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Opinión

  • | 2012/06/28 00:00

    La caída de Lugo: Regreso al pasado

    Los presidentes latinoamericanos que protestan contra la destitución de Lugo son los mismos que quieren que en el continente se imponga la retrógrada y antidemocrática reelección indefinida. , 260262

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Cuando se consumó la destitución del presidente paraguayo Fernando Lugo, no tardaron en aparecer las comparaciones con el caso de Manuel Zelaya en Honduras. Y, en efecto, tienen mucho en común, solo que las coincidencias van mucho más allá de la extrema torpeza con la que fueron manejadas por los responsables políticos.

En Paraguay, los senadores que decidieron expulsar del poder a Lugo lo hicieron en desarrollo de el artículo 225 de la Carta paraguaya que consagra la figura de la destitución del presidente “por mal desempeño de sus funciones”. Por supuesto, una norma de tal vaguedad, que además deja en manos del senado determinar el procedimiento para aplicarla, deja abierta siempre la posibilidad de que el afectado se declare atropellado en sus derechos. Cualquiera hubiera pensado que, para hacerlo debidamente, los congresistas paraguayos hubieran debido acordar un proceso garantista, para que Lugo tuviera un espacio digno y suficiente para defenderse.

Pero no, los honorables senadores decidieron que todo tenía que quedar resuelto en 24 horas, con lo que le dieron un tinte golpista a lo que en otras condiciones hubiera sido un ejercicio impoluto de democracia. Eso es aún más desconcertante si se tiene en cuenta que Lugo ya tenía la suerte echada, no solo por la gravedad de los hechos que desencadenaron la destitución (una masacre de labriegos sin tierra), sino por su desprestigio personal y su ineficacia como presidente, que ya le habían quitado no solo su popularidad, sino todo su respaldo congresional. A lo que se suma que apenas le quedaban nueve meses en el poder.

En Honduras, si se quiere, la torpeza fue aún mayor. Zelaya estaba empeñado en quedarse en el poder. Para ese efecto había convocado un referendo para modificar una cláusula pétrea de la Constitución, que prohíbe absolutamente la reelección presidencial. En su caso el Congreso lo destituyó por unanimidad, con base en la disposición que ordena que cualquiera que trate de modificar esa cláusula será considerado delincuente. Pero, a pesar de que el tema legal era tan claro como el agua, los responsables hondureños cometieron la estupidez de sacar a Zelaya de su casa en la madrugada y meterlo en un avión en piyama, al mejor estilo de los golpes de estado que asolaron la región en épocas supuestamente superadas.

Ya tenemos, entonces, como coincidencias, una torpeza desmedida y un marco constitucional indudable. Pero hay más. Tanto los hechos de Paraguay la semana pasada como los de Honduras en 2009, se dieron en ejercicio de disposiciones constitucionales motivadas por la misma filosofía: la de evitar a toda costa en esos países los excesos del presidencialismo latinoamericano, que en los siglos anteriores dio origen a los caudillos interminables, a esos hombres supuestamente providenciales que permanecían en el poder indefinidamente a nombre de sus “revoluciones”. En Paraguay, la Constitución vigente fue adoptada a la sombra de la dictadura de Alfredo Stroessner, que duró 35 años en el poder. Y los hondureños escribieron su carta de 1982 decididos a seguir evitando que se repitieran presidencias como la de Tiburcio Carías Andino, el último de varios personajes que le dieron valor a la expresión república bananera.

Pero la máxima coincidencia es que en ambos casos fueron los mismos presidentes latinoamericanos quienes clamaron al cielo para protestar contra las destituciones, en nombre de la democracia. Son los mismos personajes, como Hugo Chávez, Cristina Fernández, Rafael Correa, Daniel Ortega y hasta Dilma Roussef, (como voz de Lula da Silva), que no tuvieron ningún empacho en violar sus propias constituciones para reinstaurar la reelección indefinida, esa misma figura retrógrada y antipopular que los podría convertir, si la salud y la paciencia de sus pueblos se lo permiten, en esos caudillos latinoamericanos tradicionales que le dieron a la palabra democracia ese significado vacío que hoy, de nuevo, impera en el continente.

*Jefe de Redacción de SEMANA


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