorías, o la cultura extranjera, la de los ricos, la de minorías? Este pudo haber sido el debate que la señora Ministra confundió con quitarle unos pesos al Festival de Teatro, y el coro de sus críticos confundió con decirle ignorante por no apreciar a Bach, a Molière o a Vivaldi.

La Ministra, para decir verdad, tiene casi todos los sentimientos correctos y casi todas las ideas erradas. La gota fría es más popular y más nacional que La Traviata. Pero si el criterio es lo popular, el rock y la ranchera le ganarían de lejos al bambuco; y si es lo nacional, pues el maestro Puyana y la música u’wa son tan o más de aquí que el porro y el joropo.

O sea que la ‘Cacica’ no defiende a los pobres ni al país, sino al folklore. Y así, sin darse cuenta, entró en el lío espeso de distinguir la cultura popular de la alta cultura. Espeso, porque hay quienes opinan que una obra califica como de ‘alta’ cultura cuando encarna valores universales (son los ortodoxos, como Hirsh o Bloom). Otros sostienen que cada sociedad, e incluso, cada lector o cada lectura, es un ‘evento’ único y por tanto no existe ‘gran’ cultura (esto dirían Dilthey o Derrida). Y aun otros piensan, con Gadamer, que el paso del tiempo va decantando aquellas obras que merecen ser ‘clásicas’.

No sé yo si doña Consuelo milita con el platonimo, con el historicismo o con la hermenéutica. Pero sí sé que es funcionaria del Estado y que el Estado no tiene por qué meter su nariz en los altos embrollos de la estética. Definitivamente, si a esto se refiere la ‘política cultural’, la mejor política es no tener política.

Y aquí entramos en otro punto gordo. La política cultural del Estado colombiano no está orientada hacia la cultura sino hacia los artistas. Igual que la política educativa se nos queda en lidiar con los maestros, la gestión cultural del Ministerio se reduce a subsidiar determinados intérpretes o creadores. Con el aditamento de que apenas tiene migajas para repartir entre una buena cantidad de artistas calificados.

O sea, en buen romance, que la pomposa ‘política cultural’ se nos va en roscas, en promotoras lindamente conectadas y —si acaso— en teorías estéticas tan dudosas como el folklorismo o el elitismo. Cada cambio de ‘política’ implica cambiar de rosca o, más precisamente, cada cambio de rosca es un cambio de política. Y así el debate de la cultura no puede ser sino un debate de migajas.

Una política cultural seria tendría que comenzar por la cultura. Cada obra de arte tiene referentes históricos y contextuales que la hacen más o menos accesible a públicos distintos. Por eso —independientemente de su valor estético— los colombianos captamos mejor una canción del sur de La Guajira donde Emiliano se tira al pobre ‘Moralito’ que una dramatización de La Dama de las Camelias cantada en italiano. Pero resulta que por esa vía de particularismos, cada país, cada región, tal vez cada vereda, acabarían aislados hasta matar, paradójicamente, la cultura, cuya precisa esencia es ser comunicable.

Por eso la cultura necesita referentes más generales y más universales. También por eso los Estados serios se ocupan de que las escuelas enseñen estos referentes a todos sus ciudadanos, y los Estados más serios son los que brindan más en vez de menos referentes. Pero Colombia no es un Estado serio ni medio serio: ¿Dónde están las escuelas que forman para apreciar, no ya La Traviata de Giuseppe Verdi, sino La gota fría de Emiliano Zuleta?

El reparto de subsidios entre artistas es un complemento de aquella política, que los países serios tampoco dejan a capricho del Ministro. Esos Estados tienen academias, consejos y fondos donde los artistas, críticos y expertos más destacados debaten sin injerencia del gobierno, y deciden a la luz de criterios verificables, como decir la calidad de cada propuesta, su impacto sobre la equidad social y su contribución a que los ciudadanos tengan cada vez más acceso a las muchas riquezas de la cultura.

Cultura popular sí, señora Ministra. Cultura de excelencia sí, señores críticos. Sólo que eso no depende ni se logra quitándole unos pesos al Festival de Jazz o al Festival Vallenato.

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